viperinae

Mea culpa

Yo tengo la culpa, lo confieso
por ser bruja,
por comerme la manzana
por ser cenicienta en espera permanente,
por ser hormiga haciendo pan todo el día,
por ser útero abierto sin deseos ni testigos,
por ser comadre con vecinas que lamentan,
por llorar sin razones objetivas,
por cuidar el parto, el fruto y la cosecha,
por ser amante o perdida.

Por los chismes, la mentira, la lengua viperina,
los trapos las cremas, las medidas perfectas.

Los amores, los eternos
o los fugaces de un día.

Mea culpa, Oh Dios, esta epopeya de siglos entre la
placenta y la hoguera
sembramos todo el trigo
tengo la culpa
antes, por callarme,
hoy por hablar,
antes por no salir de la casa,
hoy porque me fui más allá
antes por ser solo madre,
hoy por leer y pensar,
antes porque no opinaba
hoy por decir LIBERTAD.

—  Dolores Padilla
Ascendente Escorpio.

¿Cómo nos afecta si nuestro ascendente es Escorpio

Aries ascendente Escorpio

El frenético impulso de primero yo tan típico de Aries encuentra un útil aliado en el profundo y misterioso Escorpio, cuyo rostro impasible oculta sus ambiciones durante el tiempo necesario para llevar adelante el juego. Una vez que usted se ha programado con enorme determinación e inconmovible concentración, es tan difícil de detener como una bomba de relojería.
Su mayor peligro es la tentación de usar su sutil poder y su energía sobrehumana para sus propios fines y sin considerar el futuro con mayor amplitud.
También le conviene vigilar su carácter, que puede ser terrible, verdaderamente. ¡Y su ascendente le confiere a usted una lengua tan venenosa! Con todo, usted nunca es deliberadamente malvado, y se derrite del todo cuando ve una película tierna o cuando oye una canción nostálgica. Pero debe vigilar esos celos escorpianos capaces de arrojar sombras sobre la soleada y libre naturaleza ariana.
En lo emocional, usted es profundo, oscuro y casi demasiado apasionado para cualquier amante. Late en usted algo irresistiblemente misterioso que hace que los demás siempre vuelvan por más, y aunque nunca lleguen a conocerlo del todo, ese fragmento de su personalidad que vislumbran es más que suficiente para ellos.
Usted no es partidario de segundas partes, y si no puede encontrar a su pareja perfecta, prefiere seguir solo. Pero es probable que intente vínculos más felices en una relación a distancia con mucha independencia y toda la excitación de la cita romántica para avivar las llamas del deseo.

Tauro ascendente Escorpio

Sensacional; así lo consideran sus admiradores. Pero aquellos que han padecido su despreocupada actitud de llegar y marcharse, su temperamento incierto y sus emociones demasiado intensas, lo consideran tan peligroso como un tren fuera de control y se apartan rápidamente de su trayectoria.
En su personalidad no hay zonas grises, y la energía de su ascendente hace que muchas personas lo encuentren insoportablemente intenso. También puede oponerse de manera enloquecedora (la obstinación de Tauro también es exagerada), pero en cualquier conflicto, por amargo que sea, usted aprieta los dientes y sigue adelante hasta el final.
Esta fuerza implica asimismo que usted se atrinchera lejos de cualquier cosa de la que no quiere saber nada. Hipersensíble con respecto a sus propias necesidades, usted puede ser, sin embargo, ciego y duro como el hierro ante las necesidades ajenas.
Usted tiene un pequeño e íntimo círculo de amigos, ninguno de los cuales se atrevería a traicionarlo, y un grupo igualmente pequeño de devotas personas amadas. Por fortuna, se ablanda un poco a medida que envejece, e incluso puede llegar a abandonar uno o dos prejuicios profundos.
Siempre es feliz cuando su pareja le permite hacerse cargo de todo, y le deja inmiscuirse tanto en su vida como en su guardarropa, pero los celos y el exceso de posesividad pueden arruinar sus relaciones más íntimas.

Géminis ascendente Escorpio

Mientras otras vacilan y se aterran ante una contrariedad, la suya es la única cabeza que se mantiene fría. Usted está acostumbrado a luchar contra sus instintos básicos, y eso lo hace parecer extremadamente orgulloso, reservado, rudo y dueño de una fuerte voluntad.
Pero estas características, tan importantes en las crisis, pueden hacer que sea difícil acercarse a usted en la vida cotidiana. Y si encierra esos poderosos sentimientos tal vez sufra impresionantes y periódicas explosiones, incluso enfermedades producidas por el estrés.
Con la oscuridad de Escorpión su lengua geminiana adquiere púas venenosas, por lo que sus palabras pueden a veces lastimar más de lo que usted cree. Pero posee un extraño magnetismo que atrae a muchos admiradores, aunque sólo unos pocos lograrán aprobar sus requisitos.
Su adoración por los secretos puede convertirlo en un amante frío y calculador. Usted pretende que su amante exponga un corazón vulnerable mientras aferra sus propias cartas amorosas cada vez más cerca de su pecho.
Su reputación sexual alcanza los niveles más altos -así como casi todas las posturas-, pero si existe un signo proclive a perseverar en una relación desesperadamente infeliz, ése es el suyo. El orgullo y la firme lealtad de Escorpión le hacen creer que admitir la pérdida de un amor es como resignarse a una derrota.
Usted posee enormes reservas de fuerza física y mental, y la combinación de la curiosidad geminiana con la dedicación de Escorpión produce una mente afiladamente aguda, nacida para la percepción y el análisis en profundidad. Interesado por todo, y siempre interesante, usted convierte el mundo en un lugar más luminoso.

Cáncer ascendente Escorpio

Explosivo como una caja de dinamita, afortunadamente su mecha no se enciende con frecuencia. Porque aunque su perfil de escorpión desliza intensas y poderosas emociones en la mezcla, también lo torna menos fácilmente influenciable que la mayoría de los otros tipos cancerianos.
Así que por lo general usted se las ingenia para manejar por sí solo este peculiar cóctel de sentimientos y pensamientos.
Esta capa de intuición añadida a su percepción básica puede dar lugar a una persona con poderes psíquicos y magnéticamente atractiva. Sutil, astuto y ambicioso, usted es el conspirador perfecto, dotado de enorme interés personal y de la habilidad necesaria para ocultarlo.
Sin embargo, a medida que envejece se siente más genuinamente preocupado por los otros, e incluso puede desarrollar mágicos poderes curativos. Desarrolle esta veta profunda de su naturaleza para sentirse realizado.
Usted ve la vida de una forma algo maniquea: blanco y negro, amor y odio; y en el amor se parece más a un jugador que a una víctima temeraria. Anhela secretamente ejercer poder absoluto sobre su pareja, y puede resultar demasiado caprichoso y enrevesado para amantes más directos. También puede explotar su encanto cruelmente, mientras conserva por lo menos una de las puertas de su corazón firmemente cerrada, lo cual es una verdadera pena.
Cuando su ira hierve, por lo común por alguna cuestión de celos, todos deben correr en busca de refugio, de modo que usted se queda solo y sumergido en una sombría y profunda depresión. Almacenando sentimientos amargos, se convierte usted a sí mismo en blanco de problemas futuros. El idilio puede ser para usted un camino pedregoso, anímese a pedir ayuda para sacarlo adelante.

Leo ascendente Escorpio

Su ascendente arroja un puñado de pólvora sobre su personalidad Leo, naturalmente feroz, convirtiéndolo en alguien impredecible, poderoso y magnético.
Esta combinación posee una energía arrolladora pero, si emerge su impulse tiranico, usted luchara constantemente por dominar a los demas.
Su determinación de llegar a la cima en cualquier trabajo, y de permanecer allí, es irrefrenable, y su intuición y amplitud de ideas se fortalece aun mas con su amor por el trabajo duro y la confianza suprema en usted mismo. Lo mejor es que se dedique a sus propias cosas, por supuesto!
Pero incluso así, tal vez necesite emplear ese exceso de energía en algún deporte que lo temple físicamente…
¡Hágalo por los que viven junto a usted! Suele ocultar su garra de león bajo unos suaves guantes de cordero, pero solo recurre a la doble carga de fuerza de sus signos cuando falla todo lo demás. Entonces deja a sus contrincantes preguntándose que fue lo que se les vino encima.
Usted puede ser un trabajador exagerado, excesivamente intense, y también puede hacerse valer demasiado. Y si alguien es lo suficientemente irresponsable como para ofenderlo…
¡La venganza sera terrible!
Su ira suele hervir a fuego lento y en secreto antes de hacer erupción en forma de sarcasmos crueles, y como usted es basicamente un exhibicionista, cualquier latigazo verbal de su parte sera propinado, preferiblemente, en publico.
Para la combinación de Leo y Escorpio apenas existe un estadio intermedio entre el amor y el odio, y por eso puede amar con mayor pasión que cualquier otro signo. Lo atraen los tipos fuertes como el suyo y, desde luego, las celebridades. Y con semejante deseo de reconocimiento publico, podria hacerse famoso facilmente.

Virgo ascendente Escorpio

Con sus ojos de águila siempre clavados en problemas definidos, usted no lo pensará dos veces antes de lanzarse decididamente hacia lugares que los ángeles temerían pisar. Si puede ayudar, lo hará, lo que lo convierte en un amigo intensamente leal y cariñoso, incluso cuando no espere ninguna contraprestación.
Hacer el bien es lo que más lo satisface, y usted combina el gusto por el detalle propio de Virgo con la capacidad organizativa y la franqueza de Escorpio.

Aunque también puede ser un enemigo de lengua viperina y afiladas críticas. No suele tener pelos en la lengua -especialmente si una causa lo merece-, pero sabe bien cuándo le conviene morderse esa lengua provocadora. ¡El problema es que no siempre aplica esas reglas de perfección con usted mismo!
Su mente inquisitiva lo califica para la enfermería, la enseñanza y la medicina, y en general tareas que se apoyen en la inteligencia y se consagren al alivio del sufrimiento. Pero en lo personal usted es proclive a los extremos, y sólo se relaja haciendo ejercicio.

Le lleva mucho tiempo, quizás años, confiar en alguien lo suficiente para permitirle ser su amigo íntimo o su amante. Y puede ser brutalmente frío. Su capacidad para ocultar los sentimientos le otorga ventaja emocional, así que asegúrese de elegir una pareja que sepa cuidarse sola.
Los celos despiertan su furia interior y si un amante lo abandona, pasará días planeando la peor de las venganzas… Pero posee una fuente oculta y profunda de pasión que garantiza una vida sazonada por fascinantes relaciones amorosas.

