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Amor entre cenizas
Aún sentía la luz de la explosión en su pecho, la luz de un amor que nunca volvería a florecer. Sabía que su vida debería haber transcurrido en el vasto campo, ajena a la impetuosa necesidad del ser humano de destruir lo que antaño era bosque o selva, río u océano. Aquel día, la ceniza que impregnaba sus pulmones se convertía en veneno mortal. Mientras se desvanecía entre la multitud de la urbe, recordaba los momentos felices que había pasado al lado de su amada, la paz que le transmitía su sonrisa perlada. Sus manos tocaban ya el asfalto; nadie parecía querer percatarse de su agonía. Tan solo una niña rica, con mascarilla protectora, enviaba señales de humanidad entre el plástico. Se apretaba el corazón, envuelto en un incendio alveolar, mostrando claros signos de insuficiencia respiratoria. Se acercaban dos hombres inexpresivos, encargados de mantener la seguridad pública. Uno apuntaba en su retina programada datos del afligido. El otro, le decía: - Señor, si se encuentra indispuesto o siente que está a punto de expirar, por favor, vaya al espacio habilitado para estas circunstancias. En cinco minutos un vehículo lo llevará a su destino. Tenga una agradable jornada. Se iban, dejándole con un aerosol barato y sin garantías de salvación. Si hubiera sido un ciudadano de élite, no habrían permitido que pereciera. Al menos, no de ese modo. El transporte nunca llegaba. Sus manos se helaban y él moría, no tanto por la ceniza, sino por el fin del recuerdo de un amor pasado.