voy a morir hoy

El gato negro de Edgar Allan Poe.

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!” Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!, ¡curioso!” y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: “Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano”.

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!.

Pinche loca

pinche loca

me das un chingo de miedo

me sacas papalotes del pecho

qué será

de todos los mensajes de amor

que mandé antes de ver tu rostro enfermo

lleno de ideas

futuros infiernos

qué será

de mis siguientes novias

cuando entiendan que nada puede superar

cómo me montas cuando cogemos

quiero morir escuchando

lo que te cuentan

las voces en tu cabeza

ya no me interesa

el mundo en el que crecí

quiero vivir

en tus ideas pendejas

y escuchar cómo no entiendes

que nos estamos enamorando

mientras cuentas anécdotas que no sucedieron

mientras interrumpes nuestros besos

para reclamarle a gente que no existe

me das un chingo de miedo

me sacas papalotes del pecho

quiero que hoy me enloquezcas

hasta que sólo pueda regresar

a donde estás

para romper la ventana

taparte la boca

llevarte por una nieve

y gritarle al nevero

ella es

la pinche loca de mi vida

y no la entiendo

sólo quiero verla sonriendo

hoy me voy a casar contigo

aunque corra el peligro

de que me asesines con tus besos

que hacen olvidar el tiempo

hoy me voy a casar contigo

aunque la tendencia mundial

sea morir sin acompañante

hoy me voy a casar contigo

aunque tenga que amarrarte

para que no te hagas más daño

aunque me escupas

las pastillas llenas de palabras amorosas

que te doy cuando no te calmas

me cuesta decirlo

pero quiero dejar de entender el universo

contigo

quiero cambiar las reglas de la realidad

contigo

quiero caminar durante el otoño en la ciudad

y gritar

que una pinche loca me persigue

que es lo mejor que me pudo pasar

me das un chingo de miedo

me sacas papalotes del pecho

ya no visitaré a mi familia

ya no le contestaré a mis amigos

me iré contigo a un cuarto

para hablar con las paredes

para pelear por cosas que no pasaron

para ver cómo se funden los focos

para besarnos y entender que los locos

sólo nos podemos amar entre nosotros

ELEVATOR'S MISTERY

“Que me dirías hoy, si supieras que voy a morir mañana?”

POV Lauren

Aquella pregunta que Normani lanzó no era una simple pregunta más del juego “Verdad o Reto”, al que tantas veces jugábamos para matar el tiempo en los largos viajes. O, por lo menos, no lo era para mi. No desde aquella conversación que hacía dos noches atrás había tenido con Dinah sobre mis sentimientos hacia Camila. 

FLASHBACK

D: Si crees que emborrachándote vas a hacer que tus sentimientos hacia ella desaparezcan, temo ser yo quien te diga que no va a ser así.

Llevé mi mano hacia mi pecho. 

L: ¡Dinah, joder! - me había asustado - ¿Qué haces ahí? ¿A oscuras? ¿Quieres matarme?

D: Más bien quiero que recapacites.

L: No hay nada que recapacitar, Dinah. - intenté sonar convincente, sabiendo cual era el motivo por el cual Dinah me pedía que recapacitase - Camila es sólo una amiga. Nada más. Somos muy buenas amigas. 

 D: ¿Entonces no te importa que Camila haya salido esta noche con ese chico tan simpático? - se fue acercando poco a poco a mi - ¿Que se hayan ido a cenar JUNTOS? - recalcó aquella última palabra y sentí como una puñalada me atravesaba el corazón - ¿Que, quizás al despedirse, ellos se besaran?

Aquella última pregunta acabó por golpearme con fuerza. Mis lágrimas comenzaron a brotar y sentí como aquel muro que había construido en torno al tema de Camila, se resquebrajaba por completo, dejando mi corazón al desnudo. 

Dinah rápidamente me abrazó. 

D: Tranquila, cariño… - me susurraba dulcemente 

L: No… no puedo, Dinah. Tengo miedo. Yo… yo la amo, pero… temo perderla. Temo que si le digo lo que siento ella se aleje de mi, y lo único que me quede de ella sean sólo recuerdos.

D: Tener miedo es lícito. Pero no puedes dejar que los miedos dominen tu vida. Tienes que salir ahí y enfrentarte a ellos. Escúchame Lauren - por un momento me separó de ella para que la mirase a los ojos - sólo tenemos una vida, sólo una, y no merece la pena desperdiciarla teniendo miedo del que dirán, de lo que opine gente a la que ni siquiera conoces. Los que te queremos te apoyaremos ames a la persona que ames. Sólo queremos que las personas que nos importan sean felices. Sólo queremos que seas tú misma. Una Lauren feliz. Y creeme, cariño - acarició suavemente mi mejilla - no hay una Lauren más feliz que la Lauren que vemos cuando está junto a Camila o haciendo lo que más ama en este mundo, cantar. No desperdicies la oportunidad de tener junto a ti al amor de tu vida. Coge ese tren, porque te aseguro que te arrepentirás si no lo haces. Os merecéis ser felices, Lau. Que le den al mundo si no lo entiende. Te aseguro que para vosotras todo tendrá sentido con sólo miraros a los ojos y saber que estáis ahí la una para la otra.

Después de aquellas palabras la abrace con más fuerza aun, y comenzó a brotar de mis labios una pequeña sonrisa. 

L: Gracias, Dinah. Gracias, de verdad…

 (FIN DEL FLASHBACK)

A: ¿Lauren? ¡Lauren! 

Sentí como Ally chasqueaba sus dedos para hacerme volver a la realidad. 

L: Si. Lo siento, yo… - dije mirando fijamente a Camila, quien me miraba extrañada por mi actitud - creo que voy a dar un paseo. Me vendrá bien un poco de aire.