Libra ascendente Escorpio

Discutidor nato, usted no gusta de las pelea, por supuesto, pero es incapaz de resistirse a una buena discusión, a una complicada, prolongada y espectacular contienda de voluntades. Las negociaciones y las intrigas son su segunda naturaleza, y usted tiene que contenerse para no empezar a regatear el precio del paquete de cereales en la tienda de ultramarinos.

Al tacto de Libra se une al aguijón del Escorpio, y usted se convierte en un crítico muy eficaz, capaz de deslizar comentarios absolutamente incisivos sin obtener otra reacción por parte de sus víctimas que un tímido: «Gracias». También puede enfrentarse a la realidad con más facilidad que otros Libra. Su ascendente lo ayuda a coger el toro por los cuernos, sin demorarse en resolver dilemas personales.

Pero el famoso carisma de su signo solar no es siempre evidente: muchos de los que comparten esta combinación astrológica temen parecer débiles, así que usted oculta su verdadera naturaleza tras una expresión más bien severa y suspicaz.

Su lado Escorpio lo ayuda a concentrarse, a poner límites, y a ser más decidido que otros especímenes de su indeciso signo; pero usted deberá cuidarse de los excesos en la comida, la bebida y el sexo, porque es sensual por partida doble. Vive grandes pasiones, y aunque muchas no duren, siempre son intensas.

Incluso puede casarse varias veces. Su ascendente lo hace propenso a los excesos y extremos y logra que las balanzas de su signo solar oscilen locamente de un lado a otro. Pero usted posee el don de solucionar las preocupaciones económicas de Libra gracias a la energética capacidad de trabajo de Escorpio. Usted no es exactamente una persona tranquila, pero permanece en el centro mientras todo gira a su alrededor, como el ojo del huracán.

Escorpio ascendente Escorpio

Con su extremado apetito amoroso, siempre intenso y absolutamente apremiante, usted posee el poder de atracción de un imán gigantesco…, y de cerca, puede ser igual de frío que este metal. Pero los que pueden atravesar su duro exterior descubren un corazón amable, gran honradez y devoción.

Usted quiere dominar; esto es irremediable debido a la fuerza duplicada de sus signos. Y muchas de sus relaciones románticas fracasan simplemente porque usted quiere mandar. Debe dar más tiempo a sus parejas para que comprendan sus ideas en lugar de intentar imponérselas. Usted va derecho a los extremos, en el trabajo y en el juego, y tiene la necesidad irrecusable de conocerlo todo, absolutamente todo.

Disfruta de una capacidad física para hacer el amor imbatible; pero sólo revelará su verdadero yo a unos cuantos elegidos.

Romántico, sensual y apasionado, podría ser el amante más excitante del mundo… ¡si lograse mantener bajo control ese monstruo de los celos! Y es incapaz de resistir el peligroso encanto de un atractivo. Una doble dosis de Escorpio puede resultar demasiado fuerte para muchos amantes potenciales, y tal vez usted no encuentre la combinación exacta de ardor y comprensión en una pareja hasta que haya pasado su juventud, y la de su amante. Pero es tan divertido buscar…

Poseído por un impulso y una determinación pavorosos, usted es un veterano con experiencia en el autocontrol que no tiene tiempo para gastarlo con débiles ni farsantes, que probablemente lo temen más que a nada en el mundo. Como un puño de hierro cubierto por un guante de terciopelo… No importa cuál sea su objetivo, nada podrá detenerlo cuando se haya decidido a alcanzarlo.

Sagitario ascendente Escorpio

Cuidado, terreno resbaladizo. Ése podría ser el cartel clavado en su puerta, especialmente en lo que concierne a su trabajo: su ascendente le hace ser mucho más equívoco e indirecto de lo normal en un Sagitario.
Y también más apasionado y muchísimo más intenso. Usted sabe exactamente lo que quiere y Escorpio lo hace extensivo a las posesiones materiales ¡Y a la ambición absoluta de tener dinero! Usted también conoce cuáles son sus habilidades, y con el poderoso motor de la confianza del arquero a sus espaldas, una vez se ha arremangado y puesto manos a la obra, en muy poco tiempo alcanza su objetivo.
Extremadamente voluntarioso y decidido, malhumorado e iracundo cuando se enoja, puede ser asimismo excesivamente criticón. Escorpio le proporciona una lengua afilada, reservada para sus peores enemigos, y una visión del mundo más contrastada que la de otros signos de fuego. Y la tolerancia sagitariana está bien oculta.
También nació con un arma secreta. Es muy duro para leerse a sí mismo pero posee el don de conocer los pensamientos ajenos. Busca el poder, y lo valora especialmente en el amor. Nunca rechazará un desafío, pero en su caso es ganar o reventar. Con justa razón, tiene miedo de liberar sus sentimientos, los celos pueden hacer que su mundo se derrumbe.
El sexo lo ayuda a relajarse pero también es la fuente de sus mayores preocupaciones. ¡Pero el expansivo Sagitario se une a la intensidad de Escorpio para brindarle una energía inagotable!

Capricornio ascendente Escorpio

Superambicioso, usted no sólo quiere alcanzar el éxito absoluto ¡También quiere que lo alcancen todos sus familiares, amigos y conocidos! Por esa razón, siempre está estimulándolos. Tiene energía de sobra para velar por sus propios intereses y por los de ellos al mismo tiempo.
Es de esperar que sus seres queridos no se molesten porque usted se haga cargo de todo: usted lo hace todo bien, y con exceso; trabaja extraordinariamente duro y se siente muy orgulloso de sus logros; siempre compra lo mejor, porque sabe que durará, y es ahorrativo al extremo.
Su cerebro, extremadamente activo, prospera con la comunicación, así que usted siempre está hablando por teléfono, despachando cartas y grabando mensajes para la gente. Y ese vigor se extiende a los horarios extralaborales de modo que usted juega tan duro como trabaja.
Leal y fiel, su ascendente le otorga una veta añadida de posesividad. También posee un temperamento y una lengua incisiva de estilo escorpiano, y puede ser cruel con quienes lo desilusionan. Sus poderosas emociones alejarán a sus amantes, a menos que ponga remedio. Los estallidos sorprenden a los que se fían de su apariencia fría e indiferente.
En los vínculos amorosos es proclive a las partidas súbitas y a los finales abruptos. Pero tiene un corazón de acero y cualquiera que quiera conseguirlo deberá apelar primero a su mente lógica. La capacidad de la cabra sumada a la perspicacia del escorpión da como resultado un tranquilo pero mortífero líder nato, irresistiblemente sexy.

Acuario ascendente Escorpio

Dueño ya, por Acuario, de una fuerte voluntad, el añadido Escorpio de su ascendente puede convertirlo a usted en alguien demasiado enérgico. Escorpio lo vuelve más intenso, apasionado y celoso, y por eso, a diferencia del Acuario habitualmente distante, usted emprende discusiones y se mete en trifulcas.
Es muy crítico y casi disfruta haciendo añicos los planes ajenos. También ama los secretos, y el interés de su sigo solar en el prójimo se transforma, en su caso, en una curiosidad casi obsesiva por saber qué hace vibrar a los demás.
Pero lo que seguramente no es un secreto son sus gustos y disgustos, y la convicción de que siempre es usted, según usted, el que sabe más. Le gustaría dominar el mundo, por el propio bien del mundo, desde luego. Y puede sufrir más de un choque interno entre la sincera necesidad de independencia típica del aguador y el afán de posesividad del Escorpio. Cuando las apuestas vayan a la baja, acaso descubrirá que Escorpio, ese celoso carcelero, toma la delantera.
Es posible que su vida amorosa comience muy temprano y funcione bien hasta la vejez, con algunas aventuras secretas en el camino. Egocéntrico y bien escondido, incluso para usted mismo, puede resultar muy difícil acercársele. Sus ojos siempre están alerta para descubrir problemas, oportunidades amorosas y puntos débiles de otras personas, y cuando usted se pone en contra de alguien puede ser un enemigo temible. ¡Porque puede odiar con la fría inteligencia de Acuario y el cruel corazón de Escorpio!
Es intensamente fiel a la familia y ciertamente trabaja duro, siempre ambicionando un nivel de vida más alto. Su combinación astrológica hace salir el espíritu errabundo que hay en usted.

Piscis ascendente Escorpio

La mayoría de los Piscis preferiría cerrar la tienda y salir corriendo antes que mostrar los puños cuando amenazan problemas. Pero, con Escorpio como ascendente, Piscis es una piraña de dientes afilados, y no un tímido lenguado desesperado por esconderse bajo la arena. Usted acepta las disputas sin pensar y con frecuencia acaba metiéndose en líos.
Es básicamente amoroso y romántico, pero su ascendente le otorga una intensidad apasionada. Y a pesar de que es tan absolutamente creativo como el siguiente Piscis, también es tan deportivo que esa creatividad puede hacerle ganar dinero.
Le encanta salir y divertirse, y puede caer fácilmente en excesos de comida y bebida. Su fuerte impulso sexual puede llevarlo a mantener relaciones desastrosas que satisfagan su cuerpo, pero no su mente.
Si se siente rechazado, puede tornarse muy desagradable, porque Escorpio le otorga una veta celosa y posesiva. Le gustan los amores bien fundamentados y puede casarse o tener un amante fijo desde muy joven. Sensible y apoyado en la intuición antes que en la inteligencia, usted sintoniza fácilmente con la gente y puede aprender cualquier cosa.
Se arroja sin miedo a las turbulentas aguas de la vida, pero con el salvavidas del autocontrol y la autoconciencia escorpianos, siempre nada seguro y jamás se hunde.
La afanosa dedicación de Escorpio y la creatividad artística de Piscis lo convertirán en alguien que hace lo que se propone, y cuyo lugar natural está entre los famosos.

Tomado de Horóscopo Estrella. 

imolação

as tuas palavras ferinas
viperinas breves sentenças
da tua língua espinhosa de gato
me atingem feito chicote
marcam um ás ou uma copas sangrenta
onde é mais dolorida a epiderme
no dorso
no peito
no rosto suado de pedir perdão
pelas culpas invisíveis

arde
brasa angustiante
vermelhíssima
exposição da carne podre
e vacilante
queima irresistente ao toque
mais sutil e vilipendioso
da chaga maldita
que vou me tornando

melindrosamente
esfregando contra minh'alma
forte forte forte
a urtiga das horas que se vão indo
curando e detestando
vazio.

