signoeditoresliteratura.es
Belleza eterna
Desvestirla cada noche era para él un momento único, incomparable. Tanto como para suplicarle que volviera a vestirse y poder repetir la ceremonia. Una, dos, tres, diez veces. Ella accedía con agrado a su solicitud, sintiéndose también protagonista de la escenografía. Complacerle formaba parte del acuerdo lúdico-tácito establecido por la pareja. Y sonreía, siempre sonreía, aun permaneciendo en silencio. Él procedía a quitarle la ropa con la delicadeza de un verso y ella, a su vez, se dejaba hacer, con la vista fija en un punto inconcreto de la estancia. Primero le desabrochaba la blusa y desprendía el sujetador, dejando los pechos al descubierto. Todo con el nerviosismo de un acto primerizo. Sus dedos de seda, temblorosos, silueteaban entonces poco a poco su nívea piel provocándole escalofríos. Una vez desnuda por completo, tomaba distancia y recorría su cuerpo de arriba abajo con la mirada, ajeno a las imperfecciones que pudiera albergar, cumpliendo así su febril deseo. Al igual que un artista enamorado de su obra, cuyo placer se refugia entre cuatro paredes, le enorgullecía que ella fuera de una belleza eterna, aunque de silicona.