Y sin más, me levanté de allí, cogiendo mi chaqueta y cerrando la puerta a mi paso.

POV Camila

N: Está rara.

A: Si. ¿Que le pasará? 

C: Iré a hablar con ella. - dije preocupada

Rápidamente, salí tras Lauren, a la que encontré a punto de tomar el elevador.

C: ¡Espera! ¡Voy contigo! - grité, haciendo que Lauren reaccionara y evitara que las puertas se cerraran. - Gracias. - dije una vez dentro, ella sólo asintió - ¿Estás bien?

Antes de que Lauren pudiera responder, el elevador emitió un leve sonido para, inmediatamente después, quedar totalmente parado.

L: ¡No puede ser! No, no, por favor, no!

Lauren comenzó a dar puñetazos y patadas a la puerta metálica, mientras gritaba pidiendo ayuda, totalmente nerviosa y fuera de si. Rápidamente la agarré y traté que se calmara.

C: Lauren! Lauren! Tranquila! - ella seguía gritando y dando golpes - te vas a hacer daño! Para, Lauren!

La agarré con todas mis fuerzas y la alejé de la puerta. La llevé hacia uno de los rincones del elevador. Ella quedó de espaldas a la pared y yo presioné ligeramente mi cuerpo contra el suyo, mientras mis manos iban hacia sus hombros, queriendo así calmarla, tratando de evitar que volviese a golpear la puerta. Apenas nos separaban unos centímetros de distancia

L: Camila, yo…tengo que…tengo que salir de aquí. No puedo… no puedo respirar.

C: Tranquila, Lauren - le sonreí - todo va a estar bien. Esa puerta se va a abrir, ¿entiendes? Y todo habrá sido como un mal sueño

L: No es esa la puerta que me da miedo que no se abra.

Quedé totalmente confundida con sus palabras 

L: Escucha, Camila…tengo que decirte algo. Supongo que estar encerradas aquí es la forma que tiene el destino de “hacerme hablar” de una vez por todas - entrecomilló con sus dedos ese “hacerme hablar”

C: Lauren…

L: Sólo escucha, por favor - asentí - siempre soñé con cantar. Era lo que más deseaba en esta vida. Lo que me hacía plenamente feliz. Quería inspirar a gente con mi música, con mi voz. Quería poder decirles que no se rindieran nunca, que todo lo que se propongan es posible. Que los sueños se hacen realidad. Quería llegar a millones de corazones y tocar sus almas, tal y como antes mis ídolos musicales hicieron por mi. Aparecieron en mi vida, tocaron mi corazón, rozaron mi alma, y me salvaron. Todo eso fue lo que vine buscando cuando me presenté a las audiciones de X Factor. Y no sólo acabé encontrando todo eso, sino que el destino me tenía preparado algo más: vine buscando a la música, y acabé encontrando también el amor. Te acabé encontrando a ti.

Mi corazón latía desbocado después de oír aquello. ¿Estaba Lauren realmente diciéndome todo eso o simplemente era un sueño?

L: Tu llegaste a mi vida, posaste tus ojos color chocolate en mi y decidiste, sin aun saberlo, que ibas a poner mi mundo patas arriba. Que ibas a romper todos mis esquemas. Toda mi vida había soñado con ese amor de cuento de hadas que salen en tantas y tantas películas, de príncipes que rescatan a princesas, o de caballeros legendarios que luchan por el amor de una dama. Creía que todo eso sólo pasaba en los libros, o le pasaban a otras personas que no eran yo. Hasta que te conocí, y entonces supe que la realidad, en este caso, superó con creces a la ficción. En las películas que yo veía no hablaban de como una princesa podía enamorarse de otra princesa. En los libros que yo leía, no se relataban historias de damas que luchaban por el amor de otras damas. Pero creo, sinceramente, que las historias pueden reescribirse y, si tu quieres, nosotras podemos comenzar a escribir la nuestra propia aquí y ahora. Que me dices, Camila. ¿Quieres comenzar una historia junto a mi?

No podía articular palabra alguna, así que le respondí de la mejor manera que se me ocurrió. Sin palabras, pero con hechos.

Me acerqué a ella lentamente y la besé. Mi respuesta fue ese beso cargado de pasión y amor, ese beso que tantas y tantas veces había soñado con darle. Nuestros labios encajaban a la perfección. Como dos piezas de puzzles. 

Sólo rompimos el beso cuando acusamos la falta de aire. Fue en ese momento, en el que nuestros dedos estaban entrelazados, en el que nuestros ojos rehusaban mirar hacia otro lado que no fuera sus hermosos iguales que tenían enfrente, en el que pronunciamos aquellas hermosas palabras que se grabaron a fuego en nuestros corazones.

C: Te quiero Lauren…

L: Te quiero Camila…

FANFIC WIGETTA "MYSTERUM"

CAPÍTULO 3 GABRIEL

Narra Samuel

En el instituto nadie paraba de hablar sobre el ciervo decapitado que estaba en pleno centro del pueblo, muchos decían que era el sacrificio de una secta satánica por el símbolo dibujado en su panza, por mi parte yo trataba de ignorar todo lo relacionado con aquel animal, no necesitaba volver a revivir esa escena. La primera clase del día era literatura, una de mis asignaturas favoritas se podría decir, al menos podré distraer mi mente de ese confuso momento.

