trinchera

Hay historias de amor,
que nunca terminan 
Que se esconden tras
la vuelta de tu esquina.

Que bailan sobre un solo pie 
Que reman con un remo,
que beben sin sed.

Hay espacio, hay dolor,
hay deseo 
Corazones en el aire
llenos de agujeros.

Hay besos compartidos,
robados elegidos 
Mil señales de humo
entre amantes perdidos.

Amores de un rato,
sin tiempo ni trato.

Leyes de gravedad sin caída 
Cicatrices sin herida 
Despedidas, bienvenidas
que suelen caminar
por la misma avenida.

Hay tanto a elegir 
Y tú y yo aquel día coincidir, coincidir, coincidir.

Era tu historia 
Se cruzó con la mía 
Tanta gente, tanta gente
ahí fuera 
Y coincidir aquel día.

Hay historias al borde,
del precipicio 
Que se buscan en los baúles,
de un principio.

Hay noches sin sofocos 
Lágrimas sin princesas
ni espejos rotos.

Hay revoluciones
entre corazones 
Partidas de dos labios
sin peones.

Sudores tentaciones,
citas sin flores 
Llenas de pasiones sobre parques congelados 
De mirones entre neones.

Amores platónicos conformes 
Camas sin treguas
sin confecciones.

Soldados del amor sin fusiles 
Que apuntan a dianas
de corazones sensibles.

Tanto a elegir 
Y tú y yo aquel día coincidir.
 
Hay historias de amantes 
En las trincheras 
Que luchan en la batalla diaria 
De esta ciencia incierta.

Buscando algún hueco 
De algún corazón abierto 
Buscando amor.

Hey óyeme 
Tan solo tú y yo.

Made with Spotify

Defender la alegría como una trinchera 
defenderla del escándalo y la rutina 
de la miseria y los miserables 
de las ausencias transitorias 
y las definitivas 

defender la alegría como un principio 
defenderla del pasmo y las pesadillas 
de los neutrales y de los neutrones 
de las dulces infamias 
y los graves diagnósticos 

defender la alegría como una bandera 
defenderla del rayo y la melancolía 
de los ingenuos y de los canallas 
de la retórica y los paros cardiacos 
de las endemias y las academias 

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos 
de los suicidas y los homicidas 
de las vacaciones y del agobio 
de la obligación de estar alegres 

defender la alegría como una certeza 
defenderla del óxido y la roña 
de la famosa pátina del tiempo 
del relente y del oportunismo 
de los proxenetas de la risa 

defender la alegría como un derecho 
defenderla de dios y del invierno 
de las mayúsculas y de la muerte 
de los apellidos y las lástimas 
del azar 
y también de la alegría.

—  Mario Benedetti
Quisiera algún día encontrar a alguien que me quiera por lo que soy, que no le provoque un esfuerzo emocional involucrarse conmigo, que me quiera con mis celos naturales pero no obsesivos, que cuando invente una nave para huir del mundo se suba conmigo, alguien con quien bailar en la sala, el parque o cuando llueve en las calles, que su trabajo no se apodere de su corazón y su deseo no le devore el alma, alguien que sepa ser libre pero también crear en el contrato mutuo de pareja, quién en la adversidad no le de miedo crecer, pero sobre todo alguien que pueda quererse porque un desgaste de energía y una trinchera de frustraciones estar con alguien que no sabe amarse
—  Quetzal Noah

  DEMONIOS ANHELOS Y OTROS VERSOS               

                 ¨Hasta los demonios se detienen a pensar en amores¨

Una vez me vi envuelta en trivialidades,

Con un demonio que venía de otras eras

Navegamos en mares de piel y trincheras

De sus hijos mi vientre seria la cuna

En afectos ya me hacía Calentando

Agua para hacer café

Haciendo seis calcetines de estambre

Puliendo reconocimientos de plata

Bailando un vals entre las cortinas del tiempo.

Una vez me vi envuelta entre sus brazos con

Forma de promesas, que me hacían pensar

 Que éramos la poesía con sabor a verdad.

canción para acompañar el texto.
Poesía original de @los-laberintos-de-mi-memoria

3 meses.

Sin duda este ha sido él mes mas difícil que hemos tenido, y aunque no hemos tenido muchos se siente así, como si te conociera de hace mil años (exagerando), quiero que sepas que en todo este tiempo, yo me he convertido en tu fan #1, y en la persona que quiere cuidar de ti en las buenas, en las peores, siempre. Recuerdo que cuando eramos amigos y te empecé a mostrar lo que escribo, leíste una frase que te gusto. “El amor es entender que habrá más días grises en la habitación, que días en los que mirar la tormenta por la ventana.” aún creo que es así amor, que no todo es color violeta brillando siempre, pero cuando estamos juntos que es la mayoría, sí. Me hubiera encantado saber que hace un año me saludaste y que tal vez hubo la posibilidad de ser amigos, pero, tengo siempre presente de que las cosas pasan como tienen que pasar, sin errores en las piedras que te encuentras en el camino, y tu has sido mi luz desde enero, mi fuerte que lanza llamas, todo lo que creí no merecer. Todos los días lucho contra todo para ser buena para ti, para curar tus heridas y que ya no duelan y trato de convencerme de que lo estoy haciendo bien. Eres lo mejor que me ha podido pasar, estoy tan enamorada de ti. Y sé que podemos con todo mi vida, podemos con tus enojos y con mis comas, con tus manías y con mis celos, bueno, más bien nuestros celos. Feliz 3er mes cielito, nunca he estado tan segura de algo, y me encanta estar segura de ti. Y porsi no entendiste te lo diré en tu idioma rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr rawr. Mejor?

Mi dinoñol no es tan bueno pero lo intento, lo intento todo por ti por que te amo. No tienes idea de lo mucho que te amo, y lo quiero todo amor, no es necesario que te lo explique pero sí, lo quiero todo.
Quiero tus infiernos, quiero hacerlos nuestros; míos. Quiero tus miedos, inseguridades, tus ganas de ser escultural; aunque no lo necesites. Quiero tus caprichos, tus repentinas ganas de mandar al diablo todo. Quier tus días difíciles, tu estrés, dolores, penas, esas entradas que tanto te esfuerzas por ocultar. Quiero tu crítica social, tu falta de paciencia, tus antiguos amoríos que no significaron nada, y los que si. Quiero tus problemas familiares, a tu madre con problemas conductuales, a tu hermana que es tu único fuerte, a tu padre inentendible que siempre te consiente; consentido.
Quiero a cada uno de tus demonios porque sé que vendrán de la mano con tus ángeles, y a ellos también los quiero.
Quiero tu sonrisa, tu pelo, tus ojos.
Quiero la seguridad que siento a tu lado, y la paz que me dan tus manos. Quiero tu vocación y las ganas que ahora tienes por cambiar el mundo, de comértelo en un sólo bocado. Quiero tu rebeldía, tu madurez. Quiero que me abraces como sólo tú lo haces. Te quiero en mi poesía, en mi cama, en mi vida. Quiero ser tu trinchera contra el mundo. Quiero ser quien te espere al final del camino; y que tu estés al inicio del altar. Quiero tu filosofía, tus detalles, besos. Quiero tu recuerdo, tu presencia, tu ausencia.
Te quiero en todas y cada una de tus facetas. Quiero no poder olvidarte, que vivas y mueras a mi lado; si es que yo no muero antes. Quiero sostener tu mano por la vida, y que tu lo hagas con la mía.
Te quiero en cada uno de mis vicios, que bien los conoces.
Lo quiero todo, absolutamente todo. Y lo quiero por que te quiero, a ti, y te amo.

Estoy muy orgullosa, por lo que somos, y me emociona pensar lo que seremos, me hubiese encantado que esto te hubiera entregado en papel, pero unos cuantos pequeños kilómetros nos lo impide. Te amo Gabriel Cepeda, perdón por todo lo de hoy, se que tuve gran culpa, pero quiero solucionarno te amo, te amo, te amo, te amo por siempre, te amo para siempre.

-Mv

Mis labios todavía no te han visto y ya sospecho que los tuyos gritan rebeldía.
Te he imaginado en un banco delante de mí 
y no pude evitar imaginarnos siendo vida 
La noche es un baobab y tus ojos son refugio 
en un bosque que nunca se incendiará
Voy a gritar Isabel Santamaría cada vez que roces mi clítoris
porque se merece ese homenaje 
Voy a cavarnos una trinchera para tener un sitio donde poder bailar

No pronunciaste ningún quédate en voz alta 
pero si me explicaste cómo volver. 

No sé en qué estación esperar porque aquí siempre es primavera 
-valenciana- 
Ni qué tren coger para llevarte a Valparaíso
odio que un sitio me conozca más que alguien.
Te he imaginado en un banco delante de mí, 
me has dicho que vives con mucho odio. 
Pero también me has contado 
cómo cambiarías el mundo y ojalá ganes esa partida
de momento 
propongo salvar a las ratas topo
ya nos encargaremos del futuro cuando llegue.

