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A buenas horas
Al otro lado de la ventana de aquellos fríos extremos de este maldito invierno todo era blanco; muy blanco; excesivamente blanco. El abuelo, con su último pitillo pegado a los labios, empezaba a sentirse muy débil, y mi hija no paraba de toser y lloriquear, mientras yo trataba de disimular mis temores. Al otro lado de la ventana todo seguía igual, pero a este lado sólo nos quedaba un brick de leche, un paquete de arroz y un poco de embutido algo mohoso. Ya tampoco teníamos con que hacer fuego. Cuando las emergencias llegaron al refugio, ya sólo pudieron sacar una vida por la chimenea, pero se me estaba yendo por la sangre que brotaba de mis muñecas.