El profesor pidió un alumno para hacer una lectura, como nadie se ofreció de voluntario me llamó a mí al frente para leer un fragmento de un poema. Mientras lo leía nadie me prestaba atención, lo cual era perfecto porque estaba tartamudeando y se me hacía difícil distinguir las letras en el libro, cuando estaba a punto de terminar de leer, note como James, que estaba sentado a mi lado, tomaba algo de mi mochila, inmediatamente entregue el libro al profesor y camine hasta donde estaba sentado. Vi como movía el medallón entre sus manos, le ordene enseguida que me lo entregará, pero se negó y continuo observándolo durante unos segundos con más cuidado, intente arrebatárselo de las manos, pero fallé en mi intento. Me estaba cabreando, y no entendía porque, al fin y al cabo iba a deshacerme del medallón, pero aun así sentía como si lo deseara, como si hubiera sido mío desde hace una vida, lo sentía como un regalo y me cabreaba que alguien jugará con algo así.

El medallón comenzó a brillar como lo había hecho en mi mochila cuando nos topamos con el ciervo en la calle principal, James se asustó, pero no sirvió para que lo soltara o siquiera quisiese devolvérmelo, en ese momento me estaba enojando de una manera que no es ni medio normal, apretaba mis puños con tal fuerza que dolía, seguramente mis nudillos ya estaban blancos. Cuando estuve al tope de mi cabreo el medallón brillaba cada vez más.

—Devuélveme eso—dije entre dientes, lo más cabreado que alguna vez estuve.

De pronto el medallón dejo de brillar y de un momento a otro James lo soltó, se quejó alegando que el medallón lo había quemado, había pasado de nuevo, acaso… ¿yo lo había causado? Recogí el medallón del suelo y salí del salón lo más de prisa que pude, al momento que atravesé la puerta la campana sonó, al menos me libre de una sanción. Corrí por los pasillos chocando con muchas personas, sentía la necesidad de hacerlo, sentía que quería correr, y lo hice. Llegue hasta los baños de chicos más cercanos y me encerré en un cubículo. Aún tenía el medallón entre mis manos, pero ahora estaba helado, pasaba exactamente como ayer, me quemaba y luego terminaba frío como un hielo. Abrí mi mano y observe con cuidado aquel estúpido objeto que me hacía pasar malos ratos, ya debería haberme desecho del el, pero no siento correcto hacer eso, era como si estuviese apegado a mí de alguna manera sobrenatural. Mientras pasaba mis dedos por la superficie del medallón sentí unos surcos que antes no estaban ahí, voltee la cara del medallón y vi algo que me helo la sangre. La estrella de cinco puntas de mi sueño estaba tallada en él, y recuerdo muy bien que no estaba ahí, solo decía Custodem Daemon, pero ahora sobre salía y era muy real.

Mi corazón latía velozmente, parecía que fuera a salirse de mi pecho, cerré los ojos con fuerza esperando que al abrirlos ese pentagrama no estuviera ahí, cuando los abrí seguía estando allí, no lo había soñado, paso en realidad, alguien me sigue, me acecha, más que eso, quiere que use el medallón ¿por qué? ¿Por qué yo? No he hecho nada como para merecer pasar por esto. Tire ese maldito objeto lo más lejos que pude de mí y subí las piernas al inodoro en el intento de acurrucarme para calmarme. No podía creer que alguien había entrado realmente a mi habitación, me ha acosado y todo en mis propias narices, que estúpido soy, seguramente este maldito medallón es solo un juguete con baterías manejado a distancia y yo llevándolo encima para darle satisfacción al pervertido que este controlándolo. Me sentía realmente sucio al darme cuenta que tal vez este en el juego de alguna clase de psicópata, y que soy su muñeco de juegos. Exhale frío y frote mis brazos para entrar en calor, me asuste al sentir como mi móvil comenzaba a sonar en mi bolsillo, lo busque imaginando que sería un mensaje de Teo preguntando donde diablos me había metido, pero mi sorpresa fue más grande.

El mismo número bloqueado relucía en la brillante pantalla de mi teléfono, mi corazón daba otro vuelco y se aceleraba nuevamente, abrí el mensaje esperando encontrarme con alguna clase de mensaje de advertencia o algún tipo de nuevo juego  que quisiera probar este psicópata, de nuevo mi sorpresa fue más grande. El mensaje solo constaba de cuatro simples palabras. “¡Ponte el medallón, rápido!” era todo lo que decía el texto, no sabía si creer u olvidarme ya de todo este asunto, estaba harto ya de tanto misterio alrededor de ese maldito objeto, porque era la cuarta vez hoy que me pedía lo mismo, las primeras tres habían sido en la madrugada en lo que creía era un sueño. Esto ya se volvía aburrido, salí del cubículo olvidándome del medallón que vaya a saber Dios donde fue a parar, me observe en los espejos del baño y vi que estaba más pálido que esta mañana al venir al colegio después del ciervo, sentía más frio de lo habitual, seguramente me estaba enfermando.

Me moje la cara repetidas veces repitiéndome siempre la misma frase; olvídalo ya, una y otra vez. Cuando volví a verme en el espejo, un chico de mi tamaño estaba detrás de mí con una capucha negra, me quede inmóvil creyendo que se trataba de alguna especie de broma. Mi celular volvió a sonar en mi bolsillo, como aquel chico no hacía nada revise el mensaje que había entrado, “Ponte el maldito medallón ahora mismo, está cerca” inmediatamente luego de leer eso el sujeto que estaba detrás de mí me golpeo con un bate por un costado y me hizo caer al suelo, perdí mi teléfono al impactar y me faltaba el aire. Mientras me retorcía en el piso en busca de aire, este sujeto comenzó a acercarse peligrosamente a mí, soltó el bate al suelo y el sonido del mismo contra el piso fue insoportable, solo esperaba que si me iba a matar lo hiciera rápido y sin dolor.