Te he imaginado en un banco delante de mí
contándome como entrabas en las mansiones 
de la Moraleja 
a cambiar todos los muebles de sitio 
a cambiar el miedo de bando 
A cambiar las cartas que jugamos:
he imaginado el final de Carrero Blanco
para todos los gobiernos que financian guerras.                                            

He visto 30 antidisturbios delante de mí
con la suficiente sangre fría como para cargar 
contra nosotras
sólo me ha dado pena y ganas de cogerte la mano
hacer de nuestros cuerpos una barricada 
y de nuestra libertad, la elección de morir peleando.

Te he imaginado en un banco delante de mí
estábamos atracándolo.

—  @_tankred

Daría lo que fuera por volverte a ver
daría hasta mi vida y mi fusil,
mis botas y mi fe.

Por eso en la trinchera de mi soledad
tus ojos son mi luz
y tu esplendor mi corazón.

Y si no fuera por ti
yo no podría vivir
en el vacío de estos días de no saber.

Y si no fuera por ti,
yo no sería feliz
Como lo soy cuando con tus besos
me veo partir.

Y es que solo con saber
que al regresar
tu esperarás por mí
aumentan los latidos de mi corazón.

Volverte a ver es
todo lo que quiero hacer
volverte a ver
para poderme reponer.

Porque sin ti
mi vida yo no soy feliz
porque sin ti
mi vida no tiene raíz
ni una razón para vivir.

Lo único que quiero es poder regresar
Poder todas las balas esquivar y sobrevivir
tu amor es mi esperanza
y tú mi munición
por eso regresar a ti
es mi única misión.

Eres todo lo que tengo
y no me quiero morir
sin poder otra vez
volverte a ver.

Made with Spotify
No sé a dónde voy pero quiero que vengas conmigo. Todo de ti me hace bien, me alimenta, me construye, me alegra, me llena de paraíso el espíritu. Me agrada ver cómo los detalle toman forma cuando reflexiono en todo lo que me ha llevado a ti, los distintos motivos que nos cruzaron, ese espectáculo de sombras del que ahora me río, la angustia que ya no me devora. Ahora por la tarde y noche siento una extraña adicción al sonido de tus labios y quiero que se prolongue en mis oídos. Toda la cautela que sobrevive de mí ya perdió la fuerza, ahora no quiero llamarte ni mandarte mensajes, simplemente ir hasta donde te encuentras. Mi ánimo calca tu sonrisa, como un viento frío de febrero, un incesante torbellino de peces va salir de mí si me besas, voy a sacar arcoíris de los ojos y trincheras de mordiscos que no te darían paz. Te ansío, te como, te beso, te muerdo, te quiero, te necesito, te pongo en cuatro si quieres, ponte hermosa, te bebo, te broto, me brotas, me naces, te quiero hacer sudar. Estoy convencido de que quiero que vengas conmigo
—  Para Liz, El barrio de los besos, Quetzal Noah
Lo quiero todo

Lo quiero todo, mi amor. No es necesario que te lo explique, pero lo quiero todo.

Quiero tus infiernos, quiero hacerlos nuestros; míos. Quiero tus miedos, inseguridades, tus ganas de ser escultural;  aunque no lo necesites. Quiero tus caprichos, tus repentinas ganas de mandar al diablo todo. Quiero tus días difíciles, tu estrés, dolores, penas, menstruación y retrasos, ese incisivo chueco que tanto te esfuerzas por ocultar. Quiero tu crítica social, quiero  tu falta de paciencia, tus antiguos amoríos que no significaron nada y los que sí. Quiero tus problemas familiares, a tu madre con problemas conductuales, a tu hermano que es tu único fuerte, a tu padre que cerca estuvo de la muerte y siempre te consiente; consentida.

Quiero cada uno de tus demonios, porque sé que vendrán de la mano con tus ángeles y también a ellos los quiero.

Quiero tu sonrisa, tu pelo, tus ojos. Quiero la seguridad que sentía a tu lado, la paz que me daban tus manos. Quiero tu vocación, tus ganas de cambiar al mundo. De comértelo de un solo bocado. Quiero tu rebeldía, tu madurez. Quiero que me abraces como solo tú lo haces. Te quiero en mi poesía, en mi cama y en mi vida. Quiero ser tu trinchera contra el mundo. Quiero ser quien te espere al final de tu camino; y al inicio del altar. Quiero tu filosofía, tus detalles, besos. Quiero tu recuerdo, tu presencia, tu ausencia.

Te quiero en todas y cada una de tus facetas. Quiero no poder olvidarte. Quiero que vivas y mueras a mi lado; si es que yo no muero antes. Quiero sostener tu mano por la vida y que tú la hagas con la mía.

Te quiero en el alcohol, en el tabaco, y en todos y cada uno de mis vicios.

Lo quiero todo, absolutamente todo. Y  lo quiero porque te quiero, a ti, y te amo.

Autor.- Sergio H. García

http://serchgarc.tumblr.com

Defensa de la alegría

Defender la alegría como una trinchera 
defenderla del escándalo y la rutina 
de la miseria y los miserables 
de las ausencias transitorias 
y las definitivas 

defender la alegría como un principio 
defenderla del pasmo y las pesadillas 
de los neutrales y de los neutrones 
de las dulces infamias 
y los graves diagnósticos 

defender la alegría como una bandera 
defenderla del rayo y la melancolía 
de los ingenuos y de los canallas 
de la retórica y los paros cardiacos 
de las endemias y las academias 

defender la alegría como un destino 
defenderla del fuego y de los bomberos 
de los suicidas y los homicidas 
de las vacaciones y del agobio 
de la obligación de estar alegres 

defender la alegría como una certeza 
defenderla del óxido y la roña 
de la famosa pátina del tiempo 
del relente y del oportunismo 
de los proxenetas de la risa 

defender la alegría como un derecho 
defenderla de dios y del invierno 
de las mayúsculas y de la muerte 
de los apellidos y las lástimas 
del azar 
y también de la alegría.

Vamos a bailar antes de construirnos
un palacio de nardos en la cama,
vamos a bailar para abrazar los cálidos
besos del aire, para sentir la fresca agua
de los mantos celestes que se casan
con los lagos, vamos a hacernos murallas
con vocabularios eólicos para que nada
nos derribe, vamos a enamorarnos de
los parques, de las tardes del campo,
de las cosechas de los laureles y caireles,
caen en relámpagos zumbando las ideas,
quiero que tu y yo subamos a tantas azoteas
para recordar lo cerca que estamos del cielo,
ángeles tornasoles nos invitan un manjar,
los nimbostratos a nuestra disposición se ponen,
insisto en pulir con mis dedos y labios esa
túnica de roble, yo te haré como Driada y a veces
Ninfa en mi sereno, te quiero talismán
de geodas para mi fortuna, tu nada tienes
de que avergonzarte, te hare tatuajes con los
roces de mis manos a quemarropa, las palomas
nos verán, serán testigos de nuestro romance
con los espíritus del arte, terminaremos haciéndonos
trincheras con las pieles de los duraznos en cada
rincón de nuestro cuarto, vamos a abatirnos ferozmente
y a devorarnos, pero antes de aniquilarnos
ven, vamos a bailar un rato
—  Quetzal Noah
El cuento más corto del mundo.

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”

-Augusto Monterroso.


Probablemente la vida sea tan corta como el cuento más corto del mundo, probablemente la vida se ríe a carcajadas cuando nosotros nos burlamos de siete “simplonas palabras”.

Los dinosaurios se extinguieron sin comprender lo que sucedió, sin saber el motivo o la razón, imaginando que era un simple sueño, una pesadilla de la que algún día despertarían.

Quizás así sea la muerte, imaginar que despiertas y vuelves a encontrar la paz, el punto mediático entre el limbo y la realidad.

No morimos a diario, nos extinguimos a diario, cada día una parte de nosotros muere y si la fortuna brilla, algo nuevo nace, como un retoño de flor al salir el sol.

La humanidad dormida en su  trinchera, ignora lo que pasa a su alrededor, olvida los remolinos que lo llevan a la destrucción. Entonces cuando sus ojos se abren, quedan cegados al ver a un dinosaurio, imponente, no por su estructura, sino porque el dinosaurio es una metáfora que lo hará caer al más allá.

Avanzamos tanto, la tecnología es tan poderosa que nos absorbe como esponjas, pero nuestro repudio aún es tan grande, que el pasado se vuelve inalienable, y es demasiado tarde ahora, cuando todo arde en cenizas y caos, y solo resta jugar a ignorar.

