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F u c k m e

@srita-lia

No te cuestiones tanto
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Soñé que me robabas un beso y se sintió bien, a pesar de que nunca te he besado.

KC

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Quizá después de la tormenta, sólo hay más tormenta. Porque algunas cosas jamás terminan, como los amaneceres después de haber querido no despertar nunca más o como las puestas de sol cuando horas atrás deseaste que alguien se quedara un poquito más y te besara esa cicatriz que tiene la forma de sus labios. Y lo único que termina a tu lado es la misma oscuridad que ha sido fiel a ti. Y quizá, al final de esta inestabilidad emocional, alguien nos acompañe por esos rumbos en los que hemos tenido que pasar corriendo porque tanto miedo nos da quedarnos a vivir ahí, donde ya nadie espera a nadie, donde los relojes se han detenido en los peores momentos, donde ya no hay trenes que pasen y quieran que te subas a ellos, donde solo hay gente sola acompañándose entre sí. Y no hay nada peor que eso: compartir soledad, porque si algo hay que compartir son los momentos bonitos, los aviones que nos lleven tan lejos que sea imposible regresar. Alguien que nos acompañe en silencio mientras el mundo no deja de girar ni de arder. A quemarropa. Independientemente a dónde nos lleve la vida e independientemente en dónde queramos estar mañana. Que comprenda que somos seres inestables, lo que hoy queremos, mañana posiblemente lo tiremos a la hoguera. Y que, incluso así, nos quiera. Que nos quiera tanto y a una distancia tan cercana, que sienta nuestro fuego y que no le importe tener quemaduras. Yo qué sé, chicos, sería bonito que alguien nos esperara, incluso cuando se nos ha hecho demasiado tarde y no haya nada, ni premio, ni felicitaciones, ni consolación. Pero que esté ahí, en la meta. Y entender que eso posiblemente sea a lo más alto que podemos ascender en la vida: tener a ese alguien.   Ese alguien que no nos entienda, pero que nos comprenda. Que después de habernos maldecido, nos diga “te quiero después de todo”. Que nos enseñe a querernos antes de quererle. Que nos saque fuera del mundo y nos meta dentro de sus dimensiones. Que sea un total, absurdo e incurable demente, y nos haga enojar al mismo tiempo que nos hace sonreír. Que nos rompa literalmente y no volvamos a ser los mismos que hemos siendo siempre. Que sea el antes y el después. La línea divisora entre lo que fuimos y lo que somos. Porque incluso ser uno mismo cansa, ser cansa y por eso muchas veces tenemos esa esperanza latente de que, algún día, seremos el atardecer bonito de alguien; el gris de sus inviernos, el blues que lo acompañe, su lugar siempre que quiera huir.   Y algún día terminará pasando del todo y el resto simplemente será lo otro, pero ese alguien será “lo mejor está por venir” caminando hacia nosotros. Y sentiremos esa sensación que sentimos cuando las cosas, finalmente, después de haberlas esperado a miles de millas y por mucho tiempo, después de haber dejado hasta los huesos por encontrarlas, un día, terminan pasando.

Benjamín Griss (via elchicodelayer)

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Me salva siempre que vuelve, he perdido la cuenta de las veces que se ha ido. Y siempre vuelve con su sonrisa a quemarropa, con sus labios cansados y sus pies gastados de tanto caminar en una dirección que sabía que no la iba a llevar a ningún lado. Por eso es que la quise, porque lo intentaba aunque supiese de antemano que gastaría todas sus lágrimas en algo que perdería sin haberlo tenido. No quiero que me busques ni que me encuentres, me decía. Sólo quiero perder. Perderme en el mundo, sacar a bailar a los leones que me han clavado sus colmillos en mis puntos débiles. Siempre que abría los brazos parecía un avión  a punto de estrellarse contra la pista de aterrizaje. Su corazón rugía como un concierto y amaba como las ochenta mil voces cantando al unísono la misma canción. Sólo quiero ser valiente una vez en la vida, hermosa como la nieve y libre como el aire, y la nostalgia se le escapaba por la boca.  A veces la veía mirar el cielo tratando de encontrar una de las tantas razones que perdió cuando tropezó accidentalmente conmigo. Así es, lo nuestro fue un accidente, ninguna casualidad nos advirtió de los efectos colaterales que surgirían a raíz de no haber pasado de largo. Porque nos quedamos. Nos miramos a los ojos sin cruzar palabra. A veces sonreíamos. A veces el silencio era quien sonaba de fondo. El abrazo fue la segunda palabra que se escribió en la página en blanco tras la caída. Ojalá las historias terminaran tan bien como empiezan algunos principios. Y me pregunto, ¿será que a veces tenemos que caer, no para tomar impulso, sino para amar lo que se encuentra en el fondo? Y la respuesta a esta pregunta hace mucho que me sonríe. Hay interrogativas que vale la pena encontrarles un sentido fuera de lo común, porque son extraterrenales.   Todos los ríos desembocan en un mismo lugar. Y ella suena como el mar. Si supieses lo bonito que suena. Joder, pensarías que estoy loco, pero chicas como ella no se encuentran una vez en la vida. A veces, ni una sola vez.