Se agacho y poso su mano sobre mi boca en un intento de callar mis respiraciones forzadas, yo buscaba sus ojos pero no los encontraba, cuando los hallé descubrí que eran negros como el azabache, oscuros como la noche y tenebrosos como la oscuridad, no parecía siquiera humanos, automáticamente después de verlo fijamente a los ojos, me dio un puñetazo en el rostro, tal vez intentaba hacerme perder la consciencia. Se levantó y atino una patada por mi otro costado, esta vez me había hecho rodar hasta una esquina del baño, escupí algo de sangre, y parece ser que eso le había gustado porque una sonrisa se dibujó en su rostro.

Comenzó a acercarse de nuevo a mí, lo hacía de forma pesada, como si se estuviera tomando todo el tiempo que quisiera, escuche como mi móvil sonaba quien sabe dónde, pero no podría siquiera hacer el intento de tomarlo sin antes recibir una paliza. Empezaba a tener dolor de cabeza por el golpe anterior, y escuchaba un leve chillido molesto, parecía que solo yo lo escuchaba porque aquel tío que me estaba dando la golpiza de mi vida no se inmutaba ante el sonido, deje de darle importancia a ese sonido, pero se agudizo a tal punto de ser casi desgarrador, era justo como hace unas horas en la calle principal, seguramente era el medallón que intentaba llamar, pero no tenía fuerzas como para buscarlo. Comencé a desfallecer, pero escuche una voz en mi cabeza que me alerto.

—No te rindas, ponte el medallón—dijo aquella voz. No sabía si hacerle caso o no, tal vez eso no ayudaría de nada, pero qué más da, tal vez igual muera hoy.

Busque el medallón por el suelo y vi como resplandecía a un lado de mí, había terminado justamente al lado de él, junte todas mis fuerzas y busque alcanzarlo, el primer intento fue fallido, en el segundo me arrastre un poco más, recibí una patada en los muslos después de eso, al menos ya alcanzaba el medallón con las manos, lo tome, pero enseguida aquel sujeto me lo arrebato de las manos.

— ¿Crees que esto te protegerá? —preguntó sosteniendo el medallón por la cadena, su voz era grave y parecía ser la de un hombre de unos 25 años o más—que ingenuo eres, tonto mortal. Creyendo que un talismán demoniaco podrá ayudarlo, ¿Dónde está tu guardián? — ¿mi guardián? ¿De qué mierdas habla este tipo? ¿Qué esconde ese medallón en realidad? Demasiadas preguntas que no obtendrán respuesta—tal parece que aquí no está—agrego ladeando su cabeza hacia un lado mientras ponía una cara de puchero, después de eso volvió a patearme, esta vez más fuerte, el dolor era indescriptible, sentía que mis costillas romperse a la par que las escuchaba, tal vez ya tenía una hemorragia interna.

Cerré mis ojos esperando mi muerte, pensé en cada minuto que pase con mi madre antes de morir, como había agonizado en el hospital con esa extraña enfermedad que le diagnosticaron, ya no recuerdo el nombre siquiera, por lo menos si voy a morir hoy no agonizare tanto como ella. El baño quedo en un silencio repentino, y el sonido de algo metálico cayendo al suelo se escuchó, abrí mis ojos y aquel sujeto que estaba por matarme ya no estaba, ni habían rastros de él. El medallón estaba en el suelo, echando humo como si se hubiera prendido en fuego. Al menos ya no moriría hoy, pocos segundos después caí desmayado.

Desperté en la enfermería del colegio, estaba adolorido, pero no me sentía como si me hubiesen golpeado en las costillas, y estoy casi seguro que alguien lo hizo. Me levante de la camilla y sentí mi cabeza a reventar, la enfermera escolar se acercó a mí e intento que me recostara de nuevo, pero no le hice caso. Le pregunte como había llegado aquí y me explico que un alumno me encontró inconsciente en el suelo del baño frente al espejo. Yo recordaba perfectamente lo que había sucedido, y por eso mismo no entendía porque mi cuerpo se sentía en perfecto estado. No tenía ningún sentido.

— ¡El medallón! —dije casi gritando al darme cuenta que ese pedazo de metal me había salvado la vida, o al menos eso es lo que parecía haber pasado en el baño. La enfermera me miro confundida y luego entendió lo que decía, o eso fue lo que vi en su rostro. Se dirigió a otra habitación y cuando volvió me entrego mi mochila, la revise y estaba todo ahí, mi móvil, mis libros, y en especial el medallón, ahora me quedaba otra duda, ¿Quién me había encontrado y traído hasta acá?

— ¿Sabe el nombre del chico que me trajo? —le pregunte a la enfermera, ella revolvió unos papeles en una mesa y encontró un pequeño papel.

—Guillermo Díaz es su nombre, te dejo aquí hace un par de minutos y luego se fue, muy extraño ese chico—al oír ese nombre un escalofrío recorrió mi espalda, ese tío tan raro me había encontrado tirado en el baño y traído hasta acá, resultaba algo extraño y aterrador.

Solo habían pasado treinta minutos desde el incidente en el baño, podía regresar a clases con normalidad, pero la enfermera insistía en llamar a mi padre, le pedí que no lo hiciera alegando que estaba en perfecto estado, que ya estaba mejor, porque no sería mi papá quien vendría, sería Marie, y va a decirme que la lluvia de esta mañana me había enfermando y me hará tomarme sus brebajes. La enfermera accedió solo si venía de nuevo apenas me sintiera mal o decaído, no podía dejar que se supiera que un alumno enfermo salió de la enfermería, le dije que lo haría, pero espero no hacerlo.

Cuando regrese a clases con un pase firmado por la enfermera, el profesor me miro de mala gana y me mando a sentar, el único asiento vacío estaba hasta el fondo, justamente a un lado de Guillermo Díaz, me puse nervioso al acercarme, no sé las razones, él estaba revisando su móvil, ni siquiera tenía un cuaderno o mochila, ¿a qué viene al instituto? Lo ignore y me senté. Desde el centro del salón, Teo me llamaba haciendo señas, preguntaba que me había sucedido, le dije que luego le explicaba, pero no sin antes de recibir una regaño y una amenaza de castigo.

