tonos verdes

Suspira, alza la mirada, voltea a su alrededor y se pregunta dónde está, y quién es aquella mujer que la acompaña. Comienza a pensar en lo hermosa que es ella. Zapatos de tacón de aguja, un vestido que no deja espacio para la imaginación, unas curvas propias de la actriz Mae West y paletas de colores en los brazos donde figuran distintos tonos de verde, morado, amarillo y a veces azul, según el tiempo que llevan en su cuerpo los moretones.
- ¿Quién eres? – pregunta.
Nadie responde.
“Quizás la mujer sea muda”, deduce.
- ¿Dónde estamos? – vuelve a intentarlo.
Los labios de la mujer se mueven, pero no producen ningún sonido.
- Vaya mierda – dice entre dientes.
Pero pensándolo bien no se está tan mal allí teniendo en cuenta a aquella mujer. Aparte de su presencia, en esa habitación no hay nada más que seis rosas marchitas dispersas por el suelo, paredes blancas y pulcras; y un par de botellas de cristal, vacías y rotas. El cuarto se halla envuelto de un silencio sepulcral.
- Tus moretones… ¿Son heridas de guerra? – ella asiente.
Se acerca lentamente a la mujer, y cuando trata de tocarla, se da cuenta de que hay un cristal de por medio. Se exalta, toma una de las botellas rotas, y dice:
- No te preocupes, te sacaré de allí.
Da unos cuantos pasos atrás al mismo tiempo que la otra mujer. Respira hondo, y se prepara para lanzar. De un solo golpe, todo el cristal cae a pedazos. La mujer desaparece. No más reflejo.
- Es la persona más extraña que he visto – dice, y se da la vuelta.
—  María Velázquez