SEXTA TORTURA @fxnamf

¿Eres calma? ¿Tranquilidad? ¿Te has convencido ya de que los sucesos no son más que infantiles bromas? Rusa de hielo, inmune al miedo. Así es como te pavoneas por cada rincón, con sonrisa de marfil y lengua viperina. Puedes quizá convencer a cada uno de los estudiantes, encerrarte en la indiferencia misma y ahogarte en la superioridad que piensas, crees tener sobre cada ente. Una burla más del montón, te observo y no te creo el cuento. ¿Qué es lo que logra quitarte el sueño? ¿Qué recuerdos te atormentan en la madrugada? No lo dices, no a los cuatro vientos pero lo extrañas, joder, seguro lo extrañas más con cada día que pasa. Pobre princesa rota. 

Sobre la caoba de la pequeña mesa de noche descansa una botella de fármacos completamente vacía, tan cerca, reclamando tu atención por completo. El nombre de la etiqueta, ¿lo reconoces? ¿Sientes el nudo crecer en tu garganta, o simplemente lo tragas y no cae? Te has deleitado con las bromas, con los juegos que tus compañeros protagonizan con sonrisa felina, ¿Tienes también una opinión llena de veneno para este momento?  Sobre el frasco, enrollado, un pedazo de papel busca tu atención, te reta a ser leído. 

                 “
Perdón por ser un maldito cobarde
     por dejarte cuando más me necesitabas.  Era lo único que tenías y te abandoné,
     no  pensé en ti. 
No me importabas, no lo suficiente, no como creías, ni como          decía. 
                                               —   Vladimir. ”

Te crees que es broma, buscas rastros del responsable y nada, no encuentras nada. 

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Este puñado de corpúsculos crepusculares
bailan como luces albinas en la oscuridad
bailan como imágenes cámbricas en las entrañas del verbo
como frutos bañados de recuerdos
como la flor esquiva del tormento que nos persigue
hasta el ultimo confín del invierno
y nos seduce con la viperina visión de la eternidad
Siento la llamada de las musas como el camino al infierno
y en esta calle violenta de violetas vulgares
hierbo en murmullos de soledad
Me digo: ¿Cuántas lágrimas serán necesarias para pagar este incendio?
¿Cómo hay flores entre estas piedras sin piedad?
Me digo: Si todo me parece tan muerto,
¿cómo es posible que aún tenga ganas de llorar?

50 Sombras Más Oscuras (Wigetta)

CAPÍTULO 17

Mmm…

Samuel me acaricia el cuello con la nariz y me despierto poco a poco.

—Buenos días, cariño —susurra, y me mordisquea el lóbulo de la oreja.

Mis ojos se abren de golpe y se vuelven a cerrar enseguida. La brillante luz de la mañana inunda la habitación y, tumbado a mi lado, él me acaricia suave y provocativamente el pecho con la  mano. Baja hasta la cadera, me agarra y me atrae hacia él.

Yo me desperezo, disfrutando de sus caricias, y noto su erección contra mi trasero. Oh. La alarma despertador estilo Samuel De Luque.

—Estás contento de verme —balbuceo medio dormido, y me retuerzo sugerentemente contra él.

Noto que sonríe pegado a mi mejilla.

—Estoy muy contento de verte —dice, y desliza la mano sobre mi estómago y más abajo, cubriéndome el sexo y masajeándolo con los dedos—. Está claro que despertarse con usted tiene sus ventajas, joven Díaz.

Y me da delicadamente la vuelta, hasta quedar tumbado boca arriba.

—¿Has dormido bien? —pregunta mientras sus dedos prosiguen su sensual tortura.

Me mira sonriendo… con esa deslumbrante sonrisa de modelo masculino, una sonrisa fascinante de dentadura perfecta, que me deja completamente sin aliento.

Mis caderas empiezan a balancearse al ritmo de la danza que han iniciado sus dedos. Me besa recatadamente en los labios y luego desciende hasta el cuello, mordisqueando despacio, besando y chupando. Gimo. Actúa con delicadeza, su caricia es leve y celestial. Sus intrépidos dedos siguen bajando y desliza uno de ellos en mi interior, despacio, y sisea sobrecogido.

—Oh, Willy —murmura en tono reverencial junto a mi garganta—. Siempre estás dispuesto.

Mueve el dedo al tiempo que continúa frotando mi glande y sus labios viajan ociosos por mi clavícula y luego bajan hasta mi pecho. Con los dientes y los labios tortura primero un pezón y luego el otro, pero… oh, con tanta ternura que se tensan y se yerguen a modo de dulce respuesta.

Yo jadeo.

—Mmm —gruñe bajito, y levanta la cabeza para mirarme con sus ardientes ojos grises—. Te deseo ahora.

Alarga la mano hasta la mesilla. Se coloca sobre mí, apoya el peso en los codos y frota la nariz contra la mía mientras usa las piernas para separar las mías. Se arrodilla y rasga el envoltorio de aluminio.

—Estoy deseando que llegue el sábado —dice, y sus ojos brillan de placer lascivo.

—¿Por tu cumpleaños? —contesto sin aliento.

—No. Para dejar de usar esta jodienda.

—Una expresión muy adecuada —digo con una risita.

Él me sonríe cómplice y se coloca el condón.

—¿Se está riendo de mí, joven Díaz?

—No.

Intento poner cara seria, sin conseguirlo.

—Ahora no es momento para risitas —dice en tono bajo y severo, haciendo un gesto admonitorio con la cabeza, pero su expresión es… oh, Dios… glacial y volcánica a la vez.

Siento un nudo en la garganta.

—Creía que te gustaba que me riera —susurro con voz ronca, perdiéndome en las profundidades de sus hermosos ojos.

—Ahora no. Hay un momento y lugar para la risa. Y ahora no es ni uno ni otro. Tengo que callarte y creo que sé cómo hacerlo —dice de forma inquietante, y me cubre con su cuerpo.

* * *

—¿Qué le apetece para desayunar, Guille?

—Solo tomaré muesli. Gracias, señora Jones.

Me sonrojo mientras ocupo mi sitio al lado de en la barra del desayuno. La última vez que la muy decorosa y formal señora Jones me vio, Samuel me llevaba a su dormitorio cargado sobre sus hombros.

—Estás muy guapo —dice Samuel en voz baja.

Llevo otra vez el pantalón en tubo color gris y la camisa de seda también en gris.

—Tú también.

Le sonrío con timidez. Él lleva una camisa azul claro y vaqueros, y parece relajado, fresco y perfecto, como siempre.

—Deberíamos comprarte algunos pantalones más —comenta con naturalidad—. De hecho, me encantaría llevarte de compras.

Uf… de compras. Yo odio ir de compras. Aunque con Samuel quizá no esté tan mal. Opto por la evasiva como mejor método de defensa.

—Me pregunto qué pasará hoy en el trabajo.

—Tendrán que sustituir a ese canalla.

Samuel frunce el ceño con una mueca de disgusto, como si hubiera pisado algo extremadamente desagradable.

—Espero que contraten a una mujer para ser mi jefa.

—¿Por qué?

—Bueno, así te opondrás menos a que salga con ella —le digo en broma.

Sus labios insinúan una sonrisa, y se dispone a comerse la tortilla.

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunto.

—Tú. Cómete el muesli. Todo, si no vas a comer nada más.

Mandón como siempre. Yo le hago un mohín, pero me pongo a ello.

* * *

—Y la llave va aquí.

Samuel señala el contacto bajo el cambio de marchas.

—Qué sitio más raro —comento.

Pero estoy encantado con todos esos pequeños detalles, y prácticamente doy saltitos sobre el confortable asiento de piel como un niño. Por fin Samuel va a dejar que conduzca mi coche.

Me observa tranquilamente, aunque en sus ojos hay un brillo jocoso.

—Estás bastante emocionado con esto, ¿verdad? —murmura divertido.

Asiento, sonriendo como un tonto.

—Tiene ese olor a coche nuevo. Este es aún mejor que el Especial para Sumisos… esto… el A3 —añado enseguida, ruborizado.

Samuel tuerce el gesto.

—¿Especial para Sumisos, eh? Tiene usted mucha facilidad de palabra, joven Díaz.

Se echa hacia atrás con fingida reprobación, pero a mí no me engaña. Sé que está disfrutando.

—Bueno, vámonos.

Hace un gesto con la mano hacia la entrada del garaje.

Doy unas palmaditas, pongo en marcha el coche y el motor arranca con un leve ronroneo.

Meto la primera, levanto el pie del freno y el Saab avanza suavemente. Higgs, que está en el Audi detrás de nosotros, también arranca y cuando la puerta del parking se levanta, nos sigue fuera del Escala hasta la calle.

—¿Podemos poner la radio? —pregunto cuando paramos en el primer semáforo.

—Quiero que te concentres —replica.

—Samuel, por favor, soy capaz de conducir con música.

Le pongo los ojos en blanco. Él me mira con mala cara, pero enseguida acerca la mano a la radio.

—Con esto puedes escuchar la música de tu iPod y de tu MP3, además del CD —murmura.

De repente, un melodioso tema de Police inunda a un volumen demasiado alto el interior del coche. Samuel baja la música. Mmm… «King of Pain.»

—Tu himno —le digo con ironía, y en cuanto tensa los labios y su boca se convierte en una fina línea, lamento lo que he dicho. Oh, no…—. Yo tengo ese álbum, no sé dónde —me apresuro a añadir para distraer su atención.

Mmm… en algún sitio del apartamento donde he pasado tan poco tiempo.

Me pregunto cómo estará Rubén. Debería intentar llamarle hoy. No tendré mucho que hacer en el trabajo.

Siento una punzada de ansiedad en el estómago. ¿Qué pasará cuando llegue a la oficina?

¿Todo el mundo sabrá lo de Jack? ¿Estarán todos enterados de la implicación de Samuel?

¿Seguiré teniendo un empleo? Maldita sea, si no tengo trabajo, ¿qué haré?

¡Cásate con el billonario, Willy! Mi subconsciente aparece con su rostro más enojoso. Yo no le hago caso… estúpido codicioso.

—Eh, joven de Lengua Viperina. Vuelve a la Tierra. — Samuel me devuelve al presente y paro ante el siguiente semáforo.

—Estás muy distraído. Concéntrate, Guille —me increpa—. Los accidentes ocurren cuando no estás atento.