Luego de clases, ya en la cafetería, le explique a Teo lo que había sucedido, omitiendo el detalle de un medallón místico salvándome de un tío que me quería matar, básicamente, toda la historia real. Lo único que le dije que si paso, fue que Guillermo me había llevado a la enfermería, seguramente a cuestas, ni él podía creerlo, y es que apenas era el segundo día de clases y el chico misterioso que no hablaba con nadie, que vestía siempre de negro, me había llevado a la enfermería. Yo ya me había resignado a creer que lo hizo simplemente por ser amable, Teo armaba sus teorías extrañas, y Grace que estaba ahí, pero sin estarlo, no opinaba nada, estaba sumida en su mundo de libros y no había nadie que pudiera sacarla de ahí—¿Les parece si vamos a Klinos después de clase? —a menos que digas que vas a Klinos.

— ¡Si! —exclamo Grace a mi sugerencia, eso era lo único que podía traerla a este mundo, decir eso y el pastel de zanahoria de Klinos. Los tres estallamos en una carcajada que llamo la atención de más de uno en la cafetería. Después de comer volvimos a clases, hoy no habían mandado tanta tarea como ayer y eso lo agradecía encarecidamente. Tenía la última hora libre, por lo que aproveche y fui a la biblioteca, necesitaba encontrarle explicación a las palabras del tío del baño, dijo que el medallón era un de talismán demoniaco, y eso no me dejaba tranquilo, seguramente estaba cargando a cuestas con un objeto maldito y no lo sabía, peor incluso, lo había metido a casa, corrección, se metió a mi casa, si Marie llegase a enterarse le da un ataque al corazón.

A sabiendas que ningún libro de la biblioteca escolar podría darme respuestas sobre un objeto que tal vez era del diablo, le pedí a la bibliotecaria una computadora, camine hasta el área de informática de la biblioteca y me senté en la primera computadora que había, eran unas viejas IBM tan antiguas como el pueblo mismo, seguramente la conexión a internet era peor. Encendí el ordenador y mientras esperaba que encendiera busque el medallón en mi mochila y lo puse alrededor de mi cuello, lo escondí debajo de mi camiseta para que nadie pudiera verlo. Cuando la computadora por fin se encendió, abrí el buscador y puse “medallones demoniacos” aparecieron millones de resultados pero ninguno concordaba con el que yo tenía, volví a intentar con otra búsqueda, esta vez sería “Custodem Daemon”, el buscador arrojo pocos resultados, no había mucho sobre la frase en sí, por lo que abrí un traductor y puse la misma frase, no me había equivocado al pensar que era latín, pero jamás imagine que sería algo como esto. La frase traducida al español era Demonio Guardián.

Busque esas palabras y arrojo múltiples resultados que hablaban de personas con guardianes que procedían del mismísimo infierno, pero que solo cumplían con la labor de proteger al portador de algún objeto que ellos le hubiesen dado, no importaba donde estuviera el dueño de dicho objeto, ellos siempre lo encontraban.

“Los portadores de aquellos objetos entregados por un demonio, viven bajo la guardia y custodia de los mismos hasta que el demonio mismo les quite dicho objeto. Puede ser cualquier cosa que sea de valor para el ente maligno, o algo hecho por él mismo, pero siempre llevará inscrita la frase que le da su poder. Custodem Daemon”

Yo no creía ni la mitad de las palabras que leía, ¿un demonio protegiendo a un humano? Vamos, son criaturas a las que les fascina el sufrimiento ajeno, ¿por qué se tomarían la molestia de proteger a alguien? Es ridículo, seguro aquel tío del baño era quien puso el medallón en mi cuarto, y tenía algún cómplice que se encargaba de los mensajes, pero eso no explicaba porque el dolor de los golpes que me dio en el baño habían pasado tan rápido, o por qué había salido sin ningún hueso roto si recuerdo claramente oír el sonido de mis costillas rompiéndose. No pude haber imaginado nada de eso, fue muy real.

Seguí buscado en internet toda la información posible que encontrara sobre esos demonios que protegen personas, seguía pareciéndome algo estúpido, pero me llamaba la atención la imaginación que tenían algunas personas para inventarse semejantes cosas. Mande toda lo que encontré a imprimir, y cerré el explorador y me dispuse a apagar el ordenador,  cuando por la puerta entro Guillermo, vestido de negro, con piel pálida que lo hacía lucir como uno de esos chicos emo. Tenía una sonrisa arrogante al entrar, como si supiera que lo iba a ver. Me sentí nervioso cuando paso por la puerta, era una sensación poco usual en mí estar intimidado por un chico, y menos por alguien más pequeño que yo, pero sentía que el ocultaba algo misterioso y no quería averiguar que era, tampoco lograba sacarme de la cabeza la idea de que él podría saber algo acerca del medallón, pero sonaría como un desquiciado si le preguntara sobre demonios y talismanes. Deje volar esos pensamientos y termine de hacer lo que estaba haciendo, apague la computadora y camine hacía la puerta, cuando estaba por salir de la sala de informática vi cómo se sentaba en el mismo viejo ordenador que yo. Espero no sea de los que revisan el historial del explorador, me tacharía de loco si ve las cosas que busco en internet.

Fui hasta la impresora para buscar la información que había impreso, cuando llegue a tomar las hojas note como la última hoja tenía escrito algo en ella. “Te pusiste el medallón, ya era hora” ahora de verdad estaba acojonado, mire en todas direcciones por la biblioteca, pero no había nadie en ella, muchos de los alumnos estaban en clases y los pocos que estaban libres seguro estaban en los patios exteriores. Nadie además de Guillermo, la bibliotecaria y yo estaba en la biblioteca, ¿fue Guillermo quien lo escribió? ¿Había alguna clase de conexión entre él y el medallón? Tenía que haberla, pero no podía llegar y reclamarle algo de lo que no estaba seguro. Hice una bola de papel con la hoja marcada y la tire a la basura, no necesitaba guardar nada de quien sea que escribiese esos mensajes.

