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Ausencias
Cuando se fue la luz en el vecindario atardecía. Acababa de despedirme de mi esposa en la estación: se marchaba a pasar una temporada con nuestra hija y yo me reuniría con ellas más adelante. Regresaba, pues, solo a casa. Sin otro motivo que la ociosidad, me entretuve a unos pasos del portal viendo en el adosado de la esquina a una niña, de pie en los escalones de la entrada, seguir con la mirada a alguien que se alejaba con paso cansado. La brisa dulce, el silencio de las farolas y un ocaso de vetas rojas invitaban a la ensoñación… Debía de haber pasado más tiempo del que me imaginaba porque en el interior ya todo era oscuridad. Avancé como pude. Atravesé el porche, crucé la galería, salí al patio. Y desde allí, a través de los visillos de la sala de estar, adiviné unas sombras recortadas por el resplandor de una vela. ¡Todo parecía tan cercano y lejano a la vez! Al entrar en la sala esas sombras cobraron vida: mi padre sentado en su sillón apartaba la mirada del televisor apagado y me saludaba acogedoramente; mi madre doblaba ropa con mimo a la luz de la vela. Me dijo si traía hambre de cenar. Mi padre, qué tal me había salido el examen. Tuve un presentimiento: iba a preguntarles por mi hermano –sí, en esa época todavía viviría–, por cómo sobrellevaba la enfermedad; pero me contuve a tiempo. No quería perturbarlos, tan confortablemente instalados en el calor del hogar.