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Abril
Una gota de sangre tiñó su bordado, sus manos eran como mariposas, cosiendo y descosiendo como Penélope, ese odiado ajuar. Sus hilos de colores y su aguja, se asemejaban a escribir, dar pequeñas puntadas, perfilar un dibujo con palabras, dar cuerpo a una historia. En su costurero guardaba una amalgama de ovillos, a cual más bonito, igual eran las palabras, se entrecruzaban, se repelían, se amaban, querían ser plasmadas, dejar huella, romper la virginidad del papel, solo sumar, sumar y sumar. Escribía sin compasión, pero con pasión, a golpe de silencio, sin ocultar lo que sus escritos querían ser, luz. Abril quería ser palabra, ser libre, codearse con otros escritores en igualdad de condiciones y que no valoraran sus poemas por ser hombre o mujer, sino por su prosa, por su ritmo, su cadencia. Ella únicamente sería escritora, escribir sin hora, de noche o de día, con lágrimas o sonrisas, bailar con sus personajes, vivir sus vidas, romperse en cada frase y recomponerse al final de cada uno de sus poemas. No quería sino acunar poesía, alimentar su alma efímera con palabras y más palabras. Una detrás de otra. Y vivir y morir suspirando poesía.