tendida

Si algún día vuelves
y yo ya no estoy
te dejo
dos tazas de café
con los posos secos
de futuros y de ayeres.
Un cenicero de besos,
de orgasmos quemados
en el infierno de tus ausencias
que ya son humo.
Las ilusiones
aún tendidas al sol
criando moho y otras vidas
que ya no serán nuestras.
Y, por último,
te dejo mis cenizas
por si necesitas renacer,
yo ya soy semilla
en otra tierra.
La sábana tendida


Al permanecer por un lapso de tiempo en soledad y ser testigo de las cosas que ocurren alrededor, se es capaz de imaginar y vislumbrar muchas cosas. A veces cosas tan extrañas que simplemente no es posible imaginar que algo así sea capaz de encajar en el complejo rompecabezas en tu cabeza. La soledad no es una buena compañía se dice y en ocasiones es más bien peligrosa, y puede hacer que una persona común caiga en lo más profundo del abismo de la locura.

Así le ocurrió a James. Para saber un poco más de él, les diré que es un sujeto tranquilo, tiene treinta y dos años, está en muy buena forma, tiene cabello oscuro y le gusta vestirse de blanco. Está casado y tiene dos hijos y si hay una palabra que lo pueda definir con gran exactitud esa es: Responsable.

Sin embargo hasta los más responsables son efecto y consecuencia de las múltiples conexiones eléctricas del cerebro, por lo que él, como todos los que nos consideramos sanos de mente, depende hasta de la más mínima conexión dentro de su cerebro. Basta con que alguna de estas microscópicas conexiones falle para hacer de alguien completamente cuerdo un ser absurdo y sin la más mínima concepción de razón.

Y no estoy con esto juzgando a quienes han sufrido enfermedades mentales ni mucho menos discriminando a mis hermanos que por alguna razón han llegado a este mundo a vivir como la sociedad quiere que vivan, bajo el nombre de; Enfermos mentales, dementes, locos, y demás. Pero el cerebro es una herramienta de doble filo. Al fin y al cabo, dependemos de este órgano, aun misterioso para dibujar y mantener la delgada línea que separa la realidad y la razón de la demencia.

De regreso con James. Él vive en un apartamento en la movida ciudad de Caracas. En una zona muy concurrida y que no se da abasto para contener cientos de puestos que convierten el Boulevard de Sábana Grande en un gran mercado, en el que los ciudadanos provenientes de todos los puntos de la ciudad capital, pueden encontrar prácticamente lo que se les antoje a precios con los que las tiendas no pueden competir. Su apartamento, en el noveno piso de un antiguo edificio, tiene un ventanal que le permite una hermosa vista de las montañas que coronan la ciudad y nos separan del lejano y hermoso mar Caribe. El Ávila se alzaba al fondo orgulloso y de un verde poderoso.

Sin embargo no es en este lugar donde tiene lugar este extraño episodio de la vida de James. Sabrán que durante una temporada, James se encontró sin trabajo, como a algunos les suele ocurrir. Algunos problemas con su jefe y distracciones en importantes mandados le costaron su puesto de trabajo como traductor en una empresa de telefonía móvil que se encontraba en expansión por esta época. Así pues, apurado por remediar su situación de desempleo, James asistió a tantas entrevistas laborales como fue su cuerpo capaz de aguantar, semana tras semana entregando en todas partes su hoja de trabajos en las que destacaban sus experiencias laborales en múltiples empleos anteriores, de los que extrañamente no recordaba las razones que habían dado por finalizada la relación laboral.

Que comprensiva había sido su esposa al enterarse de su despido repentino, ella tenía cerca de ocho años trabajando como escritora en un periódico… ¿Cuál era el nombre del periódico? pensó James cuando se encontró en la recepción de una oficina en la que necesitaban un interprete políglota, era este el quinto día de entrevistas consecutivas. Estaba cansado de caminar tanto por la enorme ciudad de Caracas, recorriéndola de este a oeste. No estaba seguro de cuanto había gastado en boletos de Metro, había hecho tantos viajes que ya al mediodía sentía sus pies latir con fuerza, pero allí estaba él tratando de cambiar la realidad de su situación. Una joven recepcionista recibió su currículum y le hizo pasar a una sala donde había varias sillas de tela, la sala tenía grandes cuadros en las paredes y una alfombra de color azul, ya había allí tres personas que esperaban en silencio. James entró y se sentó en una silla, alejado de los otros, había una ventana que daba hacia el oeste de la ciudad. James se levantó por un momento y miró por la ventana, abajo en la calle pudo ver la estación de metro de Chacao, solo la entrada al Metro, por donde grandes masas de gente entraba y salían. Volvió hacia su puesto y notó que solo quedaba una persona allí sentada, esperó entonces y unos segundos más tarde salió una mujer muy pequeña que vestía un traje negro hasta las rodillas y una flor plateada enganchada en el hombro de aquel vestido. La mujer era de tez oscura y cabello liso, muy delgada y refinada, a James le pareció absolutamente horrible la flor que ostentaba en el vestido.

No prestó mucha atención a las palabras de la mujer, pero el otro sujeto que esperaba junto a él se puso de pie y se fue junto a la mujer a la otra habitación y luego la puerta se cerró. James se encontró solo en la sala, miró sus pantalones de vestir negros, tenía una mancha marrón, probablemente se la había hecho el mismo al sentarse la primera vez en la silla y cruzar las piernas, se limpió con la mano y al levantar la vista observó algo que extrañamente le llamó la atención. En el edificio que estaba frente a él había una ventana por la que se asomaba un tendedero de alambres. Un armazón de aluminio que se apoyaba de las paredes laterales de la ventana y que tenía dos varas que estaban unidas por tres cuerdas de alambre, allí una mujer blanca que llevaba su cabello rojizo amarrado en un moño colgaba una toalla blanca en la que había una mancha roja, una mancha de sangre.