Algún día comprenderemos que  la perfección jamás alcanzaremos, que las siete palabras de Monterroso deben de ser más que un sueño por alcanzar, porque lo seguimos viendo tal cual. El mensaje final es despertar, no para encontrarnos con un dinosaurio (que es lo que sucederá si continuamos igual), si no para luchar por no perder lo que nos queda de humanidad.

-Margaret Salvador,

Y nada era interesante, nada. Todo el mundo era igual, reprimiéndose y controlándose. Y yo tenía que vivir con esos mamones el resto de mis días, pensé. ¡Dios mío! Todos tenían un agujero en el culo y órganos sexuales y bocas y sobacos. Se sentaban y charloteaban y eran tan estúpidos como la cagada de un caballo. Las chicas tenían buen aspecto vistas a distancia, con el sol filtrándose entre sus ropas y cabellos. Pero cuando se acercaban y mostraban sus cerebros a través de la cháchara de sus bocas, te sentías con ganas de excavar una trinchera en una colina y esconderte con una ametralladora. Verdaderamente nunca sería capaz de ser feliz, casarme y tener hijos. Demonios, ni siquiera podía obtener trabajo como lavaplatos.
A lo mejor podría ser un asaltante de bancos. Algo realmente emocionante. Algo con relumbre y pasión. Sólo tenemos una oportunidad. ¿Por qué ser un limpiaventanas?
Encendí un cigarrillo y seguí bajando la colina. ¿Era yo el único en agobiarme por un futuro sin posibilidades?
—  La senda del perdedor, Charles Bukowski.
"Después Del Puente: Historia Completa (Jem/Tessa)"

Esta es una historia que Cassie escribió y publicó en su tumblr. Es para quienes se preguntan que hicieron Jem y Tessa después de encontrarse en el puente Blackfriars, en el epilogo de Princesa Mecánica. 

El dibujo al final fue hecho por la talentosa dibujante, Cassandra Jean Piedra.

ADVERTENCIA:

  • Puede contener spoilers de City of Heavenly Fire (Ciudad de Fuego Celestial). 
  • Puede contener spoilers de The Infernal Devices (Cazadores de Sombras: Los orígenes)
  • Sino te gusta Jessa, no los shippeas o no te gustan las escenas a las que Cassie llama “sexy” no leas.
  • Tiene cierto nivel de smut, pero nada grave. Lee bajo tu propio riesgo. 

Después Del Puente

“Este es el momento de comodidad y abundancia.

estos son los días por los que trabajamos tanto.

Nada nos puede tocar y nada nos puede hacer daño.

Y ya nada pude salir mal.”

 Keane - Love Is The End 

A final resultó que Tessa tenía un departamento que le pertenecía en Londres. Era el segundo piso de una casa blanca en Kensington, y mientras ella los conducía a los dos hacia el interior, su mano temblaba solo muy ligeramente mientras giraba la llave, le explicó a Jem que Magnus le había enseñado como los brujos podían engañar para ser dueños de una casa durante muchos siglos disponiendo las propiedades para ellos mismos.

“Después de un tiempo me dediqué a escoger nombres tontos para mí,” dijo ella, cerrando la puerta detrás de ellos. “Creo que soy dueña de este lugar bajo el seudónimo de Bedelia Bacalao”.

Jem se rió, aunque su mente estaba sólo en parte de sus palabras. Miraba alrededor del departamento, las paredes estaban pintadas en colores brillantes: una sala de estar lila, salpicada de sofás blancos y una cocina verde aguacate. Se preguntó cuando Tessa había comprado el piso, y por qué. Ella había viajado tanto, ¿Por qué hacer una base de operaciones en Londres?

La pregunta se perdió en su garganta cuando se volvió y se dio cuenta de que a través de una puerta entreabierta, pudo vislumbrar las paredes azules de lo que probablemente era un dormitorio.

Ante eso tragó, su boca de repente se secó. Era la cama de Tessa. En la cual ella había dormido.

Ella entrecerró los ojos hacia él. “¿Estás bien?” Lo tomó de la muñeca; sintió que su pulso disminuyó bajo su toque. Hasta que él se había convertido en un Hermano Silencioso, siempre tuvo el pulso bajo. Se había preguntado durante su tiempo en Idris, después de que el fuego celestial lo curara, si seguiría siendo así entre ellos: si sus sentimientos humanos volverían a él. Había sido capaz de tocarla y estar cerca de ella como un Hermano Silencioso, sin quererla como lo había hecho cuando era un mortal. Todavía la amaba, pero había sido un amor del espíritu, no del cuerpo. Se había preguntado, temía, incluso, que las sensaciones físicas y las respuestas no volverían a ser como eran antes. Se había dicho a sí mismo que incluso si la Hermandad Silenciosa había matado a la capacidad de sus sentimientos de manifestarse físicamente, no se sentirá decepcionado. Se había dicho a sí mismo que debería esperarlo.

No debería haberse preocupado.

En el momento en que la había visto en el puente, viniendo a él a través de la multitud, en sus modernos pantalones vaqueros y bufanda de la Libertad, con el pelo volando detrás de ella, había sentido como retenía la respiración en su garganta.

Y cuando ella se estiró, el pendiente de jade que él le regaló se asomó al rededor de su cuello y tímidamente se ofreció a él, su sangre había rugido a la vida en sus venas como un río sin represas.

Y cuando ella había dicho: “Te amo. Siempre lo he hecho, y siempre lo haré”, necesitó todo lo que tenía para no besarla en ese momento. Para hacer algo más que besarla.

Pero si la Hermandad le había enseñado algo, era control. Él la miró ahora y forzó su voz con firmeza. “Estoy un poco cansado”, dijo. “Y tengo sed. A veces olvido que ahora tengo que comer y beber.”

Ella dejó caer las llaves en una pequeña mesa auxiliar de palisandro y se volvió para sonreírle. “Té​​”, dijo ella, dirigiéndose hacia la cocina verde aguacate. “No tengo mucha comida aquí, no suelo quedarme mucho tiempo, pero tengo té. Y galletas. Ve a al salón; Yo ya voy allí”.

Tuvo que sonreír ante eso; incluso él sabía que ya nadie decía la palabra “salón” Quizás ella estaba tan nerviosa como él ¿No? Sólo podía esperar.

Tessa maldijo en silencio por cuarta vez mientras se inclinaba para recuperar la caja de terrones de azúcar del piso. Ella ya había puesto la tetera a hervir sin agua, había mezclado las bolsas de té, volcó la leche, y ahora esto. Dejó caer un terrón de azúcar en cada taza de té y se dijo a si misma que contara hasta diez, viendo como los terrones se disolvían.

Sabía que sus manos temblaban. Su corazón se aceleró. James Carstairs estaba en su piso. En su sala de estar. Esperando el té. Parte de su mente le gritaba que era sólo Jem, mientras que la otra parte simplemente chillaba igual de fuerte que Jem era alguien que no había visto en ciento treinta y cinco años.

Él había sido el Hermano Zachariah durante tanto tiempo. Y, por supuesto, que siempre había sido Jem en el corazón, con su ingenio y su inagotable bondad. Él nunca había perdido su amor por ella o su amor por Will. Pero los Hermanos Silenciosos no sentían las cosas como la gente común lo hacía.

Era algo que había pensado, a veces, en los últimos años, muchas décadas después de la muerte de Will. Ella nunca había amado a nadie, nunca nadie más que a Will y Jem, y los dos se fueron de su lado, a pesar de que Jem todavía vivía. Se había preguntado a veces lo que ellos habrían hecho si solamente habría sido prohibido por
los Hermanos Silenciosos casarse o amar; pero era mucho más que eso: él no podía desearla. Él no tenía esos sentimientos. Ella se había sentido como Pigmalión, anhelando el tacto de una estatua de mármol. Los Hermanos Silenciosos no deseaban el tacto físico, más de lo que tenían una necesidad de alimento o agua.

Pero ahora…

“ A veces olvido que ahora tengo que comer y beber”

Levantó las tazas de té con las manos aún temblorosas y entró en la sala de estar. Ella había conseguido amueblar la casa por si sola a través de los años, desde los cojines del sofá hasta la pantalla japonesa desplegada y pintada con un diseño de ramas. Las cortinas que enmarcan el retrato de la ventana en el otro extremo de la
sala eran semi-pintadas, en la sala sólo se derramaba la luz suficiente como para tocar los pequeños pedazos de oro en el cabello oscuro de Jem y estuvo a punto de dejar caer las tazas de té.

Apenas se habían tocado en el taxi de regreso a la Puerta de la Reina, sólo se sostuvieron las manos firmemente en la parte posterior de la cabina. Él había deslizado sus dedos sobre el dorso de los de ella una y otra vez mientras comenzó a contarle la historia de todo lo que había sucedido desde la ultima vez que ella visitó Idris, cuando la Guerra Mortal, en la que ella había luchado, terminó. Cuando Magnus le había señalado a Jace Herondale a ella, y había mirado a un niño que tenía la cara hermosa de Will y los ojos como su hijo James.

