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Apocalipsis
La única familia que vivía en aquel país disfrutaba de su desayuno cuando comenzaron los violentos temblores. El piso de cerámica se resquebrajó bajo sus pies y las paredes se agrietaron con un crujido repentino. La lámpara colgante se desprendió del techo y se estrelló sobre la mesa del comedor. Alaridos desgarradores, estallidos de platos, tintineos de cubiertos desperdigados y el quejido agónico de la casa al derrumbarse formaron parte de la orquesta apocalíptica que le dio fin al pequeño mundo. Sepultado sobre un desorden grotesco de cereales, leche, sangre y trozos de pared, uno de los comensales logró ver la nieve sintética caer sobre los escombros materiales y humanos, anunciando el inicio del invierno. Al otro lado de la cúpula, fuera de la bola de cristal navideña, el ojo gigante de una niña arrepentida desprendía una lágrima.