signoeditoresliteratura.es
Castillos en el aire
Estaba de vuelta de todo. Era consciente de que necesitaba un nuevo comenzar. Podría coger uno de esos barcos a la espera de zarpar que parecían contener la respiración, ¡sí!, uno de esos barcos para Valparaíso, Auckland u Okinawa. Dicen que se puede ir de pasajero en un barco industrial... Había una boya en la arena, amarilla, con un trozo de cuerda deshilachada que le salía, amenazador como una mecha de dinamita. Bajo la bóveda rosácea de sus párpados a medio cerrar frente al sol dormitaban otros paisajes, pequeñas deflagraciones de imágenes congeladas en cristales de plata, imágenes que nos recuerdan que sí, que alguna vez hemos vivido. En otra parte. En otra época. Y reactivan, en lo más hondo de nosotros, zambullidas en piscinas azuladas, una callejuela que sube en el pueblo natal – lo alto de las tapias estaba erizado de culos de botellas rotas ensartados en cemento, una luz cegadora, en el bosque donde se perdieron, el andén de la estación de Hendaya, cuando aún había aduana, la luz de la aurora que lamía las verjas cubiertas de roña y de moho. ¡Marchar! ¡Lejos! ¡Desplegar esas alas, alejarse del gallinero donde pecorean todos, huir del mundanal ruido, ponerse la chaqueta de flecos del explorador y el pasamontañas de la invisibilidad, clavar a la suela de su zapato almohadillas de algodón, afilar el guardabarros, vivir de dátiles, lokums y pan ácimo, vacunar la mente contra los deslumbramientos de las ciudades al amanecer!