Oh, por Dios santo… y de repente, me veo catapultado a la época en la que Teuk me enseñaba a conducir. Yo no necesito otro padre. Un marido quizá, un marido pervertido. Mmm…

—Solo estaba pensando en el trabajo.

—Todo irá bien, nene. Confía en mí.

Samuel sonríe.

—Por favor, no interfieras… Quiero hacer esto yo solo. Samuel, por favor. Es importante para mí —digo con toda la dulzura de la que soy capaz.

No quiero discutir. Su boca dibuja de nuevo una mueca fina y obstinada, y creo que va a reñirme otra vez.

Oh, no.

—No discutamos, Samuel. Hemos pasado una mañana maravillosa. Y anoche fue… —me faltan las palabras—… divino.

Él no dice nada. Le miro de reojo y tiene los ojos cerrados.

—Sí. Divino —afirma en voz baja—. Lo dije en serio.

—¿El qué?

—No quiero dejarte marchar.

—No quiero marcharme.

Sonríe, y esa sonrisa nueva y tímida arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Wow, es realmente poderosa.

—Bien —dice sin más, y se relaja.

Entro en el aparcamiento que está a media manzana de SIP.

—Te acompañaré hasta el trabajo. Higgs me recogerá allí —sugiere Samuel.

Salgo con cierta dificultad del coche, limitado por el pantalón en tubo. Samuel baja con agilidad, cómodo con su cuerpo, o al menos esa es la impresión que transmite. Mmm… alguien que no puede soportar que le toquen no puede sentirse tan cómodo con su cuerpo. Frunzo el ceño ante ese pensamiento fugaz.

—No olvides que esta tarde a las siete hemos quedado con el doctor —dice, y me tiende la mano.

Cierro la puerta con el mando y se la tomo.

—No me olvidaré. Confeccionaré una lista de preguntas para hacerle.

—¿Preguntas? ¿Sobre mí?

Asiento.

—Yo puedo contestar a cualquier pregunta que tengas sobre mí. Samuel parece ofendido.

Le sonrío.

—Sí, pero yo quiero la opinión objetiva de ese charlatán carísimo.

Frunce el ceño, y de repente me atrae hacia él y me sujeta con fuerza ambas manos a la espalda.

—¿Seguro que es buena idea? —dice con voz baja y ronca.

Yo me echo hacia atrás y veo la larga sombra de la ansiedad acechando en sus ojos muy abiertos, y se me desgarra el alma.

—Si no quieres que lo haga, no lo haré.

Le miro y deseo borrar la preocupación de su rostro a base de caricias. Tiro de una de mis manos y él la suelta. Le toco la mejilla con ternura: el afeitado matutino la ha dejado muy suave.

—¿Qué te preocupa? —pregunto con voz tranquila y dulce.

—Que me dejes.

—Samuel, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? No voy a dejarte. Ya me has contado lo peor. No te abandonaré.

—Entonces, ¿por qué no me has contestado?

—¿Contestarte? —murmuro con fingida inocencia.

—Ya sabes de qué hablo, Guille.

Suspiro.

—Quiero saber si soy bastante para ti, Samuel. Nada más.

—¿Y mi palabra no te basta? —dice exasperado, y me suelta.

—Samuel, todo esto ha sido muy rápido. Y tú mismo lo has reconocido, estás destrozado de cincuenta mil formas distintas. Yo no puedo darte lo que necesitas —musito—. Eso no es para mí, sobre todo después de haberte visto con Michael ¿Quién dice que un día no conocerás a alguien acusarte quien le guste hacer lo que tú haces? ¿Y quién dice que tú no… ya sabes… te enamorarás de esa persona? De alguien que se ajuste mucho mejor a tus necesidades.

Pensar en Samuel con otra persona me pone enfermo. Bajo la mirada a mis manos entrelazadas.

—Ya he conocido a varias personas a las que les gusta hacer lo que me gusta hacer a mí. Y ninguna de ellas me atraía como me atraes tú. Nunca tuve la menor conexión emocional con ninguna de esas personas. No me había sucedido nunca, excepto contigo, Willy.

—Porque nunca les diste una oportunidad. Has pasado demasiado tiempo encerrado en tu fortaleza, Samuel. Mira, hablemos de esto más tarde. Tengo que ir a trabajar. Quizá el doctor Atkin nos pueda orientar esta noche.

Esta es una conversación demasiado importante para tenerla en un parking a las nueve menos diez de la mañana, y parece que Samuel, por una vez, está de acuerdo. Asiente, pero con gesto cauteloso.

—Vamos —ordena, y me tiende la mano.

* * *

Cuando llego a mi mesa, me encuentro una nota pidiéndome que acuda directamente al despacho de Elizabeth. Mi corazón da un vuelco. Oh, ya está. Van a despedirme.

—Guillermo.

Elizabeth me sonríe amablemente y me señala una silla frente a su mesa. Me siento y la miro, expectante, confiando en que no oiga los latidos desbocados de mi corazón. Ella se alisa su densa cabellera negra y sus ojos azul claro me miran sombríos.

—Tengo malas noticias.

¡Malas, oh, no!

—Te he hecho venir para informarte de que Jack ha dejado la empresa de forma bastante repentina.

Me sonrojo. Para mí eso no es ninguna mala noticia. ¿Debería decirle que ya lo sabía?

—Su apresurada marcha ha dejado su puesto vacante, y nos gustaría que lo ocuparas tú de momento, hasta que encontremos un sustituto.

¿Qué? Siento que la sangre deja de circular por mi cabeza. ¿Yo?

—Pero si solo hace poco más de una semana que trabajo aquí.

—Sí, Guillermo, lo comprendo, pero Jack siempre estaba elogiando tu talento. Tenía muchas esperanzas depositadas en ti.

Me quedo sin respiración. Sí, claro: tenía muchas esperanzas en hacérselo conmigo.

—Aquí tienes una descripción detallada de las funciones del puesto. Estúdiala y podemos hablar de ello más tarde.

—Pero…

—Por favor, ya sé que es muy precipitado, pero tú ya has contactado con los autores principales de Jack. Tus anotaciones en los textos no han pasado desapercibidas a los otros editores. Tienes una mente aguda, Guillermo. Todos creemos que eres capaz de hacerlo.

—De acuerdo.

Esto no puede estar pasando.

—Mira, piénsatelo. Entretanto, puedes utilizar el despacho de Jack.

Se pone de pie, dando por terminada la reunión, y me tiende la mano. Se la estrecho, totalmente aturdido.

—Yo estoy encantada de que se haya ido —murmura, y una expresión de angustia aparece en su cara.

Dios santo. ¿Qué le habría hecho a ella?

Vuelvo a mi mesa, cojo mi iPhone y llamo a Samuel.

Contesta al segundo tono.

—Guillermo, ¿estás bien? —pregunta, preocupado.

—Me acaban de dar el puesto de Jack… —suelto de sopetón—, bueno, temporalmente.

—Estás de broma —comenta, asombrado.

—¿Tú has tenido algo que ver con esto? —pregunto más bruscamente de lo que pretendía.

—No… no, en absoluto. Quiero decir, con todos mis respetos, Guillermo, que solo llevas ahí poco más de una semana… y no lo digo con ánimo de ofender.

—Ya lo sé. —Frunzo el ceño—. Por lo visto, Jack me valoraba realmente.

—¿Ah, sí? —dice Samuel en tono gélido, y luego suspira—. Bueno, cariño, si ellos creen que eres capaz de hacerlo, estoy seguro de que lo eres. Felicidades. Quizá deberíamos celebrarlo después de reunirnos con el doctor Atkin.

—Mmm… ¿Estás seguro de que no has tenido nada que ver con esto?

Se queda callado un momento, y después dice con voz queda y amenazadora:

—¿Dudas de mí? Me enoja mucho que lo hagas.

Trago saliva. Vaya, se enfada muy fácilmente.

—Perdona —musito, escarmentado.

—Si necesitas algo, házmelo saber. Aquí estaré. Y, Guillermo…

—¿Qué?

—Utiliza el iPhone —añade secamente.

—Sí, Samuel.

No cuelga, como yo esperaba, sino que inspira profundamente.

—Lo digo en serio. Si me necesitas, aquí estoy.

Sus palabras son mucho más amables, conciliadoras. Oh, es tan voluble… cambia de humor como una veleta.

—De acuerdo —murmuro—. Más vale que cuelgue. Tengo que instalarme en el despacho.

—Si me necesitas… Lo digo en serio —murmura.

—Lo sé. Gracias, Samuel. Te quiero.

Noto que sonríe al otro lado del teléfono. Me lo he vuelto a ganar.

—Yo también te quiero, Guille.

Ah, ¿me cansaré alguna vez de que me diga esas palabras?

—Hablamos después.

—Hasta luego, chiqui.

Cuelgo y echo un vistazo al despacho de Jack. Mi despacho. Dios santo… Guillermo Díaz, editor en funciones. ¿Quién lo habría dicho? Debería pedir más dinero.

¿Qué pensaría Jack si se enterara? Tiemblo al pensarlo, y me pregunto vagamente qué estará haciendo esta mañana; obviamente, no está en Nueva York como esperaba. Entro en mi nuevo despacho, me siento en el escritorio y empiezo a leer la descripción del trabajo.

A las doce y media, me llama Elizabeth.

—Guillermo, necesitamos que vengas a una reunión a la una en punto en la sala de juntas. Asistirán Roach y  Bestie… ya sabes, el presidente y el vicepresidente de la empresa, y todos los editores.

¡Maldición!

—¿Tengo que preparar algo?

—No, es solo una reunión informal que tenemos una vez al mes. E incluye la comida.

—Allí estaré.

Cuelgo.

¡Madre mía! Reviso la lista actualizada de los autores de Jack. Sí, estoy familiarizada con casi todos. Tengo los cinco manuscritos cuya publicación ya está en marcha, y otros dos que deberíamos pensar seriamente en publicar. Respiro profundamente: no puedo creer que ya sea hora de comer. El día ha pasado muy rápido y eso me encanta. He tenido que asimilar tantas cosas esta mañana. Una señal acústica en mi calendario me avisa de que tengo una cita.

¡Oh, no… Samantha! Con tantas emociones me había olvidado de nuestro almuerzo. Busco mi iPhone y trato de encontrar a toda prisa su número.

Suena mi teléfono.

—Es él, está en recepción —dice Sully en voz baja.

—¿Quién?

Por un segundo, pienso que puede ser Samuel.

—El dios rubio.

—¿Rubén?

