Nikolai Lantsov | Sobachka
La tarde era lluviosa, Frida miraba como las gotas de agua decoraban los grandes ventanales del palacio, deseaba tanto salir afuera a pasear mientras llovía, pero Zoya le había prohibido salir, era una de las mejores agitamareas y no podía poner en riesgo su vida por cualquier tontería, como decía la pelinegra. Pero Zoya había salido a buscar a unos cuantos Grisha de doce años, los cuales se habían escondido de la General.
Frida por otra parte, ya estaba poniéndose su Kefta para salir fuera, evitando a toda costa encontrarse con alguno de los mellizos pues estos se daban cuenta de todo. La muchacha a punto de poder cruzar unas puertas sin ningún tipo de vigilancia, una voz la hizo detenerse.
-¿A dónde va tan bella dama con esta llovizna?- Reconocería aquella voz en cualquier parte, Nikolai, su Nikolai. Giró con una sonrisa nerviosa, el rubio había estado presente cuando Zoya prohibió a la muchacha ir fuera con aquel tiempo. La sonreía con burla pero con pena a su vez, no habían vuelto a hablar desde el incidente en Balakirev, concretamente, en el campanario de la iglesia. Aquella noche Nikolai había escapado de su habitación, Frida había conseguido llegar a lo alto del campanario antes que Zoya, y si no hubiera sido por ella y por los mellizos, probablemente habría sido la cena del monstruo creado por El Oscuro, tan solo había dejado unas terroríficas marcas en su espalda, las cuales ni Genya podía tapar. Claro que no culpaba a Nikolai, solo era culpa de alguien, y ese alguien ya no se encontraba entre ellos, el rey por supuesto se había disculpado con la chica, pero Frida había desarrollado un temor a que aquello vuelva a suceder.
-Sabes perfectamente que es lo que haré.- contestó con nerviosismo.- y confío en ti, en que Zoya no lo sepa.- dijo colocándose su kefta, dispuesta a marcharse sin mirar a su rey, pero cuando abrió la puerta para irse pensó en el chico detrás suya. Ambos morían por pasar tiempo juntos, pero ella recordaba las marcas que le había dejado y su cuerpo se estremecía, pero ese no era Nikolai, eso era algo oscuro que no merecía estar dentro del rubio.- ¿Vienes?- preguntó llamando la atención de Nikolai. Este dudó.- Sobachka, me enfadaré como no aceptes mi propuesta.
-Seré un idiota si la rechazo.- Frida se acercó a Nikolai y lo tomó de las manos vestidas con sus guantes, lo condujo al exterior del gran palacio, por el camino de mármol lleno de estatuas. Frida salió corriendo hacía la enorme fuente decorada por un gran águila representando a la familia Lantsov. La castaña paró en seco y se tumbó en el suelo mojado, disfrutando de las gotas caer sobre ella. Sintió como Nikolai se tumbaba a su lado, observándola.
-Sabes Nikolai, todos los días solía rezar a Santka Maradi.- le contó a la vez que sus ojos brillaban mientras lo miraba.- Nuestro amor es tan imposible como que yo deje de quererte.
-No quiero hacerte daño Frida.- susurró quitando un mechón de pelo que tapaba el rostro de ella.- Lo que te hice en Balakirev...
-Me lo habría hecho en cualquier otra guerra.
-Pero te lo hice yo, y no me voy a perdonar.- La muchacha se incorporó, acercó su cuerpo al del rey.- Me duele tener esto dentro de mí, pero más me duele saber que no voy a poder protegerte si el que quiere hacerte daño soy yo.
-Vas a tener que poner muchas más cosas en tu contra para alejarme de ti, Sobachka.- Bajó la cabeza hasta el rostro del rubio, acunó sus mejillas entre sus manos y besos sus suaves labios, los había extrañado tanto que había asumido que se había vuelto adicta a ellos. Frida había temido al monstruo, y probablemente lo seguía haciendo, pero su amor por el inocente chico de cabellos de oro la haría olvidar cualquier miedo. Excepto la furia que emanaba Zoya mientras se acercaba a la pareja, viendo que la joven agitamareas la había vuelto a desobedecer.

