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Al otro lado
«Quizá es que no me quieres» dices, pero ¿no son suficientes mis palabras, mis besos, mis caricias?, ¿no lo sientes cuando te abrazo? No sé cómo hacerte entender que no concibo mi vida sin ti, ¿qué quieres?, dime qué quieres porque me estás volviendo loco. Sí, te quiero, tanto que imaginar que no estás me duele; imaginarme una vida sin ti, un día sin ti, un segundo sin que estés conmigo, tan solo imaginarlo, me destruye. ¿Cómo puedes dudar de mis sentimientos?, ¿cómo puedes, siquiera, plantearte que te miento? Hablas pero dejé de escucharte. Mi mirada está perdida jugando con las burbujas del refresco que tengo en mis manos. No te escucho porque no puedo más, estoy harto de justificarme, harto de explicarte. No puedo más. Levanto la vista del vaso. Estoy llorando; no me había dado cuenta pero estoy llorando. Un llanto silencioso. Me ves y te callas. Por fin, silencio. «No puedo más. De verdad, no puedo más. No sabes lo duro que es estar al otro lado, justificándome a cada rato, esforzándome para que me creas. No puedo más». Sorprendida permaneces quieta, sin articular palabra. Ya no hay lágrimas. Me siento tranquilo, bien. Sorprendentemente bien. He roto tu juego. Sí, ese en el que yo te adulo y tú te crees el centro del universo; ese en el que te sigo y tú te sientes mi dueña; ese en el que yo suplico y tú te sientes poderosa. Has ganado. Llevabas razón: no te quiero o, al menos, no tanto como para seguir haciéndome esto a mí mismo. Ahora eres tú quien llora.