tormenta de pensamientos

Me gusta tu sonrisa,
tu cuello, tu boca.
Me gusta cómo manejas las palabras,
me las introduces en el alma
y las dejas haciendo eco,
tan adentro,
que durante el día no logro ni llego a tener ganas
de pensar en otra cosa.

Me gustan tus manos,
tus uñas;
me gustan porque pienso que,
algún día,
serán para mí todas sus caricias.

Me gustan tus silencios,
los titubeos;
me gusta observarte callada,
pensando en todo,
reducir cualquier instante
a tus ojos.

Me gusta tu mirada,
tus ojos suspendidos en el cielo;
me gusta cuando me miras
y me dices «te quiero».

También cuando no dices nada y me reprochas.
También cuando te abrazo y te alejas.
También cuando te espero y me olvidas.
También cuando, estando contigo, estoy en todas partes.

Me gusta tu manera de herirme,
tu seducción en cada desvelo;
me gusta porque eres mía
y me gusta cuando dices que soy tuyo.

Me gustas completa, con tu falta de confianza,
con tu exceso de cariño;
me gustas porque con una palabra,
le das explicación a mil sucesos.

«Te quiero», me dices.
Yo también te quiero, cariño.
Desde aquí hasta el alma.
—  Débil fortaleza | Heber Snc Nur

Sé  que quizás, ya hayas oído todo esto antes.
Sé que ya te habrán dicho que eres hermosa,
y sé que también quizás ya olvidaste la última vez que te lo dijeron.
Sé que la vida a veces es un poco horrible,
y un poco triste.
Pero tienes que saber, que siempre hay motivos para sonreír,
incluso si la vida se pone muy jodida.
Y por favor,
nunca te rindas.
Nunca dejes de sonreír, porque no sabes si tu sonrisa
es la causante de la sonrisa de alguien más.
Y nunca dejes de ser feliz,
que se que habrán momentos en los que querrás mandar
todo a la mierda,
momentos en los que habrá tormenta,
pero tienes que vivir.

Martes 25 de Agosto - Instantes

Tal vez no debería escribir esto aquí. Capaz que solamente debería tomar mi diario e intentar plasmar ahí la tormenta de pensamientos que en este momento me está invadiendo. Sin embargo, luego recuerdo que este es también un espacio personal, en el que también puedo ver cómo voy evolucionando con el tiempo.

Esta tormenta tiene algo de distinto.

Esta mañana una amiga mía escribió en nuestro grupo de Whatsapp una noticia que me dejó helada, tanto a mí como al resto de los integrantes. 

Había fallecido el padre de un ex-compañero nuestro. (Ex porque ya hemos terminado el colegio).

¿En qué mundo a alguien se le hubiese ocurrido que a un hombre tan joven y tan enérgico, la Muerte le iba a hacer una visita tan temprana? Su ida fue rápida, instantánea. Un infarto y adiós. Y adiós.

¿Cómo habrá sido ese momento? ¿Habrá estado él solo en su oficina? ¿Habrán estado el resto de sus hijos en la escuela y en la universidad? ¿Habrá estado su mujer dando clases con la misma pasión de siempre? No lo sé ahora, capaz que no lo sepa nunca.

Pero me deja helada.

Nunca fui cercana a este compañero. De hecho, últimamente me estaba cayendo mal. Y aún así…´Aún así no puedo evitar ponerme en su lugar, y unas irresistibles ganas de llorar se apoderan de mí.

Dios mío.

¿Cómo vives sin tu padre? ¿Cómo le haces para seguir adelante, para QUERER SEGUIR?

La muerte es parte de la ley de la vida. A todos nos llega. Sin embargo, cuando llega sin aviso alguno, hace que su despedida sea amarga. 

Nuestra existencia es tan relativa.

Son instantes. 

En un instante estás.

En otro ya no.

Y fin. Esa es la historia.

Los instantes lo son todo. 

