signoeditoresliteratura.es
Éxtasis
Observo la vela, casi extinta, y decido apagarla ya que su luz me ciega. Los días en la celda de exclusión en completa oscuridad, hicieron estragos en mis ojos. El frío del suelo alivia el dolor de mi espalda y de la piel abierta que tardará tiempo en cerrarse. Me arrastro lentamente hacia el banco e impulsándome con lo que creo son todas mis fuerzas, logro incorporarme; en mi afán de vencer a las gotas de cera que se derraman en la madera, olvido el cilicio que tengo amarrado a mi muslo y pierdo completamente el equilibrio. Mareada por el agudo dolor y de nuevo a rastras, me acerco a la mesa y estando frente a la vela, la apago con un soplido violento y me invade una satisfacción bastante patética. Extrañaba mi celda, el olor a humedad ya no me resulta desagradable. Toco débilmente mi cabeza y recuerdo la longitud de mi cabello, así como las noches en que mi hermana y yo, lo cepillábamos al menos cien veces. Desde que llegué al convento, la madre priora es quien lo corta, dejando como estampilla personal, irritación. Lloro. Mi cuerpo no soportaría un encierro más, pasé tanta hambre y frío, que no volveré a confesar estos pecados que, bien me han dejado en claro, son de gravísima culpa. ¿Acaso tenía que callarme todo lo que sentí aquella noche? Quizás sí pero, ellas dijeron “en cuerpo y alma” y así lo sentí, un dolor físico, espiritual, orgásmico. Alzo la vista y lo miro fijamente en el crucifijo mientras mi cuerpo se encuentra ya flotando a varios centímetros del suelo.