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Bodega
Bajo al sótano. Atravieso después el larguísimo corredor subterráneo. La luz se apaga justo en el instante en el que tomo la manilla de la puerta. Siento un escalofrío. Doy un paso. Tropiezo. Nunca recuerdo el maldito escalón que hay tras el acceso a la bodega. En la oscuridad oigo esa risa infantil que me persigue desde hace unas semanas. Su eco tintinea entre las botellas de amontillado. Hay un ruido de cadenas que se arrastran. Se acerca. Noto su aliento. Ríe de nuevo y por primera vez me atraviesa. Río yo también, nervioso, excitado por tener compañía. Al fin, después de tantos años, ya no soy el único fantasma de esta casa.