Salí de la biblioteca y me dirigí al estacionamiento, Teo y Grace me esperaban en la puerta norte del instituto para ir a comer en Klinos, no los haría esperar mucho. Arranque el coche conduje hasta la entrada, a Marie no les gustaría saber que estoy rompiendo tres de sus cuatro reglas con respecto al coche, pero a ella Grace le cae de maravilla, así que solo estoy rompiendo dos de cuatro. Cuando llegue a la entrada ya estaban esperándome, Grace estaba entusiasmada y se le notaba en el rostro, subió con prisa al asiento del copiloto dejando a Teo con la mano extendida para abrir la puerta, al pobre le toco ir en la parte trasera. Durante el camino Grace no paraba de hablar sobre lo delicioso que era el pastel de zanahoria, y lo exquisita que era la tarta de manzana, parecía una niña rumbo a una dulcería.

Al llegar fue la primera en bajar del auto y la primera en entrar al café, seguramente cuando Teo y yo entráramos ya ella estaría terminando de comer. Al entrar, Grace nos esperaba en una de las mesas cerca del ventanal que da a la calle, con tres menús, yo me senté del lado del ventanal y Teo se sentó a mi lado, dejándole un sillón completo a Grace, y así era mejor para todos, estar cerca de ella mientras come es peligroso. Una chica de cabello color cobre se acercó a nuestra mesa con una libreta, seguramente era una mesera, voltee mi mirada a Teo que estaba casi babeando por la chica, y es que era realmente hermosa, piel de porcelana y ese cabello cobrizo, con unas pocas pecas en el rostro, casi comienzo a babear con Teo también, pero un sonido de reproche por parte de Grace nos trajo al mundo real de nuevo, un mundo donde esa chica no nos prestaría atención jamás.

Después de ordenar unos postres y unas bebidas, comenzamos a hablar del incidente del ciervo en la calle principal, yo me reservaba mis comentarios mientras veía como Teo y Grace casi se lanzaban los cubiertos de plástico.

—Te digo que fue una secta satánica—decía Teo

—Y yo te digo que las sectas satánicas no hacen eso—contesto Grace

— ¿Y tú como sabes eso? ¿Acaso estas en una? —acusaba Teo

—No necesito estarlo como para saber que esa clase de grupos no hacen sus cosas en público, ¡y tampoco creo que si las hay en el pueblo sean tan extremistas!—concluyo Grace

— ¿Tú que piensas Samuel? —dijeron ambos al unísono mientras me miraban de forma inquisidora.

—Yo… ¡miren! Ya viene la comida—dije eso para distraerlos de sus preguntas, ya había tenido suficientes cosas extrañas por hoy como para hablar del ciervo.

Después de quedar extremadamente llenos por esa deliciosa comida de Klinos, lo que mejor convendría era tomar una buena siesta y hasta mañana. Pagamos la cuenta y salimos a la calle, el cielo estaba exactamente como ésta mañana, tan oscuro como si fuera de noche, es asombroso que no hubiera llovido en toda la mañana y tarde, pero basto pensar en lluvia para que empezara a caer un aguacero que ni hasta el mismísimo diluvio de la biblia se quedaba pequeño, el coche estaba aparcado al cruzar la esquina por lo que corrimos en dirección a este, más que preocuparnos por no mojarnos estábamos riéndonos a carcajadas mientras corríamos. Cuando subimos al coche las risas no paraban, casi nunca salía con mis amigos, y fue agradable pasar un rato con ellos para variar entre tantas cosas que pasaban a mi alrededor.

Arranque el coche y conduje en dirección de la casa de Grace, ella vivía con su madre en la colina, la mayoría de las casas ahí eran más nuevas que las demás, además de ser un lugar de clase muy alta. A Grace no le gustaba vivir ahí porque sentía que no era su lugar, en cambio a su madre le encantaba porque se rodeaba de personas con poder y dinero, muchas veces las escuche discutiendo por cómo se viste Grace, y que descuida mucho su apariencia, sinceramente pienso que su madre está un poco fuera de sus cabales intentado hacer que su hija se comporte como ella, la intenta llevar a bailes, que use vestidos, pero siempre terminan igual, en una pelea y al día siguiente Grace termina en mi casa comiendo pastel de chocolate de Marie, para ella Grace es como la hija que nunca tuvo y siempre quiso tener, ambas se llevaban muy bien, en las vacaciones habían pasado casi todos los días juntas leyendo o cocinando algo. Con Marie, Grace tenía la relación que siempre deseo tener con su madre. Después de dejar a Grace en su casa, ya no estaba tan feliz como lo estaba en el café, su madre había organizado una fiesta en casa y odiaba tener que saludar a los amigos de su madre, pero no tenía opción. Teo y yo nos despedimos de ella deseándole suerte.

Ahora me tocaba dejar al niño pequeño que yo llamaba mi mejor amigo, Teo vivía en la misma calle que yo, pero de polo a polo, yo estaba hasta el final y el al comienzo, su madre era una mujer dedicada a sus hijos, siempre preocupada por lo que hacen y lo que dejan de hacer, su padre era dueño de la ferretería del pueblo, y siempre insistía en que él debía aprender sobre el negocio familiar, a Teo obviamente no le parecía en lo absoluto, él quería ser programador y diseñar videojuegos, es un chico muy soñador con padres que no lo comprenden.

