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El gato negro y los comienzos misteriosos
Ese invierno casi no pude dormir durante las noches. Una recurrente secuencia que desafiaba los límites entre lo empírico y lo onírico, ocupaba mis madrugadas. Mis ojos insomnes, habituados a la penumbra, siempre veían al mismo gato negro deslizándose por los alféizares cubiertos por una fina pátina de hielo, y moviéndose sobre los tejados con su negrura etérea. Este pequeño morador de las tinieblas, se escabullía ágilmente entre los recovecos de los edificios cuando estaba a punto de amanecer, como si la oscuridad se hubiera corporizado en él para largarse con elegante sigilo antes de la llegada del alba. Junto con él, desaparecía el silencio nocturno, y el día emergía de forma repentina del fondo de aguas turbias, inaugurando tras su primera respiración profunda, el ritmo predecible de las costumbres matutinas. No dejo de preguntarme a qué reino poderoso me hubiese conducido, si me hubiera atrevido a seguir sus huellas sombrías.