Oh, ¿qué querrá? Inmediatamente me siento culpable por no haberle llamado. Rubén, vestido con una camisa roja de cuadros, camiseta blanca y vaqueros, sonríe de oreja a oreja en cuanto aparezco.

—¡Wow! Estás muy sexy, Díaz —dice, asintiendo con admiración, y me da un abrazo rápido.

—¿Va todo bien? —pregunto.

Él frunce el ceño.

—Toda va bien, Guille. Quería verte, eso es todo. Hacía unos días que no sabía nada de ti y quería averiguar cómo te trata el magnate.

Me ruborizo y no puedo evitar sonreír.

—¡Vale! —exclama Rubén y levanta las manos—. Con esa sonrisa velada me basta. No quiero saber nada más. He venido con la esperanza de que pudieras salir a comer. Voy a matricularme en un curso de psicología en septiembre, aquí en Seattle. Para mi máster.

—Oh, Rubén. Han pasado muchas cosas. Tengo mucho que contarte, pero ahora mismo no puedo. Tengo una reunión. —Y de repente se me ocurre una idea—. ¿Podrías hacerme un gran favor, un favor enorme? —le pregunto, entrelazando las manos en gesto de súplica.

—Claro —dice, perplejo ante mi petición.

—Había quedado para comer con la hermana de Samuel y Luzu, pero no puedo localizarla y me acaba de surgir esta reunión. ¿Podrías llevarla a comer? ¿Por favor?

—¡Uf, Willy! No quiero hacer de canguro de una mocosa.

—Por favor, Rubén.

Le dedico la mejor caída de pestañas de mis ojos. Él alza la mirada con expresión resignada y sé que le he pillado.

—¿Me cocinarás algo? —refunfuña.

—Claro, lo que sea, cuando quieras.

—¿Y dónde está ella?

—Está a punto de llegar.

Y, justo en ese momento, oigo su voz.

—¡Guille! —grita desde la puerta.

Ambos nos damos la vuelta, y ahí está ella: tan alta y curvilínea, con su negra melenita, lacia y brillante, y un mini-vestido verde menta, a juego con unos zapatos de tacón alto con tiras alrededor de sus esbeltos tobillos. Está espectacular.

—¿La mocosa? —susurra él, mirándola boquiabierto.

—Sí. La mocosa que necesita un canguro —le respondo también en un susurro—. Hola, Sam.

Le doy un rápido abrazo y ella se queda mirando a Rubén con bastante descaro.

—Sam… este es Rubén, el hermano de Frank.

Él asiente arqueando las cejas, sorprendido. Sam pestañea repetidamente y le da la mano.

—Encantado de conocerte —murmura Rubén con delicadeza, y Sam, sin palabras por una vez, vuelve a pestañear y se sonroja.

Oh vaya. Me parece que es la primera vez que la veo ruborizarse.

—Yo no puedo salir a comer —digo débilmente—. Pero Rubén ha aceptado acompañarte, si te parece bien. ¿Podríamos quedar nosotros otro día?

—Claro —dice Sam en voz baja.

Samantha hablando en voz baja, vaya una novedad.

—Sí. Ya me ocupo yo de ella. Hasta luego, Guille —dice Rubén, y le ofrece el brazo a Samantha.

Ella acepta con una sonrisa tímida.

—Adiós, Willy. —Samantha se vuelve hacia mí y dice sin palabras, con un guiño exagerado—:

¡Oh, Dios mío! ¡Le gusta! Les despido con la mano mientras salen del edificio. Me pregunto cuál será la actitud de Samuel con respecto a las citas de su hermana. Pensar en eso me inquieta. Ella tiene mi edad, de manera que no puede oponerse, ¿verdad?

Pero es que estamos hablando de Samuel.  Mi fastidioso subconsciente ha vuelto, con su expresión severa, su camiseta manga cero y lentes de sol.  Sacudo la cabeza para deshacerme de esa imagen. Samantha es una mujer adulta y Samuel puede ser una persona razonable, ¿o no? Desecho esa idea y vuelvo al despacho de Jack… esto… a mi despacho, para preparar la reunión.

A las tres y media ya estoy de vuelta. La reunión ha ido bien. Incluso he conseguido que m aprueben los dos manuscritos que he propuesto. Estoy emocionado.

Sobre mi escritorio hay una enorme cesta de mimbre llena de unas maravillosas rosas de color blanco y rosa pálido. Wow… solo ya el aroma resulta cautivador. Cojo

la tarjeta y sonrío. Sé quién las envía.                  

  Felicidades, joven Díaz

¡Y lo has hecho todo tú solo!

Sin ayuda de tu muy amigo, compañero y megalómano presidente

Te quiero

Samuel

Saco el iPhone para escribirle.

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De: Guillermo Díaz

Fecha: 16 de julio de 2014 15:43

Para: Samuel De Luque

Asunto: El megalómano… es mi tipo de maníaco favorito. Gracias por las preciosas flores. Han llegado en una enorme cesta de mimbre que me hace pensar en picnics y mantitas.

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De: Samuel De Luque

Fecha: 16 de julio de 2014 15:55

Para: Guillermo Díaz

Asunto: Aire libre

¿Maníaco, eh? Puede que el doctor Atkin tenga algo que decir sobre esto.

¿Quieres ir de picnic?

Podemos divertirnos mucho al aire libre, Guillermo…

¿Cómo va el día, nene?

Samuel De Luque

Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.

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Oh, Dios. Me ruborizo leyendo su respuesta.

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De: Guillermo Díaz

Fecha: 16 de julio de 2014 16:00

Para: Samuel De Luque

Asunto: Intenso

El día ha pasado volando. Apenas he tenido un momento para mí, para pensar en nada que no fuera trabajo. ¡Creo que soy capaz de hacer esto! Te contaré más en casa. Eso del aire libre suena… interesante. Te quiero.

G x

P.D.: No te preocupes por el doctor Atkin.

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Suena el teléfono de mi mesa. Es Sully desde recepción, desesperada por saber quién ha enviado las flores y qué ha pasado con Jack. Enclaustrado en el despacho todo el día, me he perdido los cotilleos. Le cuento apresuradamente que las flores son de mi novio y que sé muy poco sobre la marcha de Jack. Vibra mi IPhone: es un nuevo e-mail de  Samuel.

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De: Samuel De Luque

Fecha: 16 de julio de 2014 16:09

Para: Guillermo Díaz

Asunto: Intentaré… no preocuparme. Hasta luego, nene x

De Luque  Samuel

Presidente de De Luque Enterprises Holdings, Inc.

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A las cinco y media, despejo mi mesa. Es increíble lo rápido que ha pasado el día. Tengo que volver al Escala para preparar la entrevista con el doctor Atkin. No he tenido tiempo siquiera de pensar en las preguntas. Puede que hoy tengamos una reunión inicial, y quizá Samuel me deje quedar con él más adelante. Me olvido de eso, salgo a toda prisa del despacho y me despido de Sully con un presuroso gesto de la mano. También he de pensar en el cumpleaños de Samuel. Sé qué voy a regalarle. Me gustaría que lo tuviera hoy antes de vernos con el doctor Atkin, pero ¿cómo? Al lado del aparcamiento hay una tiendecita que vende baratijas para turistas. De repente tengo una inspiración y entro.

* * *

Media hora más tarde entro en el salón y Samuel está de pie, hablando por el IPhone y mirando por el gran ventanal. Se da la vuelta, me sonríe radiante y decide poner fin a la llamada.

—Magnífico, Ros. Dile a Barney que partiremos de ahí… Adiós.

Se me acerca con paso decidido y yo le espero tímidamente en el umbral. Se ha cambiado de ropa, lleva una camiseta blanca y vaqueros, y tiene un aspecto de chico malo muy provocativo… Wow.

—Buenas tardes, joven Díaz —murmura, y se inclina para besarme—. Felicidades por su ascenso. Me rodea entre sus brazos. Huele maravillosamente.

—Te has duchado.

—Acabo de entrenar con Claude.

—Ah.

—He logrado patearle el culo dos veces.

Samuel sonríe de oreja a oreja como un chaval satisfecho de sí mismo. Es una sonrisa contagiosa.

—¿Y eso no ocurre muy a menudo?

—No, y cuando pasa es muy satisfactorio. ¿Tienes hambre? Niego con la cabeza.

—¿Qué? —exclama ceñudo.

—Estoy nervioso. Por lo del doctor.

—Yo también. ¿Qué tal el día? Me suelta de su abrazo y le hago un breve resumen. Me escucha con atención.

—Ah… tengo que decirte otra cosa —añado—. Había quedado para comer con Samantha. Él arquea las cejas, sorprendido.

—No me lo habías dicho.

—Ya lo sé. Me olvidé. No he podido ir por culpa de la reunión. Rubén ha ido en mi lugar y ha comido con ella. — Se le oscurece el semblante.

—Ya. Deja de morderte el labio.

—Voy a refrescarme un poco —digo para cambiar de tema, y me doy la vuelta para marcharme antes de que pueda reaccionar.

* * *

La consulta del doctor Atkin queda bastante cerca del apartamento de Samuel. Muy a mano, pienso, para visitas de emergencia.

—Normalmente vengo corriendo desde casa —me dice Samuel cuando aparca mi Saab—. Este coche es estupendo —comenta sonriéndome.

—Yo pienso lo mismo. —Le sonrío a mi vez—. Samuel… Yo…— Le miro con ansiedad—.

—¿Qué pasa, Willy?

—Toma. —Saco la cajita de regalo de mi bolso—. Esto es para ti, por tu cumpleaños. Quería dártelo ahora… pero solo si prometes no abrirlo hasta el sábado, ¿vale?

Me mira sorprendido, parpadea y traga saliva.

—Vale —murmura cauteloso.

Suspiro profundamente y se lo entrego, sin hacer caso de su perplejidad. Sacude la cajita, que hace un ruidito muy sugerente. Frunce el ceño. Sé lo desesperado que está por ver qué contiene. Entonces sonríe, y en sus ojos aparece una chispa de emoción juvenil y espontánea. Oh, Dios… aparenta la edad que tiene… y está guapísimo.

—No puedes abrirlo hasta el sábado —le advierto.

—Ya lo sé —dice—. ¿Por qué me lo das ahora?

Mete la cajita en el bolsillo interior de su americana azul de raya diplomática, cerca de su corazón. Qué apropiado, pienso. Sonrío con complicidad.

—Porque puedo, señor De Luque.

En sus labios aparece una mueca teñida de ironía.

—Vaya, joven Díaz, me ha copiado la frase.

