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El parado
Gente que se da los buenos días al cruzarse con otras vidas. Es parte de estas ciudades medianas, pero para el desempleo y sus despojos son parte del decorado, estaban ahí para decirles que son parte aún de la realidad. Hay unos manteros sonrientes que huelen a resucitados de mar, alguien que barre las calles como prisionero de su tarea, quizás una madre que regaña a retoños soñolientos y sus deseos de huir de la escuela. El parado cumple su función de no desfallecer. No tiene nombre, no da los buenos días, ni mira a los manteros ni envidia a quienes limpian. Va en su ritual diario a ver qué hay de curro en la oficina otorgada por la burocracia y descubrirá trabajo en el extranjero, donde la felicidad debe concebirse desde otras perspectivas. En el tablón de anuncios, en el ordenador coincide con otros. Hay una mujer mayor que él que le mira condescendiente desde hace semanas. Lo mismo un día se atreve a hablarle y toman un café. Otros son reflejos de su decadencia y van sin afeitar y desaliñados a ojos del sistema, tanto o más que él mismo. Es sabido que nadie va a encontrar nada de nada. Pero es una función vital a la que aferrarse, como los buenos días o la sonrisa del mantero. En unos meses, cuando se agote el subsidio, quizás limpie calles. Para entonces habrá seguramente tomado café con la mujer que tendrá un nombre común, una vida aburrida y fumará imitando a alguna femme fatal de telenovela insufrible.