Se necesita de un solo instante para hacer llorar a una persona, así como también uno solo para hacerla sonreír.

Se necesita de un solo instante para romper los lazos con una persona, así como también uno solo para perderse en un abrazo.

Se necesita de un solo instante para enamorarse, así como también uno solo para hacer algo bueno por alguien.

Vivimos a los palos. No nos interesa nada más que nosotros mismos: selfie, estados, seguidores, “Me gusta”. Nos preocupan cosas materiales, cosas que en realidad no nos van a hacer felices. O lo harán por un pequeño lapso de tiempo.

¿Tienes un celular nuevo? ¡Genial! ¿Pero has hecho sonreír alguna vez a tus abuelos? ¿Has escuchado alguna de sus historias? ¿Sabes que llegará un instante en el que querrás hacerlo y ellos ya no estarán?

Ama en este instante. Abraza en este instante. Sonríe en este instante. Vive en este instante. 

No te quedes dormido, que para eso está la muerte.

Disfruta de que estás vivo. 

Ese estado de facebook puede esperar. Esa conversación por Whatsapp también.

Haz visitas inesperadas. Regala abrazos. Cuenta chistes. Sal a pasear. DEJA DE PREOCUPARTE POR COSAS TAN TRIVIALES. 

SI, LA VIDA ES COMPLICADA. PERO ASÍ LO ES PARA TODOS. 

¿ACASO QUIERES QUE TU ÚLTIMO INSTANTE SEA CON CARA DE AMARGADO Y PREOCUPADO?

Se puede vivir estando alegre. Es difícil. Pero oye, que vale la pena.

Agradécele a tus padres lo que hacen por tí. Se sacrifican todo el maldito tiempo.

Porque llegará un momento, en el que te encontrarás solo. 

Y dime: ¿cuáles son los recuerdos que te harán compañía?

¿Ya le dijiste a tu padre que lo quieres hoy? Ese chico ya no lo puede hacer. Si tú todavía puedes, hazlo.

A lo que quería llegar con esto.

Nos preocupamos por tantas estupideces, que se nos pasan de largo las cosas que son esenciales.

Perdona por leer esto tan largo, y gracias. En realidad era para mí, pero bienvenido seas.
Juego de palabras

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Estoy alterada y no pude escribir lo que realmente quería. No llegué al punto. Pero ya no sé si hay un punto en esta historia. Estoy algo dispersada. 

Querida yo del futuro: cuando leas esto, espero que ya seas una muchacha algo más feliz y contenta. Hoy por hoy, te estás amargando por estupideces.

Tengo diecinueve años y vengo escribiendo desde los quince. De mi infancia borrosa, teñida de violeta, lo único que conservo son paisajes desolados en la distancia que se veían a través de las ventanas de aquella casa donde cada amanecer olía a tierra mojada. Cuando tenía ocho años los días mantenían el color y dolor de los raspones y las caídas que me provocaba el jugar fútbol en aquel parque frente a la casa de mi abuelo. Aparte de aquella actividad, el tiempo que tenía libre lo confinaba a afilar el arte plástico que llevaba conmigo desde la cuna: el dibujo. Me veía de mayor mereciendo apelativos como «el mejor dibujante del país/del mundo». Mi mente por entonces era tan despierta que era capaz de encontrar figuras donde otros sólo veían trazos y texturas. Pronto descubrí que también me gustaba cocinar y, para cuando cumplí los diez años, ya le había dedicado buena parte de mi tiempo.