En un principio James no creyó lo que estaba viendo, no podía ser cierto, era demasiado evidente. Probablemente no era sangre, tal vez era jugo o un experimento, seguramente de algún animal. James se levantó repentinamente y se fue hasta la ventana, pegó la cara del cristal y observó a la mujer que tendía la toalla, pero no era una toalla, era una sábana, una tela muy fina y traslucida, una sábana blanca pequeña. ¿Podía ser el tamaño algo revelador? Se dijo a si  mismo ¿era entonces un bebe?

James se volvió hacia la sala, pero no había más nadie allí, y de pronto se abrió la puerta y de allí salió la mujer de vestido negro, mostrando todas las piezas dentales que podía con su amplia sonrisa.

-Por favor… -Dijo con una voz suave.

James asintió, pero para no levantar sospechas no volvió a mirar hacia la ventana. Avanzó con firmeza fingiendo una sonrisa y entró en la oficina de la mujer. La oficina era un poco más pequeña que la sala en la que había estado y tenía un escritorio de madera, muy parecido al que tenía la recepcionista, había dos sillas vacías frente al escritorio y detrás de este se sentó la mujer aún con su prominente sonrisa. La oficina tenía una panorámica exactamente detrás del asiento de la mujer y por donde, una vez se hubo sentado James, pudo ver una vez más la mujer en la ventana tendiendo su sábana blanca. Una sábana completamente blanca, sin manchas, limpia y traslucida que jugo por un momento con el viento mientras la mujer del moño la enganchaba al tendedero.

-Mi nombre es Laura, Gerente de personal y encargada de la incorporación de trabajadores. -Dijo la joven sin dejar de sonreir a James que permanecía concentrado en el tendedero del edificio de en frente. -Tengo que admitir que su curriculum es impresionante, me gustaría hacer algunas preguntas.

James asintió tratando de parecer normal ante su entrevistador.

El teléfono sonó y Laura atendió de inmediato excusándose con su entrevistado.

“Dile que me espere un minuto” Dijo después Laura disimulando su excitación, aunque James no se percató en absoluto de esto, él seguía interesado en la imagen de la mujer pelirroja que tendía sus sábanas.

-¿Puede decirme cuál fue su último empleo? -Preguntó Laura.

-Trabajé para Omniphone. Casi un año. -James dejó de mirar a la ventana por un instante y se dirigió a la entrevistadora.

-¿Y cuál fue la razón de su despido? -Volvió a preguntar la mujer.

-Eh… tuve problemas con mi jefe. -Explicó él sin el más mínimo interés en dar detalles.

Laura emitió una gran sonrisa y más tarde el teléfono volvió a repicar. La mujer lo atendió.

-Está bien… ya voy. -Terció. -Le ruego que me disculpe. -Dijo 

levantaádose de la silla. -Tengo que atender una situación…

La mujer rodeó su escritorio y salió por una puerta que estaba en el extremo opuesto al ventanal, una puerta que James no había visto y que era por la que probablemente salían todos después de ser entrevistados.

Entonces se volvió una vez más hacia su imagen al otro lado de la ventana, aquel extraño cuadro lejano en el que aquella mujer había perpetrado algún crimen que intentaba ocultar de los ojos espías de James.

Se levantó y se acercó a la ventana tratando de dar con lo que ocurría dentro de aquel apartamento. Las demás ventanas, que seguramente eran del mismo apartamento estaban cerradas y no se podía ver nada a través de ellas pues eran texturizadas, solo había un lugar por donde ver, el único lugar que James tenía para averiguar que había ocurrido dentro.

La mujer de cabello rojizo tenía una bata rosada y continuaba tendiendo su sábana blanca en el tendedero luchando contra la fuerza del viento que hacía volar la blanca y traslucida tela. James bajó la mirada, nadie veía a la extraña criminal tendiendo la sábana, cómo era eso posible, solo él estaba pendiente de lo que ocurría en esa ventana, solo el conocía la mente criminal de esa mujer, se vio el pantalón, estaba sucio otra vez. James escudriñó con la mirada dentro del apartamento, al tiempo que se sacudía el sucio del pantalón, estaba oscuro, había una planta y allá más lejos, donde su mirada no daba más, vio algo, una punta metálica. Eso era todo… una tijera, tal vez un cuchillo, el arma homicida, esa mujer había cometido un crimen, ya no había nada más que negara aquella realidad a James, pero continuó observando desde allí a su cuadro.

La mujer continuaba allí tendiendo la blanca pieza sobre los alambres, ¿Por qué lo hacía? ¿Qué intentaba? si lo que quería era confundir a la gente se había equivocado con él, James sabía lo que había hecho y no iba a creerse el cuento de que aquello era su ropa recién lavada. No era una buena mentira, no para él, el sabía que detrás de imágenes simples como esa se encontraban los más terribles crímenes del mundo. ¿A quién habría matado? de pronto como una corriente fría de aire se estrelló frente a él la idea de un accidente. ¿Un accidente? no… lo habría denunciado su hubiera sido un accidente, tal vez en defensa propia había herido a alguien. Lo pensó por un momento, pero luego una vez más vio la sábana volando con el viento de la tarde, un viento cargado del humo de los muchos carros que transitan por las avenidas, humo con plomo, sin plomo, aire caliente y frío y entonces pudo