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Edición en rústica
El dolor, al principio, era a la vez agudo y persistente, la descarga de un rayo sostenida en el tiempo, una voraz garra cerrándose sobre mi corazón y asfixiando el aire en el interior de mis pulmones. Luego cedió en intensidad, muy lentamente, para –más tarde– volverse intermitente: una cordillera quebrada por cumbres angustiosas y valles de paz transitoria. Al fin, el dolor episódico tornó en una melancolía que asoma su familiar rostro en determinadas ocasiones. Cuando me asalta uno de esos días me gusta deambular por las calles que recorrimos juntos, el cambiante escenario de nuestra biografía, buscando las huellas de un pasado congelado en el tiempo. En especial las estrechas y hospitalarias callejuelas del casco antiguo, con sus edificios viejos y amables, de balconadas de madera y tejados inclinados. Allí entro en alguna de sus pequeñas librerías, impregnadas de olor a papel amarillento y desgastado, y busco sus libros, los que escribió conmigo oteando su caligrafía por encima del hombro. Los acaricio, los huelo, deslizo las páginas para escuchar su quebradizo siseo… Siempre esperando hallar, no sus éxitos ni sus premios, sino aquel primerizo poemario y releer su familiar dedicatoria: “A mi amor”.