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El más frío de los inviernos
Llegó ya el invierno y su triste calma, como un cuchillo de melancolía, un resorte sordo de angustia fría, una patada brutal en el alma. Llegó el invierno y nada se salva, ni el recuerdo siquiera, vida mía, helado carámbano que aquel lejano día fuera pasión, fuego, hoguera de lava; y que ahora es una antorcha apagada, un negro y miserable hito humeante que no es capaz de iluminar tu angelical cara. Llegó el invierno: tu cabello blanco —nieve cuajada por los años—, tu frente despejada y vulnerable, tu frágil piel arrugada —borroso pergamino en que apenas se puede leer nuestra historia dorada—. Me despido de ti, y me miras como ausente. ¿Qué pasó con tu mirada?... se heló igual que el agua estanca de una fuente. Retengo tu mano temblorosa entre las mías, —no es de frío —te disculpas con una lucidez tan firme como engañosa—. No quiero soltarla, todavía me pertenece, aunque no pare quieta (Yo se la pedí a tus padres, ¿recuerdas?... y ellos accedieron de mil amores). Y ahora que me has hablado, ahora no quiero, no puedo irme… —Que Dios me perdone—. Juraría, que hasta te he visto sonreír. ¡No! así no me puedo ir... nunca podré dejarte si me sonríes. Las enfermeras insisten: —tiene usted que marcharse. Yo me agarro a tus manos con rabia, como un chiquillo desesperado, quiero besarlas, llorar sobre ellas. Tiran de mí sin contemplaciones y me devuelven a este invierno solitario en que me desvivo… y que no terminará —por desgracia— con la próxima primavera… Hasta siempre amor mío…