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Aquel libro abandonado
Encontré un libro abandonado en el banco de un parque cercano. La portada y contra portada lucían de un negro profundo; en el lomo no había más que una simple inicial: en este caso era la D. Lo ojeé por encima y, como vi que no había más que nombres y fechas, perdí pronto el interés y lo dejé de nuevo en el mismo lugar. Me olvidé del libro y me senté un rato en el banco a pensar. Cuando me cansé, me levanté de allí decidido, y me dispuse a regresar a mi casa. Apenas anduve varios pasos, me detuve en seco; fue la misma sensación como cuando uno, de pronto, recuerda algo urgente que se hubiera olvidado en alguna parte. Poseído por una mórbida curiosidad, miré hacia el banco, y allí seguía el libro descansando plácidamente sobre la madera; parecía llamar mi atención aun estando en absoluto estado reposo. Su contenido resonaba en mí, de tal manera, que no hallé más opción que regresar al banco y sumergirme entre sus páginas en busca de lo que, tan insistentemente, quería descubrirme. Y así lo hice. Volví a sentarme en el banco, puse el libro sobre mi regazo y comencé a leerlo impaciente, ávido de respuestas… Y tal fue la revelación que descubrí en sus páginas, que nunca más pude moverme de allí. Pasaron meses, después años e incluso lustros, y no fue hasta que, ya de anciano, las autoridades pertinentes recogieron mi cadáver y me dieron sepultura, que no hallé por fin la paz que nunca tuve, después de haberme encontrado aquel libro abandonado, de aquel banco, en aquel parque.