A los doce los cambios en mi vida vinieron como torrentes y pronto desaprendí a sonreír como antes. Los cielos se volvieron de color ceniza, en una perpetua amenaza de lluvia que nunca llegaba a realizarse. En esos días supe que por el resto de mi vida me gustaría volver a mi pasado menos a tener doce años. Cuando cumplí los trece me enamoré como sólo puede enamorarse alguien del mar cuando lo ve por primera vez. Se llamaba Estefani y, aunque el cielo seguía gris, se convirtió en mi primera musa, sin yo dedicarme a la escritura aún. Tuve unas pocas secuelas después de ella, cicatrices que al mirarlas casi puedo decir que no recuerdo cómo me las hice. Ya para los quince años sufrí una de las peores crisis de mi vida: no encontraba inspiración para dibujar y pasaba largos minutos del día preguntándome si realmente era lo que quería hacer. Cada vez que lo intentaba mis manos repasaban las líneas de las que hasta yo estaba cansado. Debía haber algo más, pensaba. Algo más. Fue entonces que di con Tumblr y aunque no tenía una idea total de lo que iba a hacer, opté por arriesgarme y disfrutar la aventura, a ver qué pasaba.

Con el transcurrir de los días me sorprendí a mí mismo leyendo más de lo habitual y disfrutando de aquellas caricias invisibles que sólo un buen texto es capaz de conceder. Era raro porque, aparte de que nunca fui amante de la lectura, aquello siempre me pareció una pérdida de tiempo. Después, cuando me abandonaba a dibujar cosas incomprensibles y triviales, daba vuelta a la página y me encontraba con una cara en blanco. Poco a poco, mis manos procedían a trazar palabras en lugar de figuras. Las rimas fluían con esa facilidad propia del principiante y, para cuando quise detenerme, ya era tarde. Aquellos primeros poemas los mantengo conmigo en el cuaderno donde los escribí y no pienso publicarlos jamás.

En agosto de aquel mismo año, supe que quería dedicarme a escribir. Si el cielo serguía gris, yo le iba a poner color. Si la lluvia nunca llegaba, yo iba a desatar mi propia tormenta. Si alguien quería a venir a joderme, le iba a abrir las puertas y a pintar las paredes con mi propia sangre cuando se fuera. Iba a dejarme herir sólo para que mis heridas fueran las de alguien más. A la vista de aquel panorama, supe que iba a dedicar buena parte de mis desvelos a amar a quienes no iban a corresponderme sólo por el hecho de disfrutar de revolcarme en mi propio lodo. Porque sabía que mi historia algún día sería la de alguien distinto, y que mis experiencias podían almacenarse en la conciencia de cualquiera que supiese ver y sentir más allá de lo que está acostumbrado hasta convertir mis recuerdos en los suyos y mis cicatrices en su piel, aunque nunca me hubiese conocido. Sin que nadie me lo dijera, comprendí que aquélla iba a ser la base de mi eternidad en la escritura y que cada vez que alguien se aventurara a navegar entre mis palabras, el espíritu que las alimentaba iba a ser más grande y fuerte. Y que yo, aunque mi nombre algún día llegase a resbalar de la memoria de mis más fieles lectores, podría vivir para siempre.

Hoy, con diecinueve años y un montón de sueños todavía intactos después de tantos derrumbes, ya no tengo muchas ganas ni esperanzas de cambiar de rumbo. Me he enamorado de la manera que juré no hacerlo nunca y todavía lucho por olvidar por completo a la última chica que me atreví a querer como si nunca nadie me hubiese lastimado antes. He decepcionado y enorgullecido a propios y extraños. He abierto brechas entre lo que he sido, lo que soy y lo que llegaré a ser. He leído novelas que me han envenenado el alma de admiración y envidia. He escrito los libros que, antes de convertirme en escritor, jamás hubiera pensado en leer. Y aunque desde los doce años nunca he dejado de sentirme solo, sé que todavía hay algo más dentro de este mundo y que me está esperando, paciente. Todas las sorpresas de mi vida han llegado de esa forma. He nacido para escribir y para contar historias más que para vivirlas. Y no pienso escapar a ninguna parte, ni moverme si no es para escalar un peldaño más arriba, para algún día llegar a aquella cima invisible bajo este cielo de plomo, donde la lluvia no llega pero donde no deja de haber tormentas.
—  Heber Snc Nur