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El peso de la luna
Se llamaba Jacob y era el hijo del predicador. Llegó en una barca liviana exhibiendo determinación en el puño aferrado a la lámpara que alumbraba el avance de su padre. La luna asomaba ya apenas un cuarto y seguía menguando, clavándose más y más en el lecho marino. La oscuridad era casi total más allá del anillo de luz proyectado en las aguas por el perímetro lunar. Habían pasado seis días desde la Precipitación. Jacob se acercó a la barcaza donde se amontonaban dirigentes, sabios e ideas fallidas. El Almirante lo escuchó pacientemente mientras murmuraba y asentía. Después dio órdenes precisas y los ingenieros comenzaron a trabajar. Tras dos días de esfuerzo, el artefacto estuvo terminado, fue rápidamente trasladado a un punto estratégico del Gran Mar y lanzado al espacio donde comenzó a brillar, mientras la luna se elevaba, lenta, perezosamente, y se prohibía soñar los días pares.