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El Ángel de la guarda
Mientras un sudor frío se apoderaba de su ser, la típica frase retumbó en su mente -Esto no me puede estar pasando-. A su alrededor nadie reparaba en su aterrado semblante, atentos como estaban a la pantalla de sus respectivos terminales; con la sonrisa en la boca unos, muy concentrados otros y ajenos a la desdicha que la embargaba, todos. Ella esperaba un milagro al tiempo que sus neuronas rebuscaban frenéticamente en los recuerdos de las últimas horas intentando encontrar una pista que le indicara en qué momento había comenzado su infortunio sin que fuese consciente de ello. De repente, atravesando la puerta del bar -al que acudía regularmente con sus amigas- apareció aquella familiar silueta en la que solamente ella reparó. Una sonrisa enorme mutó su turbado rostro y una especie de agradable descarga eléctrica recorrió todo su cuerpo liberándola de toda la tensión acumulada. Era el efecto que, desde que recordaba, le producía la presencia de su querido papá, especialmente cuando la libraba de algún pesar. Como en esta ocasión, en la que no había dudado ni un momento en desplazarse hasta allí para entregarle el móvil que ella había olvidado.