venecia 2012

Thierry Frémaux debería rendir cuentas sobre su actuar como máxima autoridad en Cannes. O probablemente renunciar. Desde que asumió el cargo en 2007, el festival ha dado un giro radical en sus políticas, en sus premiados, en sus jurados y reglas, y probablemente hoy sea más notorio que nunca el perjuicio que Frémaux está ocasionando. Algo muy similar a lo que ocurre en la Academia Sueca con el Nobel de Literatura, cuyo último premio otorgado (el de Dylan) terminó por evidenciar lo que ya todos decían como secreto a voces: la academia sueca está vieja. Literalmente vieja. Los miembros, y por tanto los criterios, habían pasado por un período de madurez y lucidez que los lectores disfrutamos hace una década, pero ahora entraron a una plena y franca chochez. Aquel período lúcido de quince años (1994-2009), que se inauguró con Kenzaburō Ōe y que cerró con Herta Müller, había posicionado a la Academia Sueca como un gran comité seleccionador, la había dotado de ese prestigio de ser los grandes curadores de la literatura. Ese período en que quizá lo más “bajo” que tenía era Saramago, Naipaul, o Heaney. En ese nivel de grandes ligas se movían. Un nivel que contrasta bastante con el período que vino después, donde los galardonados comenzaron a tornarse cada vez más cursis, más románticos, más ramplones, pero sobre todo: más políticos. El período de la chochez se inauguró con el Nobel a Vargas Llosa y ha durado hasta el de Dylan. Tal retroceso sólo se había visto cuando se premiaba a desconocidos e intrascendentes autores nórdicos casi por cuota de nacionalidad (allá por inicios del siglo XX). En este período de senilidad el premio se ha otorgado lo mismo a otro genérico-autor-del-Holocausto, que a una “periodista de Chernóbil”, que a un apologista de Mao, que a un rockstar gringo; este período cuyo criterio de selección ha sido más que cualquier otra cosa un criterio político y social. Las ganas de “amistarse” con la China preponderante cristalizaron en el Nobel de Mo Yan –autor que no es más que un García Márquez de segunda (tomar en cuenta que García es de por sí un Kawabata de tercera)-, pero que crea gran simpatía en el gobierno chino como parte de su “literatura permitida”, haciendo parecer que en China hubiese plenas libertades, tapándole el ojo al macho. El premio a Mo Yan contrasta gravemente con el período de lucidez anterior, concretamente con el gran trabajo de Gao Xingjian (exiliado político chino refugiado en Francia), que fue perseguido por su arte e ideas y que supo crear un lenguaje aparte, uno propio, y que fue premiado con el Nobel de Literatura en el año 2000. Y lo mismo ocurre si comparamos el premio al francés Patrick Modiano (premiado durante la chochez) y a sus cuentos de pobres-judíos en la guerra, contra las historias de desplazados africanos y el subdesarrollo latinoamericano retratado por su compatriota J.M.G. Le Clézio (premiado en el período de lucidez). La vuelta a la derecha que dio el Nobel de Literatura es innegable. Su vuelta al conservadurismo, ese sesgo moral que aparece con la vejez y que parece decir: el arte de la juventud es frivolidad, el arte de la madurez es vanidad; sólo el arte de la senectud es el bueno, sencillo, conservador, sin aspavientos, bienportado.

Ese es el fenómeno al que ahora se enfrenta Cannes. Desde que Frémaux asumió la dirección general en 2007, el cambio en el festival se hizo notorio pero no se consolidó sino hasta el año 2012. Justo después de premiar al Haneke más conservador, el Haneke de Amour. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo y a la derecha (curiosamente casi al mismo tiempo que el envejecimiento del Nobel). Las siguientes palmas de oro fueron  para llorar: una película de lesbianas a la que nadie se atrevió a decirle que era mala, aburrida y genérica; una complaciente película turca que hace para el régimen de Erdogan lo mismo que Mo Yan al comunismo chino; la peor película de Audiard, a la que se le premia sólo por sus grandes promesas comerciales y por la ensoñación de “hermanar” cine comercial hollywoodense con el arte cinematográfico; hasta llegar al gran desastre de “I, Daniel Blake”: una de la peores decisiones de su jurado en las últimas décadas, esa decisión poco profesional de premiar a una película panfleto disfrazada de libertaria pero llena del racismo de la vieja Europa, una película manipuladora, comercial y sentimentaloide, digna apenas del Hallmark Channel.

Y todo esto sin mencionar el desgaste ocasionado por las pretensiones comerciales del señor Frémaux, que en su afán económico ha vendido y revendido y creado y recreado cuanta sección “paralela” se le antoja. Cada vez se diluye más la importancia de la Selección Oficial y de la Palme d’Or, frente a las franquicias que les crecen como hongos. El premio de Un certain regarde, la cinéfondation, la quincena de realizadores, la semana de la crítica, el trofeo Chopard, el premio ecuménico, etc., todos ellos se han proliferado en promoción y han disminuido el prestigio y seriedad del premio oficial de una manera impresionante. Ahora cualquiera que se presenta en la sección más pequeña, no oficial y alejada del Festival, ya regresa a su país y se vende con todas las distribuidoras como “ganador (o participante) de Cannes” y sin más recibe las carretonadas de aplausos y de billetes. Todo con el auspicio y el beneficio de Thierry Frémaux, que parece estar interesado únicamente en el beneficio económico y no en el artístico, como estuvo el festival de antaño. Aquí en México se ha ostentado al hijo de un corruptísimo ex secretario de Estado como “ganador de la Palma de Oro”. Aquí en México si entras a las fichas curriculares de los legisladores te encuentras con que la bufona de la televisión Carmen Salinas se presume como ganadora de la Palma de Oro, no una, sino TRES veces. A ese nivel ha llegado la disolución de Cannes.

