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Amor polar
Con su mano entre las mías, noto cómo el frío mortal que emana de ella penetra en mí y se abraza a mis huesos en una suerte de ósmosis terca e implacable, congelándome la piel y cristalizando mis lágrimas. Yo sé que Natalia ha muerto, pero no quiero que la muerte sepa que yo lo sé. Por eso no suelto su mano. Estoicamente aguanto el frío ártico que me vaporiza el aliento y la razón. El médico me dice que ha muerto, tratando de hacerme reaccionar con semejante obviedad. Pero yo no suelto su mano. No estoy dispuesto a que la maldita y arbitraria Muerte se salga con la suya. Tendrá que llevarme a mí también. Cuando el médico se va, nos quedamos los tres solos: Natalia, la muerte y yo. Entonces empiezo a notar que pierdo la batalla, porque para entonces el frío ártico que ella despide ya ha engullido el calor de todo mi cuerpo y los temblores y el castañeteo de mis dientes no cesan hasta que pierdo el conocimiento. Cuando despierto del coma días después, ya la han enterrado. Desde entonces tengo frío, y me gusta. Vivo en un perpetuo invierno. Cuando lloro su ausencia, las lágrimas ruedan por mis mejillas como cuentas de cristal, saltan por el suelo y se van bajo los muebles. Es como si parte de ella permaneciera en mi interior. Cada vez vivo más al norte. Trepo día a día por el mapa hacia la aurora boreal, con la sangre escarchada, la tez violácea y la música de mis dientes. Él, el frío, me guía, me enseña el camino hacia Natalia, mi amor polar.