A veces hablar de ella
es hablar de las cosas más difíciles,
no porque duela,
sino porque es de esas chicas que, al recordarlas,
se te hace un hueco en el pecho izquierdo.
Y ese abismo que dejan después de irse
es imposible que venga otra a rellenarlo,
hay huecos que nadie puede llenar
como lugares que jamás saben igual cuando vas solo.

Ella, más que un momento,
era un lugar al cual volver siempre.
Uno precioso donde miras los más hermosos atardeceres
y tienes que confrontar la vida con la mejor sonrisa,
porque te toma de la mano
y te hace volar con sus brazos cuando te abre la puerta.

Es gigante, aunque muchas veces la he visto sentirse hormiga.
Es un rascacielos hermoso, pero conoce el suelo más que nadie.
Es un día impar, porque detesta los números pares.
Siempre fue la otra,
la que tenía que esperar el mensaje hasta la madrugada,
la que se conformaba con tan poco
cuando esa sonrisa merecía tanto.
La que se hacía polvo por construirte la sonrisa.

Una vida de auto-hoteles
y una reputación intachable,
se lamía el dedo para pasar de página,
pero sólo estaba seduciendo al amor.

Quiere que la encuentren
pero ella sabe que está perdida
y no sabe dar ni sus coordenadas.
Qué cuerda es cuando se ríe
y qué loca es cuando baila.

Dime, chica de los infinitos enredados en el pelo,
¿cuándo tendrás la valentía para ser bailarina de tu propio desastre?
Lunática, bájate de la luna y bésame hasta hacernos polvo.
—  “Infinitos en el pelo”, Benjamín Griss