Benjamín Griss (via elchicodelayer)

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I always thought about theatre  –  I’m not sure about film, but certainly in the theatre  –  if I could press two buttons, first I’d have my lines going across the back of the auditorium, with electric lights   –  that would calm me down. The other one is all actors should have a t-shirt, whatever the costume, that just says on it, “Believe it or not, I’m doing my best.”

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Admiro a todo aquel que sigue soñando, incluso cuando el mundo, a veces, no es un buen lugar para hacerlo.

Benjamín Griss (via elchicodelayer)

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Es la chica que derrocha rock n’ roll en cada cosa que pone ilusión y luego se pone a mitad de la tormenta a bailar esa canción que tanto le hace recordar a ese chico que la vuelve cuerda por momentos, porque está loca, ya estaba loca antes de conocerlo y de contarle todas sus fantasías y se viste de femme fatale, cada noche prepara sus labios para que la bese en la mejor estación y que la desnude con cada verso que le cuenta al oído.   Quiere sonar como su canción maldita, como la pesadilla que rompa sus sueños a mitad de un beso y como la escena de su película favorita, donde dos saben cómo curarse la vida.   Ella sabe que es arte y no espera a que la convierta en poesía, porque ésta no sabe a nada si la ponemos a la altura de su cabeza. No sabes cómo le gusta estar en las nubes y siempre es él quien la invita a volar sin tener alas.   Él sigue siendo su caída continua, la piedra con la que quiere romperse cada hueso por querer tropezar en sus siete vidas, el error más grande y a la vez el acierto más grande de su vida. Él sigue tarareándola, mientras ella se lo ha aprendido de memoria. El amor le ha traído debajo de todo disfraz un montón de heridas que, siendo valiente y capaz de curárselas ella misma, prefiere su saliva. Lo prefiere antes que todos.   Es complicada y se le complica mucho la vida cuando lo ama, jamás ha entendido al amor y quiere que él jamás la entienda a ella, porque la magia reside en el misterio, en esas pequeñas cosas que le dan sentido a toda sencillez. A veces llora y no sabe cómo salir y es cuando él entra en acción: la toma de la mano y se la lleva a alguna montaña de alguna ciudad perdida, la tapa con la manta y ven las estrellas, no dice nada, se queda en silencio.   Ella es una de esas chicas que mientras más oscuridad tienen, más brillan.   Lo que los dos no saben es que, mientras ellos piensan cómo brillan de bonito las estrellas, ellas piensan en lo bonito que brillan los dos juntos.

Benjamín Griss (via elchicodelayer)

