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Dime adiós
La hora se acerca, todo está preparado. No se trata de una ouija común, si todo va bien no solo notaré su presencia, si no sale mal, volveré a ver su rostro. El reloj casi marca las doce, impaciente, cierro los ojos, estará a punto de aparecer. Y cuando la última campanada suena, lo que hago es oir su voz. –Lo siento, mi amor. Qué extraño, me inquieta su pena, la siento mía cuando se me agarra al pecho. Su llanto y su soledad, ya pasados, son también míos. –Tengo que hacerlo. Sus palabras me duelen. Quiero gritar, impotente, necesito decirle tantas cosas aún. Pero no puedo, no me sale la voz, el vacío de mi pecho se me escapa por la boca. -Adiós. Y es cuando veo que la mano de otra mujer, otra piel, acaricia la de mi marido, quien le devuelve un beso en ellas. Ya no puedo ver las mías, siento que me evado, que desaparezco. –Todo ha terminado –oigo entonces que le dice él, antes de abrazarla. El vacío se hace más grande todavía, el frío me invade, hasta engullirme por completo. Todo ha terminado, sí, porque él por fin me deja marchar.