El desmesurado interés económico los ha llevado a su última gran metedura de pata: la de permitir que una productora trasnacional dicte las reglas de la Selección Oficial. No hay que confundirse en este aspecto. En el escándalo con Netflix, los únicos cerrados e intransigentes han sido ellos (Netflix) desde un inicio. Es bien sabido que cualquier productora que aspire a presentarse en la selección oficial del festival debe cumplir unas simples reglas. No importa si es Producciones Pepito o Warner Bros, todos deben exhibir en salas cinematográficas francesas. Todas. Hasta Producciones Pepito. Y no importa la plataforma. Podrías haber hecho la película con un celular, de todos modos tendrías que presentarte y exhibir en salas francesas. Cuando se permite que Netflix se brinque esta regla, lo que se está haciendo es una discriminación económica. Porque Producciones Pepito tampoco puede permitirse exhibir en Francia, no tiene los medios. Ah, pero la trasnacional gringa sí puede saltarse esa regla, mientras que la hipotética Producciones Pepito tiene que quedarse fuera. No se trata, como han intentado confundir muchos, de la “plataforma” o de la “forma de crear”; la forma de crear es la misma que la de cualquier GRAN productora de Hollywood (que es lo que es Netflix), y lo de la “plataforma” es inherente, repito: así hagas una película con un celular, ésa podría presentarse siempre y cuando cumpla las reglas. La gente ha sido azuzada a pensar que de alguna manera retorcida la gran productora gringa es algo así como “independiente” o “universitaria” o “artista contemporáneo” o cualquier similar, pero no es así: es una gigantesca trasnacional cambiando las reglas de un festival de arte. Y eso, eso es lo que debería estarnos haciendo gritar.

Cuestión aparte la de que se estén evadiendo las reglas, y permitiendo que las trasnacionales dicten las normas, se ha ocasionado un detrimento artístico. Piensen: hace diez años, ¿en qué universo paralelo hubiese sido posible siquiera imaginar que Adam Sandler estaría presentándose a la par de los genios que aspiran a la Palma de Oro?

A este paso se vuelve completamente plausible que Fausto Alzati o Carmen Salinas, en efecto, puedan ganarse una palma.
Thierry Frémaux, debe rendir cuentas sobre su dirección del festival. O renunciar. Que se vaya a dirigir los Emmys, o los globos de oro, estoy seguro de que ahí le iría muy bien, como buen comerciante.

Para fortuna de los artistas y de los espectadores el arte cinematográfico aún es joven. Y esta juventud le ha permitido que aún ni siquiera haya un “gran premio oficial” como el Nobel en la literatura. Como todo mundo sabe hay varios festivales con la misma certificación que Cannes. Los festivales de Venecia, Berlín, Karlovy Vary, entre otros, son todos de la misma clasificación. Y ya ha pasado antes que quien dicte los verdaderos criterios artísticos del cine sea otro festival y no Cannes. Durante los 70’s, mientras que Cannes premiaba y les rendía pleitesía a los gringos como Scorsese, Coppola y su pandilla, estaba Berlín del otro lado: premiando a De Sica, Pasolini y Fassbinder. (Cannes por cierto NUNCA premió a Fassbinder ni a Pasolini). O bien en la década de los 90, en que mientras Cannes premiaba a Nicolas Cage con David Lynch, o a Quentin Tarantino, estaba del otro lado Venecia: premiando a Tsai Ming-Liang o a Kieslowski.

Parece que por lo pronto es la única alternativa que nos queda: darle voz a quien no tenga el criterio ya vetusto, comprometido o coaccionado a los grandes intereses políticos y ecónomicos. Ojalá que Pedro Almodóvar logre mostrarle el cambio de dirección que tan desesperadamente necesita el festival que dirige el señor Frémaux; si no, siempre tendremos Venecia, que curiosamente muestra la curva en la que Cannes ha caído pero al revés. Me explico: Cannes tuvo su última palma “buena” en el 2012 con Haneke, y a partir de ahí todo fue para abajo; pero Venecia tuvo su último León de oro “malo” en 2011, año en que premió la estupidez de “Somewhere”, y a partir de ahí todo ha sido subir de nivel. En 2012 Venecia premiaba al Sokurov más regio y maduro de toda su filmografía con una adaptación de Goethe; después le siguieron Kim-ki Duk, Roy Andersson, Lav Díaz, (todos ellos entre los más grandes cineastas vivos, y que por cierto Cannes nunca ha premiado), y una notable gran excepción con la ópera prima de Lorenzo Vigas “Desde Allá”. Parece que más bien nos hemos tardado en voltear a ver que al menos desde hace un lustro que la estafeta del arte cinematográfico se da en Venecia.