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Una carta a sí misma.

De esas veces que te pones a pensar,

analizas tu vida como toda una línea del tiempo.

Te das cuenta de que has estado buscando desde antes ese algo, ese alguien.

Buscas saciar la ansiedad de conseguir “lo jamás encontrado”.

Llegas al punto en el que recuerdas su mirada, los roces y esa sonrisa

espontanea que se produce en sus labios cuando te mira llegar.

 

Con todos esos lazos intermedios que te unen,

esos lazos medios rotos a su recuerdo y a su tacto.

- No es más que un simple amante, dices.

Y en las entrañas sentir que siempre fue, es y será algo más.

Ese infinito de la sencillez y complejidad de las emociones a la vez.

 

Las sombras reniegan, no se van…

son tormentas, torbellinos de cenizas hechas de ti, o más bien lo que fue de ti.

Malditas sombras que por mucho tiempo te han cegado.

No obstante, aparece como una película sobrepuesta,

de esas películas con suspenso de las que lo que supones que sucederá no llega.

 

Te cierras ante lo que ha hecho por ti y de ti.

Sus esperanzas no se rompen porque sabe que no te ha faltado.

Su cuerpo y alma tuyos siempre serán, y tú que no le dejas ver lo que hay en tu interior.

 

Pareces estar consciente de que los años no desaparecen ni se esfuman.

Sus huellas no son fácil de borrar aunque tú misma te has hecho creer lo contrario,

crees haber suprimido cada marca, pero no, no se irá jamás.

Porque en cada rincón, en cada persona, en cada sensación y emoción está.

 

No sería la misma si no hubieras estado tú.

Eres el arte que mi cuerpo crea sin mirarte.

 

Y me doy cuenta de que lo que siempre he estado buscando,

ha estado frente a mí durante todo este tiempo.