Ya había dejado a ambos en sus casas y ahora me tocaba irme a mí a la mía, eran pasada las cuatro y seguramente Marie me mataría por no llegar a la hora que pauto, pero sé que si le explico ella entenderá, el trayecto que normalmente sería corto se hacía eterno con la lluvia eterna que estaba cayendo, no podía ver nada a más de cinco metros delante de mí. Escuche el timbre de mensajes de mi móvil y lo busque en mi mochila, sé que puede esperar pero si es Marie es mejor responder rápido, cuando lo encontré y fije mi vista de nuevo en el camino tuve que frenar abruptamente, casi atropello a un ciervo en la carretera, no es normal que ellos salgan del bosque, y más llegar a un lugar tan apartado del mismo como lo es la calle de mi casa, algo tuvo que asustarlo.

No tuve tiempo a pensar más en el por qué estaba fuera de su habitad cuando se fue corriendo y lo perdí entre la neblina, volví a acelerar el coche, olvidándome por completo del mensaje en mi móvil, aparque el coche en el garaje y corrí hasta el porche cubriéndome con mi mochila, cuando entre a casa Marie estaba esperándome frente a la puerta.

— ¿Sabes qué hora es? —me preguntó mientras se cruzaba de brazos.

—Lo siento mucho Marie, Grace me dijo si podía llevarla a su casa y no podía decirle que no, lo siento mucho en serio, ten—le entregue las llaves del coche—está justo como me lo entregaste, ahora tengo que ir a hacer tarea, nos vemos en la cena—si iba a decir algo, la deje con la palabra en la boca.

Subí a mi habitación y cerré la puerta, no había dejado a Marie de esa manera tan grosera por gusto, lo hice porque el medallón estaba ardiendo en mi pecho, rápidamente lo saque por encima de mi camisa y vi que estaba brillando, ya se había vuelto algo normal para mí, pero lo que simbolizaba no era normal. No sabía cuándo brillaba por gusto o si por lo menos brillaba por alguna razón en específico. Lo deje a un lado y sentí una brisa fría entrando a mi cuarto, observe la ventana y note que estaba abierta, no la había dejado así esta mañana. No, no lo había hecho. Cerré con seguro mi puerta y fui hasta la ventana y saque la cabeza para ver si alguien estaba por ahí, pero no había nadie. Revise cada centímetro de mi habitación y no encontré ningún rastro de una persona en ella, me senté sobre la cama y escuche como algo crujía suavemente bajo el edredón, lo levante y conseguí una nota de papel bajo el mismo. Un frío tenebroso se apodero de mi cuerpo al leer lo que estaba escrito en la nota.

“Lo del baño fue solo el comienzo. Cuídate, Samuel – Gabriel”

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  1. TAN TAN TAN TAAAAAN, esto se pone cada vez más bueno. ¿Quíen es Gabriel? ¿No se supone que medallón lo mató Sabino? NO. Ehjé.

Varias personas me han preguntado realmente el motivo del tatuaje, por twitter, tumblr, whatsapp, snapchat y hasta instagram, bueno, yo no puedo decirles el motivo con lujo de detalles ya que muchos de los motivos prefiero mantenerlo guardado para mi, pero a la gente de twitter les puse esto: 

“Hace tiempo empecé a hablar con una chica por twitter, hablábamos siempre, después por wp, snap, facebook y skype, hacíamos skype siempre ya que estábamos en vacaciones. Me encariñé mucho con ella, la adoro, hoy cumple años pero eso no viene al tema. Obviamente todos tenemos una vida fuera del fandom y tenemos “amigos” con los que salimos y todo eso pero yo nunca pude confiar en esa gente, tengo mejores amigas que puedo contar con las manos y todas son por Internet, son todas amistades de años y yo las amo un montón, podemos estar un mes sin hablarnos, volver a hablar y es tanta la confianza y comodidad que tengo con ellas que parece como si hubiéramos hablado ayer. La chica que cumple años hoy se volvió muy importante para mi en todo este tiempo, ella también se va a tatuar un Z4 pero más adelante porque esta juntando para ir al CMF, creo que no tengo nada más que decir de ella, simplemente que la aprecio mucho y estoy agradecida de que ella se haya cruzado en mi camino, tengo una suerte inmensa de tener una amiga así. Obviamente también tiene que ver con Willy este tatuaje.. yo a Willy lo amo y es muy cursi y raro pero la mayoría de las veces en las que me voy a dormir sueño con el, con que nos conocemos y lo abrazo, siento que todo esta bien en el mundo cuando me abraza en sueños, quiero conocerlo y se que lo voy a hacer aunque sea complicado. Se que seguramente el no vea el tatuaje por twitter porque a) nadie me va a ayudar a hacerle spam y b) me están bardeando a más no poder pero no me importa. Lo que quiero decir es que Willy ha estado en situaciones muy jodidas de mi vida aunque el no lo sepa, me ha ayudado un montón y sé que lo que estoy diciendo ahora mismo de Willy no es un motivo para tatuarme un Z4 pero pasa que el por qué del tatuaje lo tengo en una carta y me gustaría que solo Willy lo lea aunque son 2 hojas súper cursis. Mucha gente se caga de risa o me bardea por el tatuaje, piensan que soy una idiota y toda esa mierda pero a mi no me importa, no hice el tatuaje para ellos, aparte yo decido que me tatuo y no es que sea mi primer tatuaje como para no saber que “es algo que voy a tener toda mi vida”. Cada vez que lo vea me voy a acordar de esos días en el que nada me podía subir el animo pero alguien sí. Espero que eso responda tu pregunta ♥con la chica que cumple años hoy nos vamos a conocer en octubre, voy a morir de diabetes.” 


Realmente quiero que Willy lo vea aunque sea difícil lograrlo, si alguien me quiere ayudar pueden mencionar a Willy en estos tweets aunque sea solo una vez.

