Grillos en la Piel
Grillos en la piel por las noches, por el día,
grillos en la piel con el canto solitario del ranueco
Grillos como calambres. La he visto allí, sentada en ese rincón, con su sonrisa perpetua, en ese rincón que yo curioseo con disimulo, cuando voy a retirar las arepas, que la madre hace para vender. Grillos en la piel, por el día, en el rincón donde como a una vergüenza la sientan, la depositan, uno que otro mediodía, la deposita ahí para luego bañarla. Es preciosa, yo soy un niño cargado de inocencia y sensibilidad, dos atributos que hoy están en extinción. Ella es preciosa, su enorme sonrisa invade el ambiente y lo inhibe. Algunas mañanas, no recojo las arepas antes de irme a clases, pero voy luego, al regresar, y me gusta porque siempre salgo ganando, o la vecina me rellena alguna de las arepas con algo rico de su fogón de leña, o simplemente la miro a ella, su hija. La de los grillos. Grillos en la piel y un niño que se abastece del santuario de su sonrisa, en respetuoso absoluto silencio, mientras aprieta la bolsa de las arepas. Pero ella siempre está tratando de oír, a veces grita sin violencia sin dejar de mover su cabeza de un extremo al otro sin poder estabilizar los ojos y frotando una mano sobre el brazo contrario como sacudiendo grillos, así pasa horas hasta que Euristela se acuerda y la mete para el bañito de láminas de zinc, que tiene afuera en el patio y con una palangana le va dejando caer esa agua helada de la que tienen almacenada en aquel viejo pipote con el fondo encementado. Su madre la enjabona y ella continúa frotándose como si tuviera grillos en la piel.
Grillos en la piel en esas largas noches de la habitación oscura, que ella no distingue del día, o tal vez si, en el canto de los grillos o el monótono concierto de los sapos.
Grillos en la piel, en esos largos días de su vida, en esa habitación contenedor, no habitada, ocupada por un cuerpo hermoso que no lo sabe, que no se reconoce en el irónico espejo con estampa en su parte superior, que la refleja todo el tiempo y que además le roba luz al patio para lanzársela encima e iluminarla como si ella fuera una estrella.
Grillos en la piel, la he visto allí sentada con su sonrisa perpetua, en ese rincón, cuando voy a retirar las arepas algunas mañanas, y me robo con la mirada el brillo que se desliza por esos cabellos sueltos entre dorado y castaño claro cayendo sobre aquellos pecosos hombros blancos, más blancos que el vestido blanco con el que casi siempre la dejan en el rincón, descalza, con esas hermosas piernas también blancas, ansiosas de sol de playa. Grillos en la piel, ella sigue frotándose el brazo muy suave, como auto acariciándose, eso me hace pensar que se puede lastimar por la fricción, pero ella ni siquiera sabe que alguien la observa y piensa en ella. Asi como tampoco nunca el mar besará su piel, sencillamente le haría falta una madre como la mía, para que pueda disfrutar del mar y de la vida. Me voy a la cama con la imagen de ella, me duermo y sueño que un día se la llevaran unos ángeles a ese espacio dorado, donde van los seres inocentes. Y donde todas las calamidades desaparecen.
por las noches, por el día,
grillos en ella, señorita de los grillos, con fantástica sonrisa, manantial mágico de mis recuerdos.
Escrito dos de Jesús Mercado.