Pero su pelo había sido esa maraña de rizos de oro rico de su padre, y recordando lo que había conocido de Stephen Herondale, ella se había alejado sin hablar.

Herondales, alguien le había dicho una vez que ellos eran todo lo que los Cazadores de Sombras tenían que ofrecer, todo en una sola familia: tanto lo mejor como lo peor.

Puso las tazas de té sobre la mesa de café - un viejo baúl, cubierto de sellos de viajes de las muchas veces que viajó - con un golpe audible. Jem se volvió hacia ella y vio lo que tenía en sus manos..

Uno de los estantes para libros contenía una exhibición de armas: cosas que ella recolectó alrededor del mundo. Un misericorde delgado, un cuchillo de trinchera, una espada corta, y docenas de otras. Pero la que Jem había agarrado y estaba observando era una cuchilla de plata delgada. Su mango estaba oscurecido por haber permanecido sepultada durante muchos años. Ella nunca la había limpiado porque la mancha en la hoja era la sangre de Will. La hoja de Jem, con la sangre de Will, enterrada junto a las raíces de un roble. Una especia de magia compasiva que Will había realizado cuando él pensó que había perdido a Jem para siempre. Tessa la había recuperado después de la muerte de Will y se la ofreció a Jem, él se negó a aceptarla.

Eso fue en 1937.

“Guárdala,” Dijo él ahora, con la voz entrecortada. “Puede que alguna vez llegue el día.”

“Eso es lo que me dijiste.” Ella se acercó a él, con sus zapatos golpeando el suelo de madera. “Cuando intenté que te la quedaras”

Él tragó saliva, deslizando sus dedos por toda la hoja. “Él simplemente murió” dijo. Ella ni siquiera tenía que preguntar quien era “él”. Solo había un “él” cuando ellos dos hablaban. “Estaba asustado. Vi lo que le pasó a los otros Hermanos Silenciosos. Vi como se endurecían con el tiempo, perdieron a la persona que una vez fueron. Como a medida que sus seres queridos morían, ellos se volvían menos humanos. Tenía miedo de perder mi habilidad de preocuparme. Miedo de perder lo que esta cuchilla significaba para Will y lo que Will significa para mi.”

Ella colocó su mano en el brazo de él. “Pero tú no olvidaste.”

“Yo no perdí todos mis seres queridos” Él la miró, y vio que sus ojos tenían oro en ellos también, preciosas escamas brillantes entre el marrón. “Yo te tuve a ti.”

Ella exhaló; el corazón le latía con tanta fuerza que su pecho dolió. Luego se dio cuenta de que él estaba agarrando la hoja del cuchillo, no sólo la empuñadura. Rápidamente se la arrancó de las manos. “Por favor, no”, dijo ella. “No puedo dibujar un iratze.”

“Y yo no tengo una estela”, dijo, mirando mientras dejaba el cuchillo en su plataforma. “Yo no soy un cazador de sombras ahora.” Él miró sus manos; había líneas rojas finas a través de sus manos, pero no habían cortado la piel. Impulsivamente, Tessa se ​​inclinó y besó sus manos, luego dobló los dedos cerrados, sus manos sobre las de él. Cuando ella levantó la vista, las pupilas de Jem se habían ampliado. Podía oír su respiración.

“Tessa,” dijo él. “No.”

“¿No qué?” Ella se apartó de él, pero, por instinto. Tal vez él no quería ser tocado, aunque en el puente, no le había parecido de esa manera …

“Los Hermanos me enseñaron el control,” dijo, con su voz tensa. “Tengo todo tipo de control, y los he aprendido a lo largo de décadas y décadas, y estoy usando todos ellos para no empujarte contra la estantería y besarte hasta que ninguno de nosotros pueda respirar.”

Ella levantó la barbilla. “¿Y qué hay de malo en eso?”

“Cuando yo era un Hermano Silencioso, no sentía como un hombre ordinario lo hace”, dijo. “No sentía el viento en la cara o el sol en mi piel, ni el toque de la mano de otro. Pero ahora lo siento todo. Siento… demasiado. El viento es como un trueno, el sol quema, y tu tacto me hace olvidar mi propio nombre ”.

Una punzada de calor la atravesó, un calor que comenzó bajo en el estómago y se extendió a través de cada parte de su cuerpo. Una especie de calor que no había sentido en muchas décadas. Casi un siglo. Toda su piel se erizó. “Te acostumbrarás al sol y al viento” dijo ella. “Pero tu tacto hace que me olvide de mi nombre también, y no tengo excusas. Sólo que te amo, y siempre lo he hecho y siempre lo haré. No te voy a tocar si no quieres, Jem. Pero si estamos a la espera de que la idea de estar juntos no nos asuste, podemos estar esperando por mucho tiempo ”.

El aliento se le escapó en un silbido. “Dilo de nuevo.”

Intrigada, comenzó: “Si estamos a la espera de… ”

“No,” dijo. “La primera parte.”

Ella inclinó su rostro hacia él. “Te amo,” dijo. “Siempre lo he hecho y siempre lo haré.”

Ella no supo quien se movió primero, pero él la agarró por la cintura y la besó antes de que pudiera tomar otro aliento. Esto no era como el beso en el puente. Esa había sido una comunicación silenciosa de labios a labios, el intercambio de una promesa y un consuelo. Había sido dulce y demoledor, una especie de trueno suave. Esta fue una tormenta. Jem estaba besando, duro y dejando moretones, y cuando ella abrió los labios de él con los suyos y probó el interior de su boca, él se quedó
sin aliento y tiró de ella con más fuerza contra él, sus manos se clavaban en sus caderas, apretándola más cerca de él mientras exploraba sus labios y lengua, con caricias, mordidas, luego con besos para calmar el escozor. En los viejos tiempos, cuando ella lo había besado, había sabido a azúcar amarga: ahora él sabía a té y… ¿Pasta dental?

¿Por qué no? Incluso los cazadores de sombras centenarios tenían que lavarse los dientes. Una pequeña risita nerviosa se ​​le escapó y Jem se retiró, mirando aturdido y deliciosamente desaliñado. Tenía el pelo en todas direcciones debido a que ella había pasado sus manos a través de él.

“Por favor, no me digas que te ríes porque beso tan mal que es gracioso”, dijo, con una sonrisa torcida. Podía sentir su preocupación real. “Puedo estar un poco fuera de práctica.”

“Los Hermanos Silenciosos no besan tanto?”, Bromeó, alisando el frente del suéter de Jem.

“No a menos que hubiera orgías secretas a las que no fui invitado”, dijo Jem. “Siempre me preocupó no haber sido lo bastante popular.”

Ella apretó su mano alrededor de su muñeca. “Ven aquí,” dijo. “Siéntate, toma un poco de té. Hay algo que quiero mostrarte ”.

Se fue, como ella había pedido, y se sentó en el sofá de terciopelo, recostándose en los cojines que había cosido ella misma con tela que había comprado en la India y Tailandia. Ella no pudo ocultar una sonrisa, él parecía sólo un poco mayor que de lo que era cuando se había convertido en un Hermano Silencioso, como un joven común y corriente en jeans y un suéter, pero se sentó de la forma en que un hombre victoriano lo habría hecho, la espalda recta, con los pies apoyados en el suelo. Él atrapó su mirada y de su propia boca con puntas hacia las esquinas. “Muy bien,” dijo. “¿Qué tienes que mostrarme?”

En respuesta, ella fue a la pantalla japonesa que se extendía por una esquina de la habitación, y se puso detrás de ella. “Es una sorpresa.”

Un maniquí de modista estaba allí, escondido del resto de la habitación. No podía ver a través de la pantalla, sólo un contorno borroso de formas. “Háblame”, dijo ella, tirando de su suéter por la cabeza. “Dijiste que era una historia de Lightwoods y Fairchilds y Morgensterns. Sé un poco de lo que ocurrió. Recibí tus mensajes mientras estaba en el Laberinto. Pero yo no sé cómo la Guerra Oscura tuvo un efecto en tu cura” Tiró el suéter sobre la parte superior de la pantalla. “Puedes decirme?” “¿Ahora?”, Dijo. Lo oyó dejar su taza de té.

Tessa se ​​quitó los zapatos y se bajó la cremallera de sus pantalones vaqueros, sonó fuerte en la habitación tranquila. “¿Quieres que salga detrás de esta pantalla, James Carstairs?”

“Por supuesto.” Su voz sonaba estrangulada.

“Entonces empieza a hablar.”

* * *

Jem habló. Le contó de los días oscuros en Idris, del ejército de Oscuros de Sebastian Morgenstern, de Jace Herondale y Clary Fairchild y los niños Lightwood y su peligroso viaje a Edom.

