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Blancos
El barrendero Carlos, por la mañana temprano, divisó, a una distancia de diez metros, una gran mancha de sangre bajo un soportal de un edificio. "Madre, ¿qué será?", se dijo, y avanzó varios pasos con cautela. Vio bolsas con enseres. Vio cartones anchos medio rotos. Vio a dos personas tumbadas sobre éstos. Cuando ya las imágenes macabras se le aparecieron con toda crueldad, a escasos tres metros, un grupo de hombres y mujeres vestidos con monos blancos se interpuso entre él y la escena; sus componentes, hábiles operarios, se movían con rapidez, Carlos no distinguía casi sus movimientos. Pasaron diez minutos. El grupo uniformado se retiró, y allí no quedó ni rastro de lo que Carlos había visto. "Qué extraño", pensó Carlos. No obstante, siguió avanzando hacia el lugar, hacia el soportal. El olor a química le hizo sentir un breve mareo que remitió en cuanto comenzó a respirar con un pañuelo que le tapaba la boca y la nariz. "Juraría que aquí había dos personas muertas, tal vez asesinadas, tal vez accidentadas, pero no me han dejado que lo comprobara, quizá el asunto fuese turbio, quizá han tratado de censurarme, es decir, alguien ha preferido que yo no lo viese para que luego no lo contase". Con estos pensamientos, Carlos continuó barriendo la calle. Terminó su turno y volvió a casa. Su mujer lo esperaba con la televisión encendida. "Es desesperante, Carlos, la epidemia de suicidios va en aumento, los servicios de desinfección no dan abasto".