1. https://twitter.com/MilagrosBravo06/status/637031694499975172

2. https://twitter.com/MilagrosBravo06/status/637072717326471169

3. https://twitter.com/MilagrosBravo06/status/637498477656850432


Muchas gracias por ayudarme y leerme, los adoro.

PD: Quiero decirles que realmente no me importa si me bardean, que piensen y digan lo que quieran, yo no vivo de las opiniones de los demás, el tatuaje no lo hice para ellos y he visto ya un millón de tweets bardeandome y no me importa, es mi piel y no la suya, yo elijo que hacer con mi cuerpo, si no les gusta bien y si no también, de igual manera pienso que si no te gusta no tienes que decir nada pero en las redes sociales no existe lo que viene siendo el respeto, un beso.

Algo diferente... Opinión personal

¿Que hacen las personas que no tienen Tumblr? Publican sus estados de animo en Facebook. Pero, digo, esta bien ¿no? Desahogarse y así, yo, nosotros lo hacemos aquí, pero esas personas lo publican en fb por obtener likes, y nosotros por ¿reblogs? No creo, mas bien por compartir un sentimiento y que alguien mas se identifique, así no nos sentimos tan solos. Pero a lo que voy con esto, una niña en fb publica que estaría bien morir hoy, okay, su estado obtuvo 70likes, y no hace ni media hora que lo publico. Los comentarios son de “no hagas nada, te quiero, donde estas, las cosas mejoraran, etc” y bueno, por curiosidad entre a su perfil para ver, la conozco desde que ella era una niña prácticamente, y veo que no es la única publicación así ¡¡¡Tiene muchas!!! Mi sorpresa fue que en todas tiene muchos likes!!
Me da pena ajena, la verdad. No se en que situación está ella, no se si pase por lo mismo que muchas y muchos de nosotros, pero en lo personal cuando yo comencé a tener problemas ni siquiera tenía fb, menos tumblr y siempre oculte lo que me pasaba, nunca le mostré a nadie, hasta ahora por este blog.
No se que pase por su cabeza ¿atención? Si, creo que ya la tiene. Solo por compartir esto que acabo de ver. Si algún día decido que es buen momento para suicidarme, lo haré. No dejare nota suicida, dejare mi Tumblr abierto, creo que será más que suficiente.

NO LE ABRAS PUERTAS AL DIABLO. ¡BUSCA A DIOS!

Se ha hecho popular un juego espiritista llamado Charlie Charlie.
No me daba cuenta que tan serio era o de que se trataba hasta que mis hijas me dijeron que en muchas escuelas incluso donde ellas van donde niños pequeños incluso de 7 o 8 años están invocando demonios con este juego. Ellas inmediatamente se dieron cuenta que era un juego que ofende a Dios y me avisaron a mi.

Este juego es muy antiguo y mucha juventud ha tomado como una moda en la actualidad. Este Juego de lápiz es una vieja tradición mexicana. Es un ritual sobrenatural que se utiliza para ponerse en contacto con un muerto. También es llamado “Seis lápices”. Algunas personas dicen que entran en contacto con el espíritu de un joven que se suicidó.

No es algo inocente muchos proclaman experimentar situaciones paranormales tales como escuchar voces, ver cosas moviéndose, sombras, siniestra risa y más. Estos participantes quedan endemoniados otros se desmayan.

Este juego rápidamente esta ganando popularidad en Mexico, República Dominicana e incluso aquí en los EEUU.

Repito que No es un juego inocente!
La gente esta cometiendo el pecado de invocar demonios.
En la noticia unos dominicanos jugando el juego Charlie Charlie. Uno de ellos le pregunta “Charlie Charlie ¿me voy a morir hoy?” y Charlie le responde que sí, una hora después el joven tuvo un accidente de transito en su moto y perdió la vida.

La Biblia prohíbe estos juegos diabolicos. Todas las formas de horóscopos, tarjetas de tarot, lecturas de palma, adivinación, bolas de cristal, tableros de Ouija, la astrología, adoración o contacto con los muertos y la hechicería son del diablo.

La Biblia es clara en advertirnos:
Deuteronomio 18:10-13 “No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones de delante de ti. Perfecto serás delante de Jehová tu Dios.”

2 Reyes 21:6 “Y pasó a su hijo por fuego, y se dio a observar los tiempos, y fue agorero, e instituyó encantadores y adivinos, multiplicando así el hacer lo malo ante los ojos de Jehová, para provocarlo a ira. ”

En conclusión,
¡CUIDADO CON ESTE JUEGO DIABÓLICO DE Charlie Charlie! Este “supuesto juego” en realidad es una pequeña Ouija casera y lo que hace es consultar a demonios. ALERTEN a sus hijos porque está causando furor en todo el mundo, sobre todo en los colegios. ¡ALERTEN A SUS HIJOS AL RESPECTO! Muchos jóvenes por curiosidad están experimentando con este instrumento diabólico. En todas las redes sociales está siendo publicado como algo sensacional y paranormal, pero en realidad es un instrumento de satanás para atrapar a incautos o ignorantes. Protege a toda tu familia y no dejes que ninguno caiga en esta red. Puede traer consecuencias muy malas en la vida de las personas que lo practican.

Marcos Sandoval Jr

Necesito que te vayas de mí. Aunque tu ausencia me duela hasta los huesos.

A veces creo que el dolor corre por mis venas como fuego, como cuchillos blancos a la velocidad de la luz queriendo salir de mi cuerpo, pero mi piel es dura como las piedras. 

Cada vez que sé de ti me lleno de angustia y penumbra, me duelen tus intentos mediocres por aparecer.

No voy a terminar de escribir este texto porque recordarte es morir y hoy quiero vivir.