“He oído hablar de Edom,” dijo ella, con voz ahogada. “Se habla de ello en el Laberinto Espiral, donde se mezclan las historias de todos los mundos. Un lugar donde los Nephilim fueron destruidos. Un páramo ”.

“Sí,” dijo Jem, un poco distraído. No podía verla a través de la pantalla, pero pudo ver el contorno de su cuerpo, y eso fue algo peor. “Un páramo ardiente. Muy caliente… ”.

Había tenido miedo de que los Hermanos Silenciosos le hubieran quitado la habilidad de desear: pensó que miraría a Tessa y sentiría amor platónico pero no sería capaz de desear, sin embargo ocurrió lo contrario. No podía dejar de desear. Él deseó, pensó, más de lo que nunca antes en su vida.

Claramente ella se estaba cambiando la ropa. Él había mirado hacia abajo a toda prisa cuando ella había empezado a menearse fuera de sus pantalones vaqueros, pero no era como si pudiera olvidar la imagen, la silueta de ella, el pelo largo y las piernas largas y hermosas. Siempre había amado a sus piernas .

Seguramente se había sentido así antes ¿Cuando había sido un niño? Recordó la noche en su habitación cuando ella lo detuvo de destruir su violín, y él había deseado entonces, deseaba tanto que no había pensado en absoluto cuando se derrumbaron sobre la cama: él le habría arrebatado su inocencia, y renunciado a la suya, sin
detenerse, sin pensarlo un momento en el futuro. Si no hubieran derribado su caja de yin fen. Si. Eso lo trajo de regreso a la realidad, y cuando ella se había ido, el rasgó sus sábanas en tiras con los dedos por pura frustración.

Tal vez fue sólo que el deseo recordado palidecía en comparación con el sentimiento mismo. O tal vez había sido debido a que él estaba enfermo en ese entonces, más débil. Él estaba muriendo, después de todo, seguramente su cuerpo no podría haber sostenido este.

“Una Fairchild y un Herondale,” dijo ella. “Ahora, me gusta eso. Los Fairchilds han sido siempre prácticos y los Herondales… Bueno, ya sabes.” Ella sonaba cariñosa, divertida… “Quizás ella lo haga sentar cabeza. Y no me digas que no necesita establecerse”.

Jem pensó en Jace Herondale. ¿Cómo era posible que él fuera como si alguien hubiera encendido una cerilla a Will y lo dorara en fuego vivo.“No estoy seguro de que se pueda hacer que un Herondale siente cabeza, y menos este”

“¿Él la ama? ¿A la chica Fairchild? ”

“Nunca he visto a nadie tan enamorado, excepto por …” Su voz se apagó, porque Tessa había salido de detrás de la pantalla, y ahora entendía porque había tardado tanto tiempo.

Llevaba un vestido de seda de orquídea, el tipo de vestido que podría haber usado para cenar cuando habían estado comprometidos. Se recortaba en cuerdas de terciopelo blanco, la falda en forma de campana… ¿Llevaba puesto miriñaques?

Su boca se abrió. No podía evitarlo. Él la había encontrado hermosa a través de todas las edades cambiantes del siglo: hermosa en el cuidadoso corte de la ropa de los años de la guerra, cuando la tela estaba racionada. Hermosa en los elegantes vestidos de los años cincuenta y sesenta. Hermosa en faldas cortas y botas a medida
que el siglo llegaba a su fin.

Pero esto era lo que las niñas usaban cuando él se había fijado en ellas por primera vez, la primera vez en que le parecieron fascinantes en lugar de molestas, la primera vez que notó la línea agraciada de un cuello o la palidez del interior de una muñeca femenina. Esta era la Tessa que lo había cortado hasta la médula con el amor y la lujuria mezclada: un ángel carnal con un corsé que le daba a su cuerpo la forma de un reloj de arena, levantando sus senos, marcando la llamarada de sus caderas.

Obligó a sus ojos que miraran lejos de su cuerpo. Ella había recogido su pelo, pequeños rizos se escapaban sobre sus oídos, y su colgante de jade brillaba alrededor de su garganta.

“¿Te gusta?”, Dijo. “Tuve que hacer mi propio pelo, sin Sophie, y acordoné mi propio encaje …” Su expresión era tímida y más que un poco nerviosa. Lo cual siempre había sido una contradicción en el corazón de ella, quien era una de las personas más valientes y, a la vez, tímidas que él había conocido. “Lo compré en Sotheby, un
anticuario verdadero, eso si, costó demasiado dinero, pero me acordé de cuando yo era una niña y tú habías dicho que las orquídeas eran tu flor favorita y me había propuesto encontrar un vestido del color de una orquídea, pero yo nunca encontré uno antes de que te… fueras. Pero éste es de tintura de anilina, eso espero, nada natural, pero pensé… Pensé que te haría recordar…” Levantó su barbilla “Lo nuestro. Lo que quería para ti cuando pensé que estaríamos juntos”

“Tess”, dijo, con voz ronca. Se puso de pie, sin saber cómo había llegado hasta allí. Dio un paso hacia ella, y luego otro. “Cuarenta y nueve mil doscientos setenta y cinco.”

Ella supo de inmediato lo que quería decir. Él sabía que lo haría. Ella lo conocía como nadie la vida lo hizo. “¿Estás contando los días?”

“Cuarenta y nueve mil doscientos setenta y cinco días desde la última vez que te besé,” él dijo. “Y pensé en ti todos y cada uno de ellos. No tienes que recordarme a la Tessa que yo amé. Fuiste mi primer amor y serás la última. Yo nunca te he olvidado. Nunca he dejado de pensar en ti” Estaba lo bastante cerca para ver el pulso latir en la garganta de ella. Para alcanzar y levantar un rizo de su cabello. “Nunca.”

Tenía los ojos medio cerrados. Ella extendió la mano y le cogió la mano, donde acarició su pelo. Su sangre tronaba a través de su cuerpo, con tanta fuerza que le dolía. Ella bajó la mano, la bajó hasta el sostén de su vestido. “El anuncio para el vestido, dijo que no tenía botones,” susurró. “Sólo ganchos en la parte delantera. Más fácil de abrochar.” Ella bajó la mano derecha, tomó la otra muñeca de él, la levantó. Ahora sus dos manos estaban en su corpiño. “O de desabrochar.” Sus dedos curvados sobre los de él, muy deliberadamente, ella se desabrochó el primer gancho en su vestido.

Y luego el siguiente. Ella movió las manos de él hacia abajo, sus dedos entrelazados con los suyos, desabrochando hasta que el vestido colgaba sobré su corsé. Ella respiraba con dificultad; él no podía quitar los ojos del sitio en el que su pendiente ascendía y caía con sus jadeos. Él no se atrevía a moverse ni un milímetro más hacia ella: deseaba, deseaba demasiado. Quería destrenzar su cabello y envolverlo alrededor de sus muñecas como cuerdas de seda. Él quería los pechos de ella bajo sus manos y sus piernas alrededor de su cintura. Quería cosas que no tenían nombre para él y ninguna experiencia. Sólo sabía que que si se movía una pulgada más cerca de ella, la barrera de vidrio de control que había construido en torno a sí mismo se rompería y no sabía qué iba a pasar.

“Tessa,” dijo. “¿Estás segura?”

Sus pestañas revolotearon. Aún tenía los ojos entrecerrados, sus dientes haciendo pequeñas medias lunas en su labio inferior. “Estaba segura entonces”, dijo, “y estoy segura ahora.”

Y ella juntó las manos con firmeza a los costados, donde su cintura se curvaba, a ambos lados de la llamarada de sus caderas.

Su control se rompió, una explosión silenciosa. La atrajo hacia él, se inclinó para besarla salvajemente duro. La oyó llorar de sorpresa y luego sus labios la silenciaron, y la boca de ella se abrió con impaciencia bajo la suya. Tenía las manos en el de pelo él, agarrando con fuerza; ella estaba de puntitas de pies para besarlo. Ella le
mordió el labio inferior, mordisqueó su mandíbula, y él gimió, deslizando sus manos dentro de su vestido, siguiendo con los dedos la parte posterior de su corsé, su piel ardiendo a través de los pedacitos de la camisola que podía sentir entre los cordones. Él se estaba sacando sus zapatos a patadas, quitándose los calcetines, el piso era frío contra sus pies desnudos.

Ella dio un grito ahogado y se retorció más cerca, en sus brazos. Deslizó sus manos fuera de su vestido y se apoderó de sus faldas. Ella hizo un ruido de sorpresa y luego él estaba trazando el vestido por encima de su cabeza. Ella exclamó, riendo, mientras el vestido se salió de la mayor parte del camino, pero se mantuvo cerrado en las muñecas, donde diminutos botones juntaban los puños con fuerza. “Cuidado”, bromeó, mientras sus dedos frenéticos movieron los botones abiertos. Lanzó el vestido y lo tiró a la esquina. “Es una antigüedad.”

