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Y cada día lo iba queriendo un poco menos.
Me desvestía de sus poesías,
de los versos que me dejó en la comisura de los labios,
inclusive de a poco arranque cada te quiero susurrado.
Caminaba en reversa para recoger mis pasos,
y deshojaba los abrazos de la espalda,
y las promesas de los pies.
Y borraba los puntos suspensivos
mientras releía mil veces el adiós,
y pasaba la página de una para que no doliera tanto.
Creaba cielos y me lanzaba a ellos,
soñaba menos y pocas veces decía su nombre.
Cada día lo iba queriendo menos,
y aunque no lo logré olvidar,
si pude no quererlo más.
—  M. Sierra Villanueva