un auto menos

La revolución de los privilegiados

Si vives en el Ajusco, debes saber dos cosas. Primero: Las lluvias, no son lluvias; son tormentas invernales. El viento y la altura convierten tu ropa en un pequeño ataúd de escarcha; pequeños fragmentos de hielo que se cuelan entre el tejido de tu suéter y van quemando tu piel, más y cada vez más, mientras corres para protegerte del aguacero. Segundo: Cuando llueve, más vale que te alistes para el caos. La Picacho-Ajusco se convierte en un río monstruoso que se desgaja de arriba a abajo. Su poderoso torrente carga con piedras, basura, mierda, y algunos zapatos que las víctimas del arroyo pierden al intentar cruzar la avenida, de banqueta a banqueta. Oh, gente, y no intentes tomar un microbús. No lo lograrás. Nunca. Nunca podrás subirte a uno. Te urgirá llegar a casa, tomar un baño caliente, beber un café, abatir el frio que está partiendo tu cuerpo. Pero ya todos vendrán ocupados, y más que eso, atascados de gente que viene de Ciudad Universitaria o de Tasqueña. Es imposible. Te digo que es un desastre.

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