valentina calvache

Joven, demasiado joven

The Internet’s Own Boy | 2014 | 105 min  

Nota: Esto no es un mensaje de autoayuda, ni de empoderamiento. Esto es apenas la sospecha de una mezquindad.

Hablan de la juventud como una enfermedad que necesita ser superada. Hablan como si supieran, como si por ellos, y tras ellos, no estuvieran tres guerras mundiales (por decir lo menos) y una recesión económica mundial. Hablan con condescendencia, atreviéndose a preguntar por qué somos tan cínicos, tan preocupados por nosotros mismos, cuando nos han dejado un planeta en desidia, pobreza, polución y basura; cuando somos la última esperanza de una civilización que debe cambiar desde el principio para continuar con vida. Destruyen la economía y se atreven a reclamarte con sus ojos llenos de suficiencia por qué no tienes un carro o no tienes hijos. Nunca en la historia del mundo ha existido más dinero, y sin embargo, te quieren pagar “con experiencia”. Se burlan de que vivimos con nuestros padres, pero parece que no se enteraran de que hemos llegado al punto en el que tienes que invertir 50000 dólares para obtener un simple diploma de pregrado. De los 300 dólares mensuales que te pagan, cuando te pagan, todo se va directamente al préstamo que sacaste para pagar la universidad. Te dicen con sorna que eres de las personas que nacieron para la gratificación instantánea mientras no son capaces de esperar en la fila para conseguir una mesa. Se quejan porque no haces nada, pero cuando tienes una idea te dan palmaditas en la espalda, te dicen que esperes, que ahora que eres joven no sabes nada, que algún día te llegará el argumento ineludible de la edad correcta.

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América

Te mandan como un explorador con la linterna en la mano. Y con la frente llena de sudor empiezas a caminar y a iluminar. Los ojos en tu espalda te dan cierta audacia para caminar más rápido, más seguro. Porque en tu cabeza esos ojos están, ahí, a la vuelta. Pero a veces dudas, y no lo quieres hacer presente, y no volteas para asegurarte, pero a veces dudas. Así que con un breve movimiento te das cuenta de que se han ido.

Sientes un poco de pánico al principio, y al pestañear no le cabe un poco más de pánico a tu organismo. Y puedes reír, como la risa de quien lo ha perdido todo y no se sabe si es porque al perderlo todo se es un poco más o menos libre. O también puedes llorar, pero corto, porque ante todo, cada célula te recuerda que tienes que sobrevivir.

Apuntas tu linterna hacia todos los lados y el paisaje es el mismo: arena amarilla en el piso; negrura limpia alrededor. Y apuntas hacia arriba y te preguntas por qué habrías de hacer eso, y entiendes que es el momento en el que tu nombre ha dejado de pensar y ha comenzado a hacer. Y te iluminas los pies. Tienes tenis.  Puedes correr, sobrevivir, ¿recuerdas? En el bolsillo cargas un chicle y hoy eso te parece que significa el mundo. Metes tu mano y lo tocas y eso te habla de la posibilidad de salir ilesa si tan solo empiezas a mover tus pies, y dejas de preguntarte dónde están las personas que te mandaron a explorar. Y mueves un pie y después el otro, cada vez con más ritmo, porque el ritmo, no la velocidad, te va a salvar. Y cada vez te alejas más de ese punto donde estabas y con la mano en el bolsillo empiezas un viaje que no tiene final. El horizonte son esos tres metros que la linterna alcanza a alumbrar. Pero si te mueves, sientes, al menos tienes una oportunidad. Cada paso que das borra un poco tu traje de lástima. El mareo te acompaña, el vértigo. A veces la melancolía se transforma en rabia. A veces la rabia se transforma en un paso más fuerte, en un paso con todos los músculos conscientes. A veces quieres mirar atrás, por si acaso en una de esas veces vuelvas a mirar los ojos que te abandonaron. Vuelves a la rabia, vuelves ahí. Algunos de esos ojos te invocan algo así como cariño y empiezas a elaborar justificaciones plausibles de su ausencia, y a veces, solo a veces, esa falta se transforma en calorías que te llenan de valor para colonizar tan solo con una linterna. 

Cuando menos lo piensas, vuelves a la arena y la oscuridad; dejas de estar en tu cabeza y en sus dudas. Haz caminado tanto, pero no sabes cuánto; no tienes cómo probar. Pero tu corazón sabe que has caminado esa distancia y debajo de una piedra que pateas se muestra un alacrán y por primera vez en tu vida ves al alacrán no como una amenaza, sino como compañía. Levantas la mano y le dices adiós mientras caminas. Tomas ese encuentro como el signo de estar en el camino que te va a llevar hacia algún lugar que no sabes que existe, pero que existe, porque eso, tener seguridad en lo invisible, es lo que hacen los conquistadores.