“También yo, técnicamente,” dijo él, y ella se rió de nuevo, mirando hacia él, su rostro cálido y abierto.

Él había pensado sobre hacer el amor con ella antes; por supuesto que sí. Había pensado en el sexo cuando era un adolescente, porque eso era lo que pensaban los chicos adolescentes, y cuando él se había enamorado con Tessa, había pensado en ello con ella. Vagos pensamientos incipientes de hacer cosas, aunque no estaba seguro de que. Imágenes de pálidos brazos y piernas, la sensación imaginaria de piel suave bajo sus manos.

Pero no se había imaginado esto: que podría haber risas, que podría ser cariñoso y cálido, así como apasionado. La realidad de ello, de ella, lo aturdía hasta dejarlo sin aliento.

Ella se apartó de él y por un momento él entró el pánico. ¿Qué había hecho mal? ¿La había herido? ¿La había disgustado? Pero no, sus dedos se habían ido a la jaula de crinolina en su cintura, torció y parpadeó. Luego levantó los brazos y los enroscó en el cuello de él. “Levantame”, dijo. “Levantame, Jem.”

Su voz era un ronroneo cálido. Él la tomó de la cintura y la levantó hacia arriba, fuera de sus enaguas, como si estuviera levantando una orquídea, libre de su jarrón. Cuando él la bajó de vuelta, llevaba sólo su corsé, bragas y medias. Sus piernas eran tan largas y hermosas como el recordaba y había soñado.

Alargó la mano hacia ella, ella la tomó en las suyas. Tessa seguía sonriendo, pero ahora había una cualidad pícara en ella. “Oh, no”, dijo, haciendo un gesto hacia él, sus pantalones vaqueros y suéter. “Tu turno”.

* * *

Se quedó paralizado, y por un momento, presa del pánico, Tessa se ​​preguntó si ella le había pedido demasiado. Había estado tanto tiempo desconectado de su cuerpo, era una mente en una cáscara de carne que fue ignorada en gran medida a menos que necesitara ser ejecutada para algún nuevo poder. Tal vez esto era demasiado para él.

Pero él tomó una respiración profunda, y sus manos se dirigieron al borde de su suéter. Se lo sacó por la cabeza y salió con el pelo rizado adorablemente. No llevaba camisa bajo el jersey. Él la miró y se mordió el labio.

Ella se acercó a él, admirando con los ojos y los dedos. Ella lo miró antes de poner sus manos sobre él y le vio asentir, Sí.

Tragó saliva. Ella había llevado esto tan lejos hacia adelante como una hoja en la marea de sus recuerdos. Los recuerdos de James Carstairs, el muchacho con el que se había comprometido, y había planeado casarse. Con el cuál casi había hecho el amor en el suelo de la sala de música en el Instituto de Londres. Ella había visto su cuerpo, entonces, con el torso desnudo, su piel pálida como el papel, estirada y delgada sobre las costillas prominentes. El cuerpo de un niño moribundo, a pesar de que siempre había sido hermoso para ella.

Ahora su piel descansaba sobre sus costillas y pecho, en una capa de músculo liso; su pecho era ancho, estrechándose hacia abajo hasta una cintura delgada. Ella puso sus manos sobre él tentativamente; era cálido y duro bajo su toque. Podía sentir las cicatrices tenues de antiguas runas, pálidas contra su piel dorada.

Su aliento silbó entre dientes mientras pasaba sus manos por su pecho y bajo sus brazos, la curva de sus bíceps dando forma a sí mismos bajo sus dedos. Ella lo recordó en la lucha con los otros Hermanos en Cader, Idris. Y por supuesto que había luchado en la Ciudadela de Batalla, los Hermanos Silenciosos se mantenían listos para la pelea, aunque rara vez luchaban. De alguna manera ella había nunca pensado en lo que podría significar para Jem, una vez que ya no estaba muriendo.

Le castañeteaban los dientes un poco; se mordió los labios para mantenerlos en silencio. El deseo estaba lavando a través de ella, y un poco de miedo también: ¿Cómo puede estar pasando esto? ¿En realidad sucede?

“Jem”, susurró. “Eres tan …”

“¿Asustadizo?” Puso su mano en la mejilla, donde la marca negra de la Hermandad todavía se mantuvo en el arco de su pómulo. “¿Horrible?”

Ella negó con la cabeza. “¿Cuántas veces tengo que decirte que eres hermoso?” Se pasó la mano por la curva desnuda de su hombro hasta el cuello; temblaba. Eres hermoso, James Carstairs. “¿No has visto como todos te miraban en el puente? Eres mucho más hermoso que yo”, murmuró, deslizando sus manos a su alrededor para tocarle los músculos de la espalda; se estiraron bajo la presión de sus dedos mirando. “Pero si eres lo suficientemente tonto para quererme, entonces no voy a cuestionar mi buena suerte.”

Volvió la cabeza hacia un lado y lo vio tragar. “Durante toda mi vida”, dijo, “Cuando alguien dice la palabra "hermosa” “, es tu cara lo que veo. Tú eres mi propia definición belleza, Tessa Gray.”

El corazón le dio un vuelco. Se incorporó en sus dedos de los pies. Siempre había sido una chica alta, pero Jem era aún más alto y puso su boca a un lado de la garganta de este, besando suavemente. Sus brazos se acercaron alrededor de ella, apretándola contra él, su cuerpo era duro y caliente, y ella sintió otra punzada de deseo. Esta vez ella lo mordisqueó él, mordiendo la piel donde el hombro se curvaba hasta su cuello.

Todo salió al revés. Jem hizo un sonido bajo en su garganta y de repente estaban en el piso y ella estaba encima de él, su cuerpo amortiguando su caída. Ella lo miró con asombro. “¿Que pasó?”

Él parecía desconcertado también. “No podía soportar más.”

Su pecho estaba lleno de calidez. Había pasado tanto tiempo que casi olvidó la sensación de besar a alguien con tanta fuerza que tus rodillas se debilitan solas. Él se empujó así mismo hacia arriba apoyándose en los codos. “Tessa -”

“No pasa nada”, dijo ella con firmeza, ahuecando su rostro entre las manos. “Nada. ¿Entiendes?”

Él entrecerró los ojos en ella. “¿Me haces tropezar?”

Ella se echó a reír; su corazón aún latía, mareada de alegría, alivio y terror, todo al mismo tiempo. Pero ella lo había mirado antes, había visto la forma en que él miraba su pelo cuando estaba hacia abajo, había sentido sus dedos en ella, acariciando tentativamente, cuando él la había besado en el puente. Levantó la mano y lo tiró de los pasadores del cinturón, lanzándolos a los dos a través del cuarto.

Su cabello emanaba hacia abajo, derramado sobre sus hombros, hasta la cintura. Se inclinó hacia delante hasta que rozó con su rostro su pecho desnudo.

“¿Te importa?”, Susurró.

“A medida que se desarrolla,” dijo él, contra su boca, “No me importa. Me parece que prefiero estar recostado ”.

Ella se rió y se pasó la mano por todo el cuerpo de él hasta abajo. Se retorció, arqueándose a su toque. “Para una antigüedad”, murmuró, “te venderías bastante bien en Sotheby. Todas tus partes trabajan en orden.”

Sus pupilas se dilataron y luego se echó a reír, su cálido aliento le sopló a ella en la mejilla. “He olvidado lo que se siente al ser objeto de burlas, creo”, dijo. “Nadie se burla de los Hermanos Silenciosos.”

Ella había tomado ventaja de su distracción para librarlo de sus vaqueros. Ahora había poca ropa distractiva entre ellos. “Ya no estás en la Hermandad”, dijo ella, acariciando sus dedos a través de su estómago, del fino cabello justo debajo de su ombligo, de su pecho desnudo y suave. “Y yo estaría muy decepcionada si
siguieras silencioso”

Él la alcanzó a ciegas y la atrajo hacia abajo. Sus manos se enterraron en su cabello. Y se estaban besando de nuevo, con las rodillas a cada lado de sus caderas, las palmas de ella abrazando el pecho de Jem. Sus manos la recorrieron por el pelo una y otra vez, y cada vez que ella podía sentir su cuerpo torcerse hacia ella, sus labios presionaban contra su propia voluntad. No eran besos salvajes, no ahora: eran decadentes, creciendo en intensidad y fervor cada vez que se separaban volvían a reunirse.

