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El dolor del despiste
Ese día llegué radiante de felicidad a casa, ignorando la atención que debería haber puesto en mi alrededor, olvidando que no me encontraba en un mundo hecho de materia etérea, sino en uno cuya realidad se compone de miles de objetos tangibles y reales. Fue entonces cuando sentí uno de los dolores más crudos que existe en esta vida: unas punzadas que ganaban intensidad por segundos, que me hacían pensar que una parte de mí estaba siendo arrancada sin el menor miramiento, sintiéndome traicionada por algo cotidiano que nunca contemplé como dañino. Maldije el momento en el que te interpusiste en mi camino; tú, que aparentabas la fragilidad del cristal, aprovechaste bien mi torpeza e hiciste el mayor daño imaginable a uno de mis apéndices olvidados: mi pobre meñique del pie. Ese que permanecía dormido en la ignorancia hasta que reapareció reclamando mis sentidos, despertando toda una serie de injurias y pensamientos vengativos hacia ti, la maldita pata metálica de la mesa de cristal. En ese momento, esa gran inteligencia que nos caracteriza a los humanos urdió el más absurdo plan de venganza: asestar una airada y furiosa patada al origen del mal. El resultado, aparte del ruido que a mí se me antojó doloroso pero que a la mesa no le pareció ni mínimamente molesto, fue la terrible extensión de ese calambrazo punzante desde mi ya moribundo meñique hasta el principio mismo de mi espinilla. Valiente estupidez la ideada por mi mente y perpetrada por mi pierna.