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El chivo
El cabrero era persona aficionada a los mitos fundacionales y a la geografía. De la primera de las vocaciones siempre disfrutó, pues durante los días de pastoreo imaginaba preciosas gestas. En su soledad, las historias se iban borrando de la memoria a medida que surgían otras. Pero nunca se sintió contrariado por no hacer a nadie partícipe de ellas y, a la caída de las tardes, cayado en mano, miraba hacia donde suponía que estaba el ocaso y se emocionaba con sus propias historias. Con su segunda vocación, en cambio, tuvo peor fortuna. Una total ceguera innata le impedía leer los mapas y contemplar los paisajes, con lo que sus aspiraciones geográficas nunca se vieron cumplidas. La que fue su mayor desgracia geográfica – a pesar de que él nuca llegase a ser consciente- tuvo lugar cuando, entre los cabritos nacidos de cierta primavera, apareció uno con un pelaje prodigioso: sobre el fondo de una librea nívea, una mancha parda, que abarcaba todo el medio lomo, representaba con increíble exactitud la forma del continente Pangea. Su ceguera hizo que el milagro pasase inadvertido y el chivo fue a parar a las manos del carnicero. Nadie se percató del fenómeno, pues la teoría de tectónica de placas se acababa de postular y el contorno del mega continente era aún desconocido en la aldea. Así las cosas, el pellejo del chivo fue curtido y convertido en odre. Y el mapa caprino del continente primitivo desapareció sin testigos, como lo hacían los mitos inventados por el cabrero.