Llevó las manos a los cordones de su corsé y tiró de ellos. Ella se movió para mostrarle que también se abrochaba al frente en su pecho, pero él ya había llegado a para quitar la parte delantera. “Mis disculpas,” dijo, “a la antigua”, y luego, de manera más nada-estilo-Jem, arrancó el corsé abierto por la parte delantera y lo tiró a un lado. Debajo estaba su camisola, que ella se detuvo y la dejó caer a un lado sobre su cabeza.
Respiró hondo. Estaba desnuda delante de él ahora, como nunca lo había estado antes

* * *

Jem tenía la sensación de que más tarde sus manos picarían (nunca antes había despedazado un corsé), pero por el momento, no podía sentir a nada más que a Tessa. Estaba sentada a horcajadas sobre sus caderas, sus ojos muy abiertos, su pelo vertiéndose sobre sus hombros desnudos y los pechos. Parecía Venus surgiendo de las olas, con sólo el colgante de jade para cubrirla, brillando contra su piel.

“Creo,” dijo ella, su voz se había elevado y sonaba entrecortada, “que necesito que me beses ahora.”

Alzó la mano para atraerla hacia abajo, agarrándose de sus delgados hombros. Él les dio la vuelta para estar encima de ella, apoyándose sobre sus codos, atento a su peso. Pero a ella no parecía importarle. Ella se acomodó en él, curvando su cuerpo para adaptarse a él. La suavidad de sus senos se apretó contra su pecho y el hueco de sus caderas era una taza para agarrarlo y sus pies desnudos lo recorrían por sus pantorrillas.

Hizo un oscuro y pobre sonido en lo bajo de su garganta, un sonido que apenas reconocía como proveniente de él mismo. Un sonido que hizo que las pupilas de Tessa se ​​expandieran, quien suspiró rápidamente. “Jem”, dijo, “por favor, Jem,” y ella volvió la cabeza hacia un lado, almohadillando su mejilla en el cabello suelto.

Se inclinó sobre ella. Hasta ahora era lo mismo que habían hecho juntos, antes. De esto se acordaba. Que a ella le gusta ser besada en una línea bajando por su garganta, y que si seguía la forma de la clavícula con su boca ella lloraría y cavaría con las manos en su espalda. Y si tenía miedo de lo que vendría después, sin saber
qué hacer, o cómo complacerla, este fue arrasado con rapidez por la forma en que ella respondía: sus suaves gemidos mientras pasaba sus manos por sus piernas y le besó los pechos y el estómago.

“Mi Jem,” susurró mientras la besaba. “James Carstairs. Ke Jian Ming ”.

Nadie lo había llamado por su nombre de nacimiento en más de medio siglo. Era tan íntimo como un caricia.

No estaba del todo seguro de cómo se deshicieron del resto de sus ropas, sólo que de alguna manera estaban descansando sobre los restos destrozados de su vestido de seda y enaguas. Tessa no era suave y flexible bajo él como había imaginado, sino responsiva y exigente, levantando la cara para ser besada una y otra vez,
pasando sus manos sobre él, cada roce de sus dedos encendía chispas en las terminaciones nerviosas que él había temido que hubieran muerto hace mucho tiempo.

Fue mucho mejor de lo que había imaginado. Estaba rodeado por ella, su olor a jabón de agua de rosas y su piel suave y su confianza implícita. No era sólo que ella confiaba en que no la lastimaría; era más que eso. Ella confiaba en que su inexperiencia no le importaría, no importaba nada excepto que se trataba de ellos dos y siempre habían tratado de hacer que el otro sea feliz. Cuando él vaciló y dijo, “Tessa, no sé cómo…” ella susurró contra su boca y puso sus manos donde deben ir.

Una especie de lección, pero la más suave que él había recibido, y la mejor. No había imaginado suficiente de esto, que sus respuestas serían reflejadas, que el placer de ella magnificaría el suyo propio. Que cuando él deslizara las manos por sus piernas ella se envolvería alrededor de su cintura por su propia voluntad. Que cada pensamiento huiría de su cabeza a excepción de la sensación de ella bajo él y luego alrededor de él mientras ella lo guiaba hasta donde tenía que estar. 

Se oyó así mismo gemir a la distancia como si se enterrara en ella. “Tessa.” Se aferró a sus hombros como si se aferrara a los jirones de su control. “Tessa, oh Dios, Tessa, mi Tessa.” La coherencia lo había abandonado por completo. Él farfulló algo más también, ya no en inglés, no sabía qué, y sintió que ella apretó sus brazos alrededor de él.

Él respiraba entrecortadamente mientras se movía, luchando desesperadamente por controlarse a sí mismo, porque no quería que se terminara, no todavía. Tenía los ojos cerrados; la luz resplandecía detrás de sus párpados. Tanta la luz. Oyó la voz de Tessa, susurrando su nombre; estaban tan cerca, más cerca de lo que nunca había creído posible. Sus manos se deslizaron por su cuerpo para agarrarlo de la cintura. Había una línea delgada de concentración entre sus cejas; ella tenía los ojos fuertemente cerrados, las mejillas le brillaban de un rojo escarlata, y cuando ella trató de decir su nombre otra vez, un jadeo irregular se lo tragó. Una de sus manos voló a su boca y ella mordió con fuerza sus dedos mientras su cuerpo se tensó alrededor de él.

Era como un fósforo encendiendo hierba seca. El último vestigio de su control se evaporó. Enterró la cara contra su cuello mientras la luz detrás de sus ojos se fracturó en colores caleidoscópicos. Había llevado la oscuridad de la Ciudad Silenciosa dentro de él incluso cuando dejó la Hermandad. Y ahora ella había abierto su alma y dejó entrar la luz, y fue brillante.

Nunca había imaginado esto. Él ni siquiera se había imaginado imaginando esto.

Cuando volvió en sí, se encontró con que todavía se aferraba con fuerza, con la cabeza inclinada hacia abajo en su hombro. Ella estaba respirando suavemente y regularmente, con la mano en su pelo, acariciando, murmurando palabras cariñosas.

Él se apartó de ella de mala gana, rodando para acomodarse de forma que quedaran descansando cara a cara. La mayor parte de la luz del día se había ido; se miraron el uno al otro en un crepúsculo oscuro que suavizó los bordes ásperos. El corazón le latía con fuerza mientras extendía la mano para deslizar el pulgar por el labio inferior de ella.

“¿Estás bien?” Dijo, con voz ronca. “¿Era eso…?” Se interrumpió, dándose cuenta con horror que el brillo de sus ojos eran lágrimas. Una rodó por su mejilla, sin control. “¿Tessa?” Podía oír el pánico salvaje en su propia voz. Ella le dio una sonrisa rápida y temblorosa, pero eso era típico de Tessa. Ella nunca mostraría decepción. ¿Que tal si para ella fue horrible? Él había pensado que era increíble, perfecto; él había pensado que su cuerpo se rompería en pedazos de sentir tanta felicidad a la vez. Y había pensado que ella había respondido, pero ¿Qué sabía él? Maldijo su propia inexperiencia, su arrogancia y su orgullo. ¿Qué le había hecho pensar que podía?

Ella se sentó, inclinándose sobre la mesa de café, con las manos haciendo algo que él no podía ver. Su cuerpo desnudo fue esbozado en el crepúsculo, insoportablemente bello. Él la miró con su corazón tartamudeando. En cualquier momento ella se pondría de pie, se vestiría y le diría que lo amaba, que siempre lo había amado, pero no de esa manera. Que la suya no era una pasión, sino una amistad.

Y él se había dicho a sí mismo que podía soportar eso, antes de que llegara al puente para confesarse. Se había dicho a sí mismo que podía tener su amistad y nada más, que era mejor que no estar cerca de ella en absoluto.

Pero ahora que él sabía, ahora que habían compartido el aliento, el cuerpo y sus almas, ya no podía dar un paso atrás. Para ser solo su amigo, nunca tocarla nuevo, le desgarraría en mil pedazos. Sería más agonía de lo que el fuego celestial había sido nunca.

Ella se volvió hacia él, sosteniendo algo en sus manos.

“¿Jem?” Dijo. “Jem ¡Estás a miles de kilómetros de distancia!” Ella se había envuelto con una funda gris del sillón; se sentó junto a él; las lágrimas se habían ido y ella era cálida y sonriente. “Honestamente, si lo que acabamos de hacer no consigue tu atención, no sé lo que haría.”

Él la miró fijamente. “Pero estabas llorando”, dijo, por fin.

Ella lo miró con curiosidad. “Porque yo soy feliz. Porque eso fue maravilloso.”

Expulsó el aliento en una oleada de alivio. “Así que fue… ¿Estuvo bien? Yo podría ser mejor, podríamos practicar…”

Se dio cuenta de lo que acababa de decir, y cerró la boca.

Una sonrisa maliciosa se ​​extendió por su cara. “Oh, vamos a practicar”, dijo. “Tan pronto como estés listo.”

“No tengo otros compromisos esta noche.” dijo con gravedad.

Ella se sonrojó. “Tu cuerpo puede necesitar tiempo para… Para recuperarse.”

“No.” dijo, y esta vez se permitió un pequeño matiz de complacencia. “No, yo no lo creo.”

