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A las once en casa
Ya pasan veinte minutos. Enciende otro cigarro, le da un par de caladas, y lo machaca contra el cenicero. Camina por el salón dando vueltas como un tigre enjaulado. La copa de brandy de Jerez sigue intacta sobre la mesa. Le gusta bebérsela en paz, y en aquel momento le domina el nerviosismo. Se asoma a la ventana. El silencio reina en la calle. Una mano se apoya en su hombro. Detrás de él, su mujer le sonríe afablemente. —Vete a la cama, estás cansado. Él hace caso, y entra en el dormitorio. Ella mira el reloj. Son las once y media. Observa la puerta y los ojos se le enrojecen. Ha pasado más de un año. Ya no espera. Sabe que su niña no regresará. Limpia las colillas, recoge la copa, y se va a dormir. Esta noche también tendrá un sueño inquieto.