Una recepcionista amable y de aire eficiente nos hace pasar a la palaciega consulta del doctor Atkin. Saluda a Samuel muy afectuosa, un poco demasiado afectuosa para mi gusto —tiene edad para ser su madre—, y él la llama por su nombre.

La sala es sobria: de color verde claro, con dos sofás verde oscuro frente a dos sillones orejeros de piel, y con una atmósfera propia de un club inglés. El doctor Atkin está sentado en su escritorio, al fondo. Cuando entramos, se pone de pie y se acerca a nosotros en la zona destinada a las visitas. Lleva pantalones negros y una camisa abierta de color azul claro, sin corbata. Sus brillantes ojos azules parecen no perder detalle.

—Samuel. Sonríe amigablemente.

—John. —Samuel le estrecha la mano—. ¿Te acuerdas de Guillermo?

—¿Cómo iba a olvidarme? Bienvenido, Guillermo.

—Guille, por favor —balbuceo, y él me da la mano con energía. Me encanta su acento inglés.

—Guille —dice afablemente, y nos acompaña hasta los sofás.

Samuel me señala uno de ellos. Me siento, apoyando la mano en el brazo intentando parecer relajado y él se acomoda en el otro en el extremo más próximo a mí, de manera que estamos sentados en ángulo recto. En medio tenemos una mesita con una sencilla lámpara. Me llama la atención la caja de pañuelos que hay junto a la lámpara. Esto no es lo que esperaba. Tenía en mente una estancia austera, blanca con un diván negro de piel.

Con actitud eficiente y relajada, el doctor Atkin se sienta en uno de los sillones orejeros y coge un cuaderno de notas. Samuel cruza las piernas, apoyando un tobillo en la rodilla, y extiende el brazo sobre el respaldo del sofá. Acerca la otra mano a la que tengo sobre el apoyabrazos y me la aprieta para darme ánimos.

—Samuel ha solicitado que estuvieras presente en una de nuestras sesiones —dice el doctor Atkin amablemente—. Para tu información, consideramos estas conversaciones como algo estrictamente confidencial…

Arqueo una ceja e interrumpo a Atkin.

—Esto… eh… he firmado un acuerdo de confidencialidad —murmuro, avergonzado por haberle cortado. Los dos se me quedan mirando, y Samuel me suelta la mano.

—¿Un acuerdo de confidencialidad?

El doctor Atkin frunce el ceño y mira a Samuel, intrigado.

Él se encoge de hombros.

—¿Empiezas todas tus relaciones con hombres firmando un acuerdo de ese tipo? —le pregunta el doctor Atkin.

—Con los contractuales, sí.

El doctor Atkin esboza una mueca.

—¿Has tenido otro tipo de relaciones con hombres? —pregunta, y parece divertido.

—No —contesta Samuel al cabo de un momento, y él también parece divertido.

—Eso pensaba. —El doctor Atkin vuelve a dirigirse a mí—. Bien, supongo que no tenemos que preocuparnos por el tema de la confidencialidad, pero ¿puedo sugerir que habléis entre vosotros sobre eso en algún momento? Según tengo entendido, no estáis sujetos a una relación contractual.

—Yo espero llegar a otro tipo de contrato —dice Samuel en voz baja, mirándome. Me ruborizo y el doctor Atkin entorna los ojos.

—Guille. Tendrás que perdonarme, pero probablemente sepa más de ti de lo que crees.

Samuel se ha mostrado muy comunicativo. —Nervioso, miro de reojo a Samuel. ¿Qué le ha dicho?

—¿Un acuerdo de confidencialidad? —prosigue—. Eso debió de impactarte mucho. — Le miro algo desconcertado.

—Bueno, eso me parece una nimiedad comparado con lo que Samuel me ha revelado últimamente —contesto con un hilo de voz, sonando bastante nervioso.

—De eso estoy seguro. —El doctor Atkin me sonríe afectuosamente—. Bueno, Samuel, ¿de qué querías hablar? — Samuel se encoge de hombros como un adolescente hosco.

—Era Guillermo el que quería verte. Tal vez deberías preguntárselo a él.

El doctor Atkin vuelve a mostrarse sorprendido y me observa con perspicacia. Dios. Esto es una tortura. Yo me miro las manos.

—¿Estarías más a gusto si Samuel nos dejara un rato a solas? Clavo los ojos en Samuel, que me devuelve una mirada expectante.

—Sí —susurro. Samuel tuerce el gesto y abre la boca, pero vuelve a cerrarla enseguida y se pone de pie con un rápido y ágil movimiento.

—Estaré en la sala de espera —dice, y su boca dibuja una mueca de contrariedad. Oh, no.

—Gracias, Samuel —dice el doctor Atkin, impasible.

Samuel me dedica una mirada escrutadora, y luego sale con paso enérgico de la habitación… aunque sin dar un portazo. Uf. Me relajo al instante.

—¿Te intimida?

—Sí. Pero no tanto como antes. Me siento desleal, pero es la verdad.

—Eso no me sorprende, Guille. ¿En qué puedo ayudarte? Bajo la mirada hacia mis manos enlazadas. ¿Qué puedo preguntar?

—Doctor Atkin, esta es mi primera relación con un hombre, y Samuel es… bueno, es Samuel. Durante la última semana han pasado muchas cosas, y no he tenido oportunidad de analizarlas.

—¿Qué necesitas analizar? Levanto la vista hacia él. Me está mirando con la cabeza ladeada y, creo, semblante compasivo.

—Bueno… Samuel me dice que le parece bien renunciar a… eh…

Balbuceo y me callo. Es mucho más difícil hablar de esto de lo que pensaba. El doctor Atkin suspira.

—Guille, en el breve tiempo que hace que le conoces, has hecho más progresos que yo en los dos años que le he tenido como paciente. Has causado un profundo efecto en él. Eso tienes que verlo.

—Él también ha causado un profundo efecto en mí. Es solo que no sé si seré bastante para él. Para satisfacer sus necesidades —susurro.

—¿Es eso lo que necesitas de mí? ¿Que te tranquilice?

Asiento.

—Samuel necesita un cambio —dice sencillamente—. Se ha visto en una situación en la que sus métodos para afrontarla ya no le sirven. Es algo muy simple: tú le has obligado a enfrentarse a algunos de sus demonios, y a recapacitar.

Le miro fijamente. Eso cuadra bastante con lo que Samuel me ha contado.

—Sí, sus demonios —murmuro.

—No profundizaremos en ellos… son cosa del pasado. Samuel ya sabe cuáles son sus demonios, como yo… y estoy seguro de que ahora tú también. Me preocupa mucho más el futuro, y conducir a Samuel al lugar donde quiere estar. Frunzo el ceño y él levanta una ceja.

—El término técnico es SFBT… lo siento. —Sonríe—. Son las siglas en inglés de «terapia breve centrada en soluciones». Está básicamente orientada a alcanzar un objetivo. Nos concentramos en la meta a la que quiere llegar Samuel y en cómo conducirle hasta allí. Es un enfoque dialéctico. No tiene sentido culpabilizarse por el pasado: eso ya lo han analizado todos los médicos, psicólogos y psiquiatras que han visitado a Samuel. Sabemos por qué es como es, pero lo importante es el futuro. A qué aspira Samuel, adónde quiere llegar. Hizo falta que le abandonaras para que él aceptara seriamente este tipo de terapia. Es consciente de que su objetivo es una relación amorosa contigo. Es así de simple, y ahora trabajaremos sobre eso. Hay obstáculos, naturalmente: su hafefobia, por ejemplo.

¿Su qué? Le miro boquiabierto.

—Perdona. Me refiero a su miedo a que le toquen —dice el doctor Atkin, y mueve la cabeza como regañándose a sí mismo—. Del que estoy convencido de que eres consciente.

Me ruborizo y asiento. ¡Ah, eso!

—Sufre un aborrecimiento mórbido hacia sí mismo. Estoy seguro de que esto no te sorprende. Y, por supuesto, está la… parasomnia… esto… perdona, dicho llanamente, los terrores nocturnos.

Parpadeo e intento absorber todas esas complejas palabras. Todo eso ya lo sé, pero el doctor Atkin no ha mencionado mi preocupación principal.

—Pero es un sádico. Seguro que, como tal, tiene necesidades que yo no puedo satisfacer.

El doctor Atkin alza la vista al cielo con gesto exasperado y aprieta los labios.

—Eso ya no se considera un término psiquiátrico. No sé cuántas veces se lo he repetido a Samuel. Ni siquiera se considera una parafilia desde los años noventa.

El doctor Atkin ha conseguido que vuelva a perderme. Le miro y parpadeo. Él reacciona con una sonrisa amable.

—Esa es mi cruz —afirma meneando la cabeza—. Simplemente Samuel piensa lo peor en cualquier situación. Forma parte de ese aborrecimiento que siente por sí mismo. Por supuesto que existe el sadismo sexual, pero no es una enfermedad: es una opción vital. Y si se practica de forma segura, dentro de una relación sana y consentida entre adultos, no hay problema. Por lo que yo sé, todas las relaciones BDSM que ha mantenido Samuel han sido así. Tú eres el primer amante que no lo ha consentido, de manera que está dispuesto a no hacerlo. 

¡Amante!

—Pero seguramente no resulte tan sencillo.

—¿Por qué no?

El doctor Atkin se encoge de hombros con expresión afable.

—Bien… las razones por las que lo hace.

—Esa es la cuestión, Guille. En términos de la terapia breve centrada en soluciones, es así de simple. Samuel quiere estar contigo. Para eso, tiene que renunciar a los aspectos más extremos de ese tipo de relación. Al fin y al cabo, lo que tú pides es razonable… ¿verdad? —Me sonrojo. Sí, es razonable, ¿verdad?

—Eso pienso yo. Pero me preocupa lo que piense él.

—Samuel lo ha admitido y ha actuado en consecuencia. Él no está loco. —El doctor Atkin suspira—. En resumen, no es un sádico, Guille. Es un joven brillante, airado y asustado, a quien al nacer le tocó una espantosa mano de cartas en la vida. Todos podemos golpearnos el pecho de indignación ante esa injusticia, y analizar hasta la extenuación el quién, el cómo y el porqué de todo ello; o Samuel puede avanzar y decidir cómo quiere vivir de ahora en adelante. Había descubierto algo que le funcionó durante unos años, más o menos, pero desde que te conoció, ya no le funciona. Y en consecuencia, ha cambiado su modus operandi. Tú y yo tenemos que respetar su elección y apoyarle. Le miro confuso.