Ella se sonrojó aún más. El amaba hacerla ruborizarse; siempre lo hizo. “Bueno, necesito cinco minutos, por lo menos!” Dijo ella. “Y te necesito para ver esto. ¿Por favor?”

Le tendió una hoja de papel para él. Su expresión era sorprendentemente grave; se limpió la presunción, y su deseo de burlarse de ella también. Sin atreverse a hablar, tomó el papel de ella y lo desdobló.

Ella aclaró su garganta. “Pude haber estado bromeando antes” dijo ella “Cuando dije que era dueña de este piso bajo el nombre de Bedelia Bacalao”.

Él se quedó mirando la escritura del departamento en la Puerta de la Reina. Estaba hecha a nombre de Tessa, o algo parecido. No Tessa Gray, o incluso Tessa Herondale. Fue hecha en el nombre de Tessa Herondale Carstairs.

“Cuando hablé con Magnus en Idris, después de la Guerra Mortal” comentó ella. “Me dijo que había soñado que te curabas. Ya sabes cómo es Magnus. A veces sus sueños se cumplen. Así que me permití sentir esperanza por primera vez en mucho tiempo. Yo sabía que era poco probable, si no imposible. Sabía que sería dentro de muchos años. Pero tu me pediste casarme contigo, una vez, hace mucho tiempo. Y en cierto modo, esta es nuestra noche de bodas. Una consumación con mucho retraso.” Ella le sonrió, mordiéndose el labio, claramente nerviosa. Sus dedos se movían en la manta que sostenía a su alrededor. “No debería haber tomado prestado tu nombre, tal vez, pero siempre he sentido en mi sangre que éramos familia.”

“Tessa Herondale Carstairs,” susurró. “Nunca debería preocuparte pedir prestado mi nombre cuando sabes que puedes conservarlo”

Él dejó que la hoja de papel se deslizará de su mano y se extendió hacia ella. Ella se inclinó sobre su regazo y él la abrazó con fuerza, contra la sensación de ahogo en su garganta.

Ella nunca había renunciado a él. Recordó decirle a Will una vez, que él le había dado fe, cuando Will no tenía fe en sí mismo. Él siempre había tenido esperanzas en Will, aunque Will no tenía esperanzas para sí mismo. Y Tessa lo había hecho por él. Hacía tiempo que había perdido la esperanza de una cura, pero ella… Ella siempre había tenido esperanzas.

“Mizpa, Tessa.” susurró. “En verdad, porque ciertamente Dios estaba cuidando de nosotros mientras nos despedimos unos de otros. Y ha cuidado de nosotros mientras Will era apartado de nuestro lado y nos trajo de vuelta el uno al otro ”.

* * *

Durmieron, acurrucados, en los restos del vestido de Tessa, y más tarde se trasladaron al sofá. Estaba bastante oscuro, y bebieron té frío e hicieron el amor de nuevo, esta vez más suave y lentamente hasta que Tessa agarró a Jem por los hombros y le rogó que fuera más rápido. “Dolcissimo, no appasionato”, dijo él con una sonrisa tormentosa de pura diversión.

“¿Oh?” Ella se agachó e hizo algo con la mano que, estaba claro, no había sido preparado. Todo su cuerpo se tensó. Se rió mientras las manos de él arañaban de repente en su cintura, clavandole los dedos. El pelo oscuro de Jem colgaba delante de sus ojos; su piel brillaba por el sudor. Anteriormente, ella había cerrado los ojos: esta vez ella lo observaba, tanto el cambio en su expresión como su control se rompieron por la forma de su boca mientras jadeaba su nombre.

“Tessa…”

Y esta vez, ella se olvidó de morderse la mano para amortiguar los sonidos que hacía. Oh, bueno. Al diablo con los vecinos. Había estado en silencio durante casi un siglo.

 "Quizás eso fue más rápido de lo que había previsto" dijo con una sonrisa, cuando yacían juntos después, encajados entre los cojines. “Pero tú hiciste trampa. Tienes más experiencia que yo.”

“Me encanta.” Tessa le besó los dedos. “Voy a tener una gran cantidad de diversión enseñándote todo. No puedo esperar a que escuches música de rock and roll, Jem Carstairs. Y quiero verte utilizando un iPhone. Y un ordenador. Y viajar en el metro. ¿Has estado en un avión? Yo quiero estar en un avión contigo.”

Jem seguía riendo. Su cabello era un desastre terrible, y sus ojos eran oscuros y brillantes a la luz de la lámpara. Se veía como el chico que había sido, hace tantos años, pero diferente a la vez: se trataba de un Jem que Tessa recién empezaba a conocer. Un joven, y saludable Jem , no un niño moribundo o un Hermano Silencioso. Un Jem que podía amarla con toda su fuerza a medida que ella lo amaba a él.

“Vamos a tomar un avión”, dijo. “Tal vez a Los Ángeles.”

Ella sonrió. Sabía por qué tenían que estar allí.

“Tenemos tiempo para hacer todo”, dijo él trazado uno de sus dedos por el lado de la cara de Tessa. “Tenemos la eternidad.”

No la eternidad, pensó Tessa. Tenían un largo, largo tiempo. Toda una vida. El tiempo que él viviera. Y ella lo iba a perder un día, como había perdido Will, y su corazón se rompería, como se había roto antes. Y se recuperaría de nuevo y seguiría adelante, porque el recuerdo de haber tenido a Jem sería mejor que nunca haberlo tenido en absoluto.

Ella era lo suficientemente sabia como para saber eso.

“Lo que dijiste antes” preguntó. “Que Jace Herondale ama a Clarissa Fairchild más que nadie que hayas conocido, excepto alguien…. Nunca terminaste la frase. ¿Quién era?”

“Yo iba a decir tú, yo y Will,” dijo. “Pero… No es eso algo extraño que decir ¿no?”

“No es extraño en absoluto.” Ella se acurrucó cerca contra su costado. “Tienes toda la razón. Siempre y para siempre, toda la razón.”

***

Es que no la conocéis, aunque la veáis pasar enamorando aceras
con ese moño de fotógrafa italiana que talla cada luz en su retina
y te la devuelve mejorada.

Es que no podéis saber cuántos brindis le caben en el cuerpo
ni ella sabe cuántas lagrimas le quedan, y por eso las regala.

Os conformáis con atisbar de reojo la amenaza par de sus pezones
o medir el largo interminable de sus piernas,
cuando lo que importa son sus pasos y hacia donde la llevan.

Es que no tenéis ni puta idea del poder que se siente
cuando me abraza dormida y se sabe en casa,
de la angustia acristalada cuando se queda pero se marcha,
de la caliente felicidad con que regresa, a derretir escarchas.

Es que no la habéis visto leer el diario e indignarse,
empañar con canciones tristes sus opacos ventanales,
o usar las gafas de sol cuando anochece,
para proteger de su mirada a los mortales.

Es que en su cuello podrían tatuarse, en espiral,
los poemas que explican mi verdad,
Y en su nuca caben, en tres signos tipográficos,
todas las palabras que jamás he pronunciado.

Es que cuando la maquina del mundo se detiene
y todo me sabe a error por repetir,
ella funciona.
Cuando me caigo en la trinchera que llevo años cavando,
ella sonríe y me levanta.

Cuando teme que el futuro pueda quedarle grande,
me llama y le hacemos un corte de mangas
y un tajo que va del ayer a su cadera,
que es donde empieza y termina la mañana.

Y aunque la hayáis tenido, espléndida y desnuda,
con ese galopar de felino desbocado,
si no os cambió la vida su manera de entregarse,
es que mirabais hacia el lado equivocado.

Es no la conocéis.
Es que por suerte, no acabo de aprenderla
ni la quiero descifrar.
Es que nunca sabré con cuál de ellas me acuesto
y con cuál me levanto,
pero disfruto tanto
de esta poligamia singular.

Es que no quiere hacerle daño a nadie
aunque la simplifiquen o lastimen.
Es que parece tan frágil y está hecha de acero inolvidable.

Se cree tímida, pero no sabe ni quiere estarse quieta.
Es que teme ser libre, pero no admite ataduras.
Salvo algunas noches,
cuando su espalda vuelve a ser montura
y me ofrece el animal mas bello del planeta.

Es que no podéis saber.
Es que no tenéis ni puta idea.
.
Como decía mi amigo Escandar Algeet,
hablando de otra musa,
entiendo que perdáis el culo por su culo,
o por su manera de ser como ella es,
sin condiciones.

Entiendo que queráis quererla.

Pero yo la quiero
por muchas más razones.

—  Mis con-razones.
Dejarse los huesos

De aquí entre tangueros
contreras apilados
que prolongamos todo
(la caída de luna y copa)
aflora el golpe de pera
por el que están hechas
todas las cosas:
el chamuyo este, los cruces
giratorios y el sopor
de los días agargantados.
Sí, gira tumbada y trinchera
o atalaya: así se viernes.