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Es la chica que derrocha rock n’ roll en cada cosa que pone ilusión y luego se pone a mitad de la tormenta a bailar esa canción que tanto le hace recordar a ese chico que la vuelve cuerda por momentos, porque está loca, ya estaba loca antes de conocerlo y de contarle todas sus fantasías y se viste de femme fatale, cada noche prepara sus labios para que la bese en la mejor estación y que la desnude con cada verso que le cuenta al oído.   Quiere sonar como su canción maldita, como la pesadilla que rompa sus sueños a mitad de un beso y como la escena de su película favorita, donde dos saben cómo curarse la vida.   Ella sabe que es arte y no espera a que la convierta en poesía, porque ésta no sabe a nada si la ponemos a la altura de su cabeza. No sabes cómo le gusta estar en las nubes y siempre es él quien la invita a volar sin tener alas.   Él sigue siendo su caída continua, la piedra con la que quiere romperse cada hueso por querer tropezar en sus siete vidas, el error más grande y a la vez el acierto más grande de su vida. Él sigue tarareándola, mientras ella se lo ha aprendido de memoria. El amor le ha traído debajo de todo disfraz un montón de heridas que, siendo valiente y capaz de curárselas ella misma, prefiere su saliva. Lo prefiere antes que todos.   Es complicada y se le complica mucho la vida cuando lo ama, jamás ha entendido al amor y quiere que él jamás la entienda a ella, porque la magia reside en el misterio, en esas pequeñas cosas que le dan sentido a toda sencillez. A veces llora y no sabe cómo salir y es cuando él entra en acción: la toma de la mano y se la lleva a alguna montaña de alguna ciudad perdida, la tapa con la manta y ven las estrellas, no dice nada, se queda en silencio.   Ella es una de esas chicas que mientras más oscuridad tienen, más brillan.   Lo que los dos no saben es que, mientras ellos piensan cómo brillan de bonito las estrellas, ellas piensan en lo bonito que brillan los dos juntos.

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Quizá después de la tormenta, sólo hay más tormenta. Porque algunas cosas jamás terminan, como los amaneceres después de haber querido no despertar nunca más o como las puestas de sol cuando horas atrás deseaste que alguien se quedara un poquito más y te besara esa cicatriz que tiene la forma de sus labios. Y lo único que termina a tu lado es la misma oscuridad que ha sido fiel a ti. Y quizá, al final de esta inestabilidad emocional, alguien nos acompañe por esos rumbos en los que hemos tenido que pasar corriendo porque tanto miedo nos da quedarnos a vivir ahí, donde ya nadie espera a nadie, donde los relojes se han detenido en los peores momentos, donde ya no hay trenes que pasen y quieran que te subas a ellos, donde solo hay gente sola acompañándose entre sí. Y no hay nada peor que eso: compartir soledad, porque si algo hay que compartir son los momentos bonitos, los aviones que nos lleven tan lejos que sea imposible regresar. Alguien que nos acompañe en silencio mientras el mundo no deja de girar ni de arder. A quemarropa. Independientemente a dónde nos lleve la vida e independientemente en dónde queramos estar mañana. Que comprenda que somos seres inestables, lo que hoy queremos, mañana posiblemente lo tiremos a la hoguera. Y que, incluso así, nos quiera. Que nos quiera tanto y a una distancia tan cercana, que sienta nuestro fuego y que no le importe tener quemaduras. Yo qué sé, chicos, sería bonito que alguien nos esperara, incluso cuando se nos ha hecho demasiado tarde y no haya nada, ni premio, ni felicitaciones, ni consolación. Pero que esté ahí, en la meta. Y entender que eso posiblemente sea a lo más alto que podemos ascender en la vida: tener a ese alguien.   Ese alguien que no nos entienda, pero que nos comprenda. Que después de habernos maldecido, nos diga “te quiero después de todo”. Que nos enseñe a querernos antes de quererle. Que nos saque fuera del mundo y nos meta dentro de sus dimensiones. Que sea un total, absurdo e incurable demente, y nos haga enojar al mismo tiempo que nos hace sonreír. Que nos rompa literalmente y no volvamos a ser los mismos que hemos siendo siempre. Que sea el antes y el después. La línea divisora entre lo que fuimos y lo que somos. Porque incluso ser uno mismo cansa, ser cansa y por eso muchas veces tenemos esa esperanza latente de que, algún día, seremos el atardecer bonito de alguien; el gris de sus inviernos, el blues que lo acompañe, su lugar siempre que quiera huir.   Y algún día terminará pasando del todo y el resto simplemente será lo otro, pero ese alguien será “lo mejor está por venir” caminando hacia nosotros. Y sentiremos esa sensación que sentimos cuando las cosas, finalmente, después de haberlas esperado a miles de millas y por mucho tiempo, después de haber dejado hasta los huesos por encontrarlas, un día, terminan pasando.

Benjamín Griss (via elchicodelayer)

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Quisiera escapar, olvidarme de todo u todos, no tener más preocupaciones, olvidarme de lo que ya pasó, está pasando y pasará... Nada más quiero sentarme a llorar, ya sea a la orilla de la playa o a un parque al que casi no vayan personas, quiero estar sola, sentirme sola, no quiero saber sobre nadie más, no necesito un abrazo ni palabras de conciliación.. sólo me necesito a mi.