vcalvache

James,

Te digo, vos a mí no me importabas mucho hasta que me fui de Colombia. Después de eso, después de poner a vender mi ropa y meter en maletas la que no fui capaz de dejar ir, después de decirle a Lady Gaga — mi perra — nos vemos pronto, después de un abrazo — otro — bien duro y salvaje, bien de adulta, así de mucho aguante, James, creo que cada que te veía de reojo, de vez en cuando, mientras calificaba, mientras pasaba el tiempo del bus viendo Twitter y viendo lo que la prensa andaba diciendo, mientras me preguntaba si de verdad no era una impostora, cuánto era lo que merecía estar aquí, mientras todo eso, te veía en la banca, o en los últimos 18 minutos, o 20, o ni siquiera en la banca como al final, y te miraba a vos y en realidad me veía a mí.

Qué tan egoístas, qué tan imbéciles tenemos que ser los seres humanos para ver a otros solo cuando podemos cambiarlos por la forma de nosotros mismos. Pero así es y así fue y ahora vas a saber que adelante, hasta la victoria siempre, y por qué.

Ah ese mundial 2014, James. Esa punta en la lanza, ese lucerito mortal. Vos como el alfa y la omega de este país, este país de a pedazos que apenas estaba devolviéndose a sí mismo del enojo y del cinismo, James, vos eras la carne y la sangre de todo eso que queríamos ser en momentos de estrés y de verdad, y lo fuiste por ese gol contra Uruguay, ese que casi no pude ni ver—no solo porque la tele estaba lejos, sino por todo el whisky—sino de reojo, como casi todas las cosas que merecen mi recuerdo. Ahora que lo pienso y veo de nuevo a todos levantarse milímetro a milímetro de los asientos de la sala, del piso, de los asientos de la terraza, veo a todos con esa mirada de los que apuestan y ganan sin haber tenido cómo pagar. Ahora que lo pienso James, ahora que vuelvo a ver los ojos y a sentir el abrazo de alguien amado, ahora sé todo lo que significó. En ese momento, por supuesto, pero para el futuro que ya es ahora — y ambos ya tenemos veintiséis jueputa — significó que no solo sos una estrella, James, sino el mejor de los agüeros.

Bellísimo, maldita sea. Bellísimo porque ese gol es como la vida misma, como la vida de algunos de nosotros que nos ha tocado movernos y a veces las cosas parecen que no suceden hasta último momento, aunque las hagas con maestría, pero en esos segundos finales sabes que la pelota entra y que vas a tener que lidiar solo con la falsa lisonja, con la sonrisita de quién no quiere que te hayan sucedido las cosas. Guepa.

Ahí bailamos, con ese bailecito que se sacaban debajo del botín y de la nacionalidad, de la cadera que a uno lo empuja a decir que la vida es ese vibrar con la música, así sea en silencio; con los insultos, así estén escritos en primera página. Bailamos, como vos bailás para celebrar el gol solo con la selección. Y me acuerdo de esas veces en este año que he estado triste, que he estado preguntándome si de verdad es que escribo o qué hijueputas, y entonces, de la nada, me he puesto a bailar en la ducha, duro.

Que nos cansemos de celebrar y de perder, da lo mismo.

Abro la boca y se me sale ese acento, denso, desde las tetas, acento suramericano, pobre, de espalda mojada. Ese se me sale. Pero en la prensa dicen James con jota y no con ye, y a lo que me refiero es que antes que respetar a tu zurda y a tu cadera, has puesto a los blancos y blancuzcos a pronunciar tu nombre como se dice. Yo también. Así como dicen ‘Hamez Roudreegaiss’, así también dicen el mío: Valenteenuh Calvachee. Al menos los hemos puesto a dudar su lengua, maldita sea, al menos eso.