—¿Y esa es mi garantía de tranquilidad?

—La mejor posible, Guille. En esta vida no hay garantías. —Sonríe—. Y esta es mi opinión profesional.

Le devuelvo una débil sonrisa. Bromas de médicos… vaya.

—Pero él se considera una especie de alcohólico en rehabilitación.

—Samuel siempre pensará lo peor de sí mismo. Como he dicho, eso forma parte del aborrecimiento que siente por sí mismo. Es su carácter, pase lo que pase. Naturalmente, hacer ese cambio en su vida le preocupa. Se expone potencialmente a todo un universo de sufrimiento emocional, del cual, por cierto, tuvo un anticipo cuando tú le dejaste. Es lógico que se muestre aprensivo. —Hace una pausa—. No voy a insistir más en la importancia de tu papel en esta conversión de Damasco… en su camino hacia Damasco. Pero la tiene, y mucha. Samuel no estaría en este punto si no te hubiera conocido. Personalmente yo no creo que la del alcohólico sea una buena analogía, pero si por ahora le sirve, pienso que deberíamos concederle el beneficio de la duda. Concederle a Samuel el beneficio de la duda. — Frunzo el ceño ante la idea.

—Emocionalmente, Samuel es un adolescente, Guille. Pasó totalmente de largo por esa fase de su vida. Ha canalizado todas sus energías en triunfar en el mundo de los negocios, y ha superado todas las expectativas. Ahora tiene que poner al día su universo emocional.

—¿Y yo cómo puedo ayudarle? —El doctor Atkin se echa a reír.

—Limítate a seguir haciendo lo que estás haciendo. —Me sonríe—. Samuel está perdidamente enamorado. Es fantástico verle así. Me ruborizo, y el dios que llevo dentro se abraza entusiasmado, pero hay algo que me sigue preocupando.

—¿Puedo preguntarle una cosa más?

—Por supuesto.

Suspiro profundamente.

—Una parte de mí piensa que, si Samuel no estuviera tan destrozado, no me querría… a mí.

El doctor Atkin arquea las cejas, sorprendido.

—Esa es una valoración muy negativa de ti mismo, Guille. Y, francamente, dice más sobre ti que sobre Samuel. No llega al nivel de su odio hacia sí mismo, pero me sorprende.

—Bueno, mírele a él… y luego míreme a mí.

El doctor Atkin tuerce el gesto.

—Lo he hecho. He visto a dos hombres jovenes y atractivos. ¿Por qué no te consideras atractivo, Guille?

Oh, no… no quiero que esto se centre ahora mí. Me miro los dedos. En ese momento llaman con energía a la puerta y me sobresalto. Samuel vuelve a entrar en la sala, mirándonos fijamente a ambos. Yo me ruborizo y vuelvo la vista hacia Atkin, que sonríe afablemente a Samuel .

—Bienvenido de nuevo, Samuel —dice.

—Creo que ya ha pasado la hora, John.

—Ya casi estamos, Samuel. Pasa.

Samuel se sienta, a mi lado esta vez, y apoya la mano sobre mi rodilla posesivamente. Un gesto que no le pasa desapercibido al doctor Atkin.

—¿Quieres preguntar algo más, Guille? —inquiere el doctor con preocupación evidente.

Maldita sea… no debería haberle planteado eso. Niego con la cabeza.

—¿Samuel?

—Hoy no, John.

Atkin asiente.

—Puede que sea beneficioso para los dos que volváis. Estoy seguro de que Guille tendrá más preguntas.

Samuel hace a regañadientes un gesto de conformidad. Me ruborizo. Oh, no… quiere profundizar. Samuel me da una palmadita en la mano y me mira atentamente.

—¿De acuerdo? —pregunta en voz baja.

Yo le sonrío y asiento. Sí, vamos a concederle el beneficio de la duda, por gentileza del buen doctor inglés.

Samuel me aprieta la mano y se vuelve hacia Atkin.

—¿Cómo está? —pregunta en un susurro. ¿Se refiere… a mí?

—Saldrá de esta —contesta este tranquilizadoramente.

—Bien. Mantenme informado de su evolución.

—Lo haré. —Oh, Dios. Están hablando de Michael

—¿No deberíamos salir a celebrar tu ascenso? —me pregunta Samuel en un tono inequívoco.

Asiento tímidamente y se pone de pie. Nos despedimos apresuradamente del doctor Atkin, y Samuel me hace salir con un apremio inusitado.

* * *

Una vez en la calle, se vuelve hacia mí y me mira.

—¿Qué tal ha ido?

Su voz tiene un matiz de ansiedad.

—Ha ido bien.

Me mira con suspicacia. Yo ladeo la cabeza.

—Señor De Luque, por favor, no me mire de esa manera. Por órdenes del doctor, voy a concederte el beneficio de la duda.

—¿Qué quiere decir eso?

—Ya lo verás.

Tuerce el gesto y entorna los ojos.

—Sube al coche —ordena, y abre la puerta del pasajero del Saab.

Oh… cambio de rumbo. Mi iPhone empieza a vibrar. La saco de mi bolso.

¡Oh, no, Alex!

—¡Hola!

—Willy, hola…

Observo a Cincuenta, que me mira con recelo. «Alex», articulo en silencio. Me observa impasible, pero se le endurece la expresión. ¿Cree que no me doy cuenta? Devuelvo mi atención a Alex.

—Perdona que no te haya llamado. ¿Es por lo de mañana? —le pregunto a Alex, pero con los ojos puestos en Samuel.

—Sí, oye: he hablado con un tipo que había en casa de De Luque, así que ya sé dónde tengo que entregar las fotos. Iré allí entre las cinco y las seis… después de eso, estoy libre. Ah.

—Bueno, de hecho ahora estoy instalado en casa de Samuel, y él dice que si quieres puedes dormir allí.

Samuel aprieta los labios, que se convierten en una fina y dura línea. Mmm… menudo anfitrión está hecho. Alex se queda callado un momento para digerir la noticia. Yo siento cierta vergüenza. Ni siquiera he tenido la oportunidad de hablar con él sobre Samuel. —Vale —dice finalmente—. Esto de De Luque… ¿va en serio?

Le doy la espalda al coche y camino hasta el otro lado de la acera.

—Sí.

—¿Cómo de serio? —Pongo los ojos en blanco y me quedo callado. ¿Por qué Samuel tiene que estar escuchando?

—Serio.

—¿Está contigo ahora? ¿Por eso hablas con monosílabos?

—Sí.

—Vale. Entonces, ¿tienes permiso para salir mañana?

—Claro.

Eso espero, y automáticamente cruzo los dedos.

—Bueno, ¿dónde quedamos?

—Puedes venir a buscarme al trabajo —sugiero.

—Vale.

—Te mando un mensaje con la dirección.

—¿A qué hora?

—¿A las seis?

—Muy bien. Quedamos así. Tengo ganas de verte, Alex. Te echo de menos. —Sonrío.

—Estupendo. Nos vemos.

Cuelgo el teléfono y me doy la vuelta.

Samuel está apoyado en el coche, mirándome con una expresión inescrutable.

—¿Cómo está tu amigo? —pregunta con frialdad.

—Está bien. Me recogerá en el trabajo y supongo que iremos a tomar algo. ¿Te apetecería venir con nosotros?

Samuel vacila. Sus ojos grises permanecen fríos.

—¿No crees que intentará algo?

—¡No! —exclamo en tono exasperado… pero me abstengo de poner los ojos en blanco.

—De acuerdo. —Samuel levanta las manos en señal de rendición—. Sal con tu amigo, y ya te veré a última hora de la tarde.

Yo me esperaba una discusión, y su rápido consentimiento me coge a contrapié.

—¿Ves como puedo ser razonable? —dice sonriendo.

Yo tuerzo el gesto. Eso ya lo veremos.

—¿Puedo conducir?

Samuel parpadea, sorprendido por mi petición.

—Preferiría que no.

—¿Por qué, si se puede saber?

—Porque no me gusta que me lleven.

—Esta mañana no te importó, y tampoco parece que te moleste mucho que Higgins te lleve.

—Es evidente que confío en la forma de conducir de Higgins.

—¿Y en la mía no? —Cruzo los brazos—. Francamente… tu obsesión por el control no tiene límites. Yo conduzco desde los quince años.

Él responde encogiéndose de hombros, como si eso no tuviera la menor importancia. ¡Oh… es tan exasperante! ¿Beneficio de la duda? Al carajo.

—¿Es este mi coche? —pregunto.

Él me mira con el ceño fruncido.

—Claro que es tu coche.

—Pues dame las llaves, por favor. Lo he conducido dos veces, y únicamente para ir y volver del trabajo. Solo lo estás disfrutando tú.

Estoy a punto de hacer un puchero. Samuel tuerce la boca para disimular una sonrisa.

—Pero si no sabes adónde vamos.

—Estoy seguro de que usted podrá informarme, señor De Luque. Hasta ahora lo ha hecho muy bien.

Se me queda mirando, atónito, y entonces sonríe, con esa nueva sonrisa tímida que me desarma totalmente y me deja sin respiración.

—¿Así que lo he hecho bien, eh? —murmura.

Me sonrojo.

—En general, sí.

—Bien, en ese caso…

Me da las llaves, se dirige hasta la puerta del conductor y me la abre.

* * *

—Aquí a la izquierda —ordena Samuel, mientras circulamos en dirección norte hacia la interestatal 5—. Demonios… cuidado, Guille.

Se agarra al salpicadero.

Oh, por Dios. Pongo los ojos en blanco, pero no me vuelvo a mirarle. Van Morrison canta de fondo en el equipo de sonido del coche.

—¡Más despacio!

—¡Estoy yendo despacio!

Samuel suspira.

—¿Qué te ha dicho el doctor Atkin?

Capto la ansiedad que emana de su voz.

—Ya te lo he explicado. Dice que debería concederte el beneficio de la duda. — Maldita sea… quizá debería haber dejado que condujera Samuel. Así podría observarle. De hecho… Pongo el intermitente para detener el coche.

—¿Qué estás haciendo? —espeta, alarmado.

—Dejar que conduzcas tú.

—¿Por qué?

—Así podré mirarte.

Se echa a reír.

—No, no… querías conducir tú. Así que sigue conduciendo, y yo te miraré a ti.

Le pongo mala cara.

—¡No apartes la vista de la carretera! —grita.

Me hierve la sangre. ¡Hasta aquí! Acerco el coche al bordillo justo delante de un semáforo, salgo del coche dando un portazo y me quedo de pie en la acera, con los brazos cruzados. Le fulmino con la mirada. Él también se baja del Saab.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta enfurecido.

