llevo un largo tiempo enojado con la vida, he llorado muchas noches pensando en que probablemente no he sido el mejor tipo, pero hay cosas que no merecía. En serio que no.
Andy
No sé porque te hacías la dormida, yo ya sabía, que sentías hasta el más mínimo roce, lo disfrutabas, te gustaba. Y a mí también, no podía dejar de saborear en mi mente, todo lo que te haría. Me intrigaba mucho hasta dónde llegaba esa inocencia tuya, si es que la había, porque tú cuerpo gritaba perversión, gritaba deseo, yo realmente podía palparlo por encima de esa ropa que traías…esas ganas que tenías por qué te poseyera. Mi pulso, pensé que se aceleraría, pero no, estaba totalmente en calma. Los sueños son extraños, porque rara vez uno es conciente de cosas como esas. Yo miraba lo blanca, pálida y demás que era tu piel, contrastaba con lo oscura que era la mía. Sonreí, porque recordé que era negro y eso en lo que se refiere al sexo, es una ventaja. Una que yo iba a usar. Sin mediar, sin que me importará tu reacción, baje tus pequeños pantalones, con todo y pantis, para descubrir un culo realmente hermoso. Y entonces me invadió la desesperación. No sé qué mierda, pero cuando antes tenía ropa, ahora ya no. Empecé a rozarte con un dedo la vagina, y sentí humedad, en abundancia, y entonces me dije; está desgraciada está excitada y lo está disfrutando. Así que te metí despacio, la punta, no estaba seguro de cuánto podía meterte sin hacerte daño, así que fui con precaución. Y te susurré; andy, si quieres que lo meta más, entonces hazme una señal, no sería justo que solo yo me divierta en esta experiencia. Y entonces moviste una mano, y dije: tomaré eso como una señal. Te hablaba cerca, muy cerca al oído, sentía el olor a shampoo de tu cabello, el olor característico de una chica, olía lo femenina que eras. Si bien me sentía en el cielo, ardía como si estuviera en el infierno, dentro de mí, el calor se acumulaba y me quemaba. Centímetro a centímetro, fui metiéndotelo, y con cada pliegle que empujaba dentro de tí, escuchaba el ritmo cambiante de tu respiración, el forcejeo inútil que llevabas contigo misma por no dejar salir ningún sonido, ningún quejido, ningún grito de excitación. Estaba agusto estando dentro de tí, me quedé quieto, sólo para observar cuanto más resistirías con un pene ardiendo en tu vagina. Veía como te retorcias, en un vano intento por calmarte. Pero tu disimulo era inútil. Entonces empezamos con el juego de: te lo meto despacio, en un entra y sale, que te tenía loca, desquiciada, mordias las sábanas, ya te daba igual si yo lo sabía, hasta gritabas y arañabas, no sé si pidiendo que te lo sacará, que parará, o que siguiera, sólo se que lo tome como eso último. Y seguí, seguí, seguí, y entonces mi cuerpo tembló, se sacudió desenfrenado y grite como un maldito, escuchaba como decías; por favor todavía no, no pares. Pero no pude evitarlo me vine, me vine dentro de tí. Para cuando entendiste lo que pasó, sólo dijiste; maldito, te viniste dentro, hijo de las remilputas! Que has hecho, estas loco!. Te callaste de repente como si hubieses visto algo que no esperabas, te quedaste viendo por un largo rato, atraída por lo que salía de dentro de tí, atraída por el olor, seducida por aquel líquido, exageradamente blanco, a mí parecer y entonces con un dedo, lo probaste, una vez, dos veces, y fuiste hasta mí, como un animal hambriento que ve comida después de mucho tiempo, y tomaste mi pene, pusiste tus labios, y dijiste: dame más, quiero más de eso, dame más.
Consejos que debería aplicar, parte 4.
“Hay partes en mí que sólo han existido cuando estuve contigo.”
— Ron Israel