Cuando veía tu cara, cuando veía tu cara al decir “la concha de su madre, no me pone un partido completo”; cuando la veía detrás de esa chaqueta de plumón negra, totalmente tapado, con la prensa española quejándose de tu “actitud”; o cuando ni siquiera te veía, porque vaya las guevas las tienen flacas como para no convocar al James de los remates “picassescos”; cuando eso también veo mi cara, y las de un baldado de latinos que no somos tan grandes como vos, James, pero que igual nos la estamos jugando al enseñarle composición en inglés a muchachitos que han hablado ese idioma desde que pudieron decir dad. Veo nuestras caras cuando, por ejemplo, íbamos a leer en LA y nos preguntaron que si teníamos gente a la que invitar a escucharnos, y yo por supuesto no tenía a nadie, no tenía a nadie más que a mi presente con la raza. Y así leí, sola, como vos en la tribuna, como vos llevando esa maleta al bus, solitario y puto, cabrón, solitarios pero como escribí en eso que nunca les gustó a mis compañeros gringos: “pero con una nación en nuestra frente”.

Conozco la impotencia, y conozco además, ahora lo sé, que por tener el pasaporte que tenemos, la piel que tenemos, el acento que tenemos, estamos destinados a esperar como vos, James. Nosotros para ellos no nacimos para ser titulares, ni para jugar, sino para esperar; nosotros somos un “problema”. Delante de mí también hay Iscos y Vazqueses; nosotros estamos de 20 en la plantilla. Pa’ eso estamos supuestamente y en tu vida en la banca, aburrido y encabronado, tenías que saber que es una larga tradición de sudacas los que esperaban contigo, las que esperaban contigo. Pero ¿sabes? Lo que eres y lo que me llena hoy el corazón es que haces mala cara, jueputa; es que no te conformas y no actúas conforme a la servidumbre de nuestra parte a la que están acostumbrados. “La concha de su madre, no me pone un partido completo”. Algunos dicen que sos arrogante, sé arrogante, qué más da, sos arrogante pero haces asistencias como nadie porque este mundo está lleno de los que definen—gracias a la agudeza de la asistencia—, pero eso de que hagas pases y llenes de gloria a otros demuestra de qué está hecha nuestra carne: odiosa, violenta, sí, pero también leal, leal hasta la contradicción.

Ya sabes como es Colombia, no creemos en nuestro himno—de pronto vos tampoco—, pero lo cantamos porque nos lo sabemos de pe a pá y también sabemos que tenemos que ir y volver a tierras desconocidas como colonizadores, como los mismos que nos sometieron y que estamos en todo nuestro derecho de usar como símil porque con todo el dolor lo hemos merecido. Me acuerdo de ese cuento de Bolaño — como vos también me recuerdas a Bolaño y después de diré por qué — , ese cuento titulado “Buba”. Ah, la soledad y el pragmatismo astringente que se respira en ese cuento, James, ese eres vos y esa soy yo: encerrados en nuestras habitaciones compartidas, y a veces privilegiadas, que sabemos apenas son un castillo de naipes rentado por nuestra mano de obra barata*.

No importa si Zidane no celebró contigo. Cada pase, cada remate fue una conquista como para mí fue una conquista no solo haber venido aquí sino también lidiar con la pregunta de que si alguien habrá de interesarse por mí en LA. Me pesa esa narrativa de que tengas un precio — alto menos mal — y de que seas una propiedad que se venda al mejor postor cuando sos el cuerpo y el alma de los que estamos metaforizados en cada movimiento tuyo, James. Te digo que, ahora que lo pienso, otra vez, vos juegas como Bolaño escribe, como tratando de desprenderse de todo eso arbitrario que significa el origen y la identidad; como tratando de hacer un partido más allá de las propias posibilidades que tiemblan cuando tocas el balón.

Yo no celebro tanto, pero me pasa electricidad por el dorso cuando veo tus goles y cuando veía tu cara de Malparido déjame jugar.