—No, ¿qué estás haciendo tú?

—No puedes aparcar aquí.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué aparcas?

—Porque ya estoy harto de que me des órdenes a gritos. ¡O conduces tú o dejas de comentar cómo conduzco!

—Guillermo, vuelve a entrar en el coche antes de que nos pongan una multa.

—No.

Me mira y parpadea, sin saber qué decir; entonces se pasa la mano por el pelo, y su enfado se convierte en desconcierto. De repente está tan gracioso, que no puedo evitar sonreírle. Él frunce el ceño.

—¿Qué? —me grita otra vez.

—Tú.

—¡Oh, Guillermo! Eres el hombre más frustrante que he conocido en mi vida. —Levanta las manos al aire, exasperado—. Muy bien, conduciré yo.

Le agarro por las solapas de la chaqueta y le acerco a mí.

—No… usted es el hombre más frustrante que he conocido en mi vida, señor De Luque.

Él baja los ojos hacia mí, oscuros e intensos, luego desliza los brazos alrededor de mi cintura y me abraza muy fuerte.

—Entonces puede que estemos hechos el uno para el otro —dice en voz baja con la nariz hundida en mi pelo, e inspira profundamente.

Le rodeo con los brazos y cierro los ojos. Por primera vez desde esta mañana, me siento relajado.

—Oh… Willy, Willy, Willy—susurra, con los labios pegados a mi cabello.

Estrecho mi abrazo y nos quedamos así, inmóviles, disfrutando de un momento de inesperada tranquilidad en la calle. Me suelta y me abre la puerta del pasajero. Entro y me siento en silencio, mirando como él rodea el coche.

Arranca y se incorpora al tráfico, canturreando abstraído al son de Van Morrison. Wow. Nunca le había oído cantar, ni siquiera en la ducha, nunca. Frunzo el ceño. Tiene una voz encantadora… cómo no. Mmm… ¿me habrá oído él cantar?

¡Si fuera así, no te habría pedido que te casaras con él! Mi subconsciente tiene los brazos cruzados, vestido con estampado de cuadros Burberry. Termina la canción y Samuel sonríe satisfecho.

—Si nos hubieran puesto una multa, este coche está a tu nombre, ¿sabes?

—Bueno, pues qué bien que me hayan ascendido. Así podré pagarla —digo con suficiencia, mirando su encantador perfil.

Esboza una media sonrisa. Empieza a sonar otra canción de Van Morrison mientras Samuel se incorpora al carril que lleva a la interestatal 5, en dirección norte.

—¿Adónde vamos?

—Es una sorpresa. ¿Qué más te ha dicho Atkin?

Suspiro.

—Habló de la FFFSTB o no sé qué terapia.

—SFBT. La última opción terapéutica —musita.

—¿Has probado otras?

Samuel suelta un bufido.

—Nene, me he sometido a todas. Cognitiva, freudiana, funcionalista, Gestalt, del comportamiento… Escoge la que quieras, que durante estos años seguro que la he probado —dice en un tono que delata su amargura.

El resentimiento que destila su voz resulta angustioso.

—¿Crees que este último enfoque te ayudará?

—¿Qué ha dicho Atkin?

—Que no escarbáramos en tu pasado. Que nos centráramos en el futuro… en la meta a la que quieres llegar.

Samuel asiente, pero se encoge de hombros al mismo tiempo con expresión cauta.

—¿Qué más? —insiste.

—Ha hablado de tu miedo a que te toquen, aunque él lo ha llamado de otra forma. Y sobre tus pesadillas, y el odio que sientes hacia ti mismo.

Le observo a la luz del crepúsculo y se le ve pensativo, mordisqueándose el pulgar mientras conduce. Vuelve la cabeza hacia mí.

—Mire a la carretera, señor De Luque —le riño. Parece divertido y levemente irritado.

—Habéis estado hablando mucho rato, Guillermo. ¿Qué más te ha dicho?

Yo trago saliva.

—Él no cree que seas un sádico —murmuro.

—¿De verdad? —dice Samuel en voz baja y frunce el ceño.

La atmósfera en el interior del coche cae en picado.

—Dice que la psiquiatría no admite ese término desde los años noventa —musito, intentando recuperar de inmediato el buen ambiente.

La cara de Samuel se ensombrece y lanza un suspiro.

—Atkin y yo tenemos opiniones distintas al respecto.

—Él dice que tú siempre piensas lo peor de ti mismo. Y yo sé que eso es verdad —murmuro—. También ha mencionado el sadismo sexual… pero ha dicho que eso es una opción vital, no un trastorno psiquiátrico. Quizá sea en eso en lo que estás pensando.

Vuelve a fulminarme con la mirada y aprieta los labios.

—Así que tienes una charla con el médico y te conviertes en un experto —comenta con acidez, y vuelve a mirar al frente.

Oh, vaya… Suspiro.

—Mira… si no quieres oír lo que me ha dicho, entonces no preguntes —replico en voz baja.

No quiero discutir. De todas formas, tiene razón… ¿Qué demonios sé yo de todo esto?

¿Quiero saberlo siquiera? Puedo enumerar los puntos principales: su obsesión por el control, su posesividad, sus celos, su sobreprotección… y comprendo perfectamente de dónde proceden. Incluso puedo entender por qué no le gusta que le toquen: he visto las cicatrices físicas. Las mentales solo puedo imaginarlas, y únicamente en una ocasión he tenido un atisbo de sus pesadillas. Y el doctor Atkin ha dicho…

—Quiero saber de qué habéis hablado —interrumpe Samuel mi reflexión. Deja la interestatal 5 en la salida 172 y se dirige al oeste, hacia el sol que se pone lentamente.

—Ha dicho que yo era tu amante.

—¿Ah, sí? —Ahora su tono es conciliador—. Bueno, es bastante maniático con los términos.

A mí me parece una descripción bastante exacta. ¿A ti, no?

—¿Tú considerabas amantes a tus sumisos?

Samuel frunce una vez más el ceño, pero ahora con gesto pensativo. Hace girar suavemente el Saab de nuevo en dirección norte. ¿Adónde vamos?

—No. Eran compañeros sexuales —murmura, con voz cauta—. Tú eres mi único amante. Y quiero que seas algo más.

Oh… ahí está otra vez esa palabra mágica, rebosante de posibilidades. Eso me hace sonreír, y me abrazo a mí mismo por dentro, intentando contener mi alegría.

—Lo sé —susurro, haciendo esfuerzos para ocultar la emoción—. Solo necesito un poco de tiempo, Samuel. Para reflexionar sobre estos últimos días.

Él me mira con la cabeza ladeada, extrañado, perplejo. El semáforo ante el que estamos parados se pone verde. Samuel asiente y sube la música. La conversación ha terminado. Van Morrison sigue cantando —con más optimismo ahora— sobre una noche maravillosa para bailar bajo la luna. Contemplo por la ventanilla los pinos y los abetos cubiertos por la pátina dorada de la luz crepuscular, y sus sombras alargadas que se extienden sobre la carretera.

Samuel ha girado por una calle de aspecto más residencial, y enfilamos hacia el oeste, hacia el Sound.

—¿Adónde vamos? —pregunto otra vez cuando volvemos a girar.

Atisbo la señal de la calle: 9TH AVE. NW. Estoy desconcertado.

—Sorpresa —dice, y sonríe misteriosamente.

Virgo, eres malo y lo sabes...

Virgo es conocido por decir las cosas como son, sin cortarse, y eso es bueno, un gran atributo, pero también tiene un pequeño lado oscuro que no todos conocen aunque ya estamos nosotros para desvelarlo. ¿Eres negativo, estás obsesionado con los detalles y te encanta juzgar y criticar? Sí, sobretodo, lo último. Sabes que tienes una lengua viperina cuando quieres y además piensas que, no hay nada de malo en la crítica, ya sea constructiva o destructiva. La cuestión es criticar. Punto. Dices que tienes sentido del humor, y que quizás a veces sobrepasas de alguna manera la línea entre el humor ingenioso y el humor negro, y si, es cierto, puedes llegar a humillar al máximo a quien quieras con un sólo comentario “gracioso”. Otra cosa a tener en cuenta si tu lado oscuro se muestra es que no tienes tacto para explicar las cosas, ni tacto, ni buenas formas, ni diplomacia. Para nada. Si te despertaste con el modo “sarcasmo on”, mejor que nadie te pida un consejo porque el resultado será que lo darás, claro que si, pero a tu manera (es decir, de forma sangrienta) y que alguien acabará llorando a solas después, y no serás tú, evidentemente. En tus días malos, esos días en los que la buena vibra no está de tu lado y sólo está presente tu lado más oscuro eres de los que hieres y huyes, pero siempre te quedas cerca para asegurarte de haber causado el daño deseado. Eres perfeccionista a niveles extremos. Las cosas deben de estar en el lugar dónde las colocaste y sabes perfectamente si alguien las ha movido un milímetro de su sitio. No toleras que nadie agarre lo que es tuyo sin permiso y no tardarás en hacer un drama si lo hacen. La primera impresión es lo que vale. Si algo te entra por los ojos en una primera toma de contacto, te entra, si no, tendrá que esforzarse mucho para que le des una segunda oportunidad. Si conocieras al mayor capo de la mafia y te diera una buena sensación, mantendrías hasta la muerte que es una buena persona. Eres hipocondríaco. Te asusta la enfermedad y además, te obsesionas demasiado con tu salud, tanto que eres capaz de gastar tu dinero en terapias de medicina alternativas, falsos brujos o modas alimenticias.

Originally posted by ninngunaparte

(Cerastes gasperetti) Arabian horned viper

Venom primarily hemotoxic. Local symptoms may include pain, edema, redness; may have hematoma at site of bite & regional lymphadenopathy. No human fatalities reported (at least not documented), so far. No known antivenin currently produced.

(Eristicophis macmahoni) Mcmahon’s viper
Venom shows strong hemorrhagic activity. Symptoms may include local swelling & inflammation; abdominal pain & distention; & inability to swallow & open the eyes, suggesting possible neurotoxicity. Has caused serious human envenomations & deaths. No known antivenom currently produced.

(Echis leucogaster) white-bellied carpet viper, Roman’s saw-scaled viper

Not well known, but probably potent & mainly hemotoxic. Symptomatology likely similar to that of other African carpet vipers including local swelling, incoagulable blood, systemic bleeding, & possibly death.