viralmente

LA HORA DE LA MUERTE

Es por la mañana, temprano. Tomás se despierta, soñoliento, dispuesto a comenzar una jornada más. Su trabajo le espera, pero aun así se puede permitir remolonear un cuarto de hora más en la cama desde que toca el despertador. Se levanta, al fin, y va al cuarto de baño que hay al lado de la habitación de su hijo. Observa que la puerta de éste está cerrada. Es extraño, Alejandro lleva dos o tres semanas yendo a andar más o menos regularmente, y suele salir de casa antes de que él se levante. Aun así lo deja pasar: como su hijo no tiene nada que hacer durante el día, puede que hoy se quede durmiendo hasta tarde, como solía hacer antes de salir a andar.

Tomás llega al medio día de su trabajo. Observa que la mesa no está puesta, ni la comida hecha… ¡otra vez más! «Capaz será de estar durmiendo todavía», piensa. Se acerca a su cuarto y le espeta, medio en broma medio en serio: «¡Ya está bien, hombre, esto ya es demasiado!». Alejandro no responde. Su padre, ya alerta, comienza a zarandear su cuerpo, inerte. «Alejandro. ¡Alejandro! ¡¡¡Hijo!!!»

Tardan poco en llegar los servicios sanitarios, para certificarlo. Alejandro, para su padre y los médicos, ha muerto. Es jueves al medio día, las dos y media.

Pilar recibe una llamada. Es su ex marido, Tomás.  «¿Qué quieres?», le dice secamente. Entre sollozos, Tomás le dice: «Es el niño». «¿Ha pasado algo?» Pregunta, totalmente alerta. «Ha muerto», le dice él, y rompe a llorar. Para Pilar, Alejandro murió a las tres menos cuarto del jueves.

María es la hermana de Tomás. No tiene mucho contacto con él, así que recibe su llamada como algo un poco fuera de lo común, más todavía cuando le oye llorar. Alejandro muere a las tres menos diez, a la misma hora que lo hace para Jesús, el hermano de Pilar.

Noni es el otro hermano de Tomás. Lo llama, alterada, María. Alejandro muere para él a las tres menos siete.

Casi toda la familia de Alejandro se entera de su muerte entre el medio día y la tarde. Los más rezagados, los que no tenían el móvil operativo o no estaban en ese momento en su casa lo hacen entre la noche y el día siguiente.

El viernes por la tarde, como siempre, algunos amigos de Alejandro se reúnen en la tienda de cómics. Al no aparecer éste, Diego decide llamarle para ver si hay algún plan para la noche. Lo coge el padre. Alejandro muere para Diego. Muy poco después, muere para los que están en la tienda, e inmediatamente la noticia se propaga viralmente vía wassap entre los que no se encuentran allí: amigos del rol, amigos del heavy, amigos…

A la semana siguiente, el lunes, Antonio Enrique está en su estanco. Algún cliente le da la noticia. María se entera al poco. Alejandro cada vez está más muerto.

Los vecinos del bloque de pisos donde se crió Alejandro se enteran de su muerte porque su madre habla con uno de ellos al cruzárselo. Ellos se lo van contando paulatinamente a sus hijos, los amigos de infancia de Alejandro que ya no viven allí. Algunos se enteran al momento, otros a los días, para alguno pasan meses…

La madre de Pablo se entera pasados tres días de la noticia. Se lo cuenta a su hijo al momento. De ahí salta mediante redes sociales a los amigos heavys que se juntaban con él en su adolescencia: Iván, Isa, Rafa, el Aguililla, el Caba, Antonio el Radikal…

Rafa se lo cuenta a Raquel, que se entera el lunes estando en Japón. Inmediatamente se enteran Aroa, Isa, y su amigo Fran.

Al cabo de los días va muriendo por Don Benito, y al cabo de los meses va muriendo por Fuenlabrada. Su amigo el Polaco se entera a los dos años. Entonces, muere un poco más.

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Quizá la muerte solo suceda para los vivos en el momento en el que son conscientes de ella, o quizá solo suceda para el protagonista de la misma. La mayoría piensa que hay un después objetivo común para todos los que mueren, o la nada. Quizá la muerte es un suceso absolutamente particular para quien la vivencia. Hay quien cree en la posibilidad de la comunicación entre vivos y muertos, y hay quien tiene una nebulosa de conceptos y posibilidades sin decantarse por ninguna hasta que los hechos hablen por sí mismos. Así, la muerte sorprende más, o quizá como más sorprenda es brindándonos con aquello que nunca hubiésemos imaginado. Solo podemos estar seguros de la muerte de los demás en el sentido del grotesco cadáver inerte que queda de lo que antes estuviera animado y dotado de cierta inteligencia. Quizá también de alma, para los que gustan de este término. Quizá lo que nos duela de la muerte de nuestros seres queridos sea la muerte propia, y lloremos por nosotros mismos, no por los demás. O quizá sea verdad que se echa a alguien de menos sinceramente, con todo el dolor de nuestro corazón.

Cuento corto original de Alejandro Sánchez Manzaneque.