Vuelvo a Colombia pero ahora solo de vacaciones. Siempre con la mente en una fecha de regreso a los Estados Unidos pero siempre con los ojos puestos en vos, que cuando vuelves a la selección, sabes que es diferente y que si Colombia es un problema—como lo eras para el Real—, yo también para un país que aparentemente tiene que lidiar con el prejuicio de mi acento y mi origen. Pero también regreso contenta porque hay gente que dice que conmigo aprendió más que con el profe principal, regreso con la frente oscurita y sudorosa en alto porque así es como comenzamos de nuevo, James, así comenzaremos otra vez otra temporada en lugares tan hostiles que algunos periodistas osan comparar con la “vorágine”.

Hay una canción de Héctor, ese grande que no me daría pena en comparar con vos, que dice: pa’lante alta la frente, de frente vamos a demostrar, que lo nuestro no fue un golpe de suerte, somos hacha y machete y esa es la verdad.

Sos la verdad, James. Somos.

América

Te mandan como un explorador con la linterna en la mano. Y con la frente llena de sudor empiezas a caminar y a iluminar. Los ojos en tu espalda te dan cierta audacia para caminar más rápido, más seguro. Porque en tu cabeza esos ojos están, ahí, a la vuelta. Pero a veces dudas, y no lo quieres hacer presente, y no volteas para asegurarte, pero a veces dudas. Así que con un breve movimiento te das cuenta de que se han ido.

Sientes un poco de pánico al principio, y al pestañear no le cabe un poco más de pánico a tu organismo. Y puedes reír, como la risa de quien lo ha perdido todo y no se sabe si es porque al perderlo todo se es un poco más o menos libre. O también puedes llorar, pero corto, porque ante todo, cada célula te recuerda que tienes que sobrevivir.

Apuntas tu linterna hacia todos los lados y el paisaje es el mismo: arena amarilla en el piso; negrura limpia alrededor. Y apuntas hacia arriba y te preguntas por qué habrías de hacer eso, y entiendes que es el momento en el que tu nombre ha dejado de pensar y ha comenzado a hacer. Y te iluminas los pies. Tienes tenis.  Puedes correr, sobrevivir, ¿recuerdas? En el bolsillo cargas un chicle y hoy eso te parece que significa el mundo. Metes tu mano y lo tocas y eso te habla de la posibilidad de salir ilesa si tan solo empiezas a mover tus pies, y dejas de preguntarte dónde están las personas que te mandaron a explorar. Y mueves un pie y después el otro, cada vez con más ritmo, porque el ritmo, no la velocidad, te va a salvar. Y cada vez te alejas más de ese punto donde estabas y con la mano en el bolsillo empiezas un viaje que no tiene final. El horizonte son esos tres metros que la linterna alcanza a alumbrar. Pero si te mueves, sientes, al menos tienes una oportunidad. Cada paso que das borra un poco tu traje de lástima. El mareo te acompaña, el vértigo. A veces la melancolía se transforma en rabia. A veces la rabia se transforma en un paso más fuerte, en un paso con todos los músculos conscientes. A veces quieres mirar atrás, por si acaso en una de esas veces vuelvas a mirar los ojos que te abandonaron. Vuelves a la rabia, vuelves ahí. Algunos de esos ojos te invocan algo así como cariño y empiezas a elaborar justificaciones plausibles de su ausencia, y a veces, solo a veces, esa falta se transforma en calorías que te llenan de valor para colonizar tan solo con una linterna. 

Cuando menos lo piensas, vuelves a la arena y la oscuridad; dejas de estar en tu cabeza y en sus dudas. Haz caminado tanto, pero no sabes cuánto; no tienes cómo probar. Pero tu corazón sabe que has caminado esa distancia y debajo de una piedra que pateas se muestra un alacrán y por primera vez en tu vida ves al alacrán no como una amenaza, sino como compañía. Levantas la mano y le dices adiós mientras caminas. Tomas ese encuentro como el signo de estar en el camino que te va a llevar hacia algún lugar que no sabes que existe, pero que existe, porque eso, tener seguridad en lo invisible, es lo que hacen los conquistadores.