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“Papel mojado 8:7-10”
El agua y la arena de la playa se cubren de restos de una tragedia. Náufragos se arrastran fuera del mar mientras cuerpos yacen inmóviles en la arena. Una madre agoniza tras ver como su prometida tierra, tan cerca y distante a la vez, se convierte en espejismo. Cuerpos sin vida flotan junto al suyo. Pide auxilio presa del pánico y del miedo. Reza por su pequeño hijo, arrancado de sus brazos por el fuerte oleaje; reza a dios, le pide un milagro, ruega que abra un sendero en el mar bajo su cuerpo exhausto. Entre otros a la deriva, intentaba alcanzar la orilla con el niño a cuestas. El niño asustado, sujetando un preciado libro, no cesaba de llorar. Eran muchos, demasiados; cansados, sedientos y hambrientos. Acababan de avistar tierra firme. Gritos advertían de un peligro: ¡Sentaos!, ¡sentaos!, pero la impaciencia puso en pie algunos migrantes elevando el centro de gravedad de aquella frágil embarcación; volcó inevitablemente. Asustados, magullados algunos, intentaban agarrarse a la embarcación que se hundía rápidamente, así como las esperanzas de sus ocupantes… En la playa, equipos de salvamento y guardia civil asisten a las víctimas de un éxodo carente de milagros. Un auxiliar sanitario trata sin éxito de reanimar a un niño que exhala su último aliento. En la superficie del mar, a merced de las olas, páginas desprendidas de un libro muestran versos en papel mojado; versos del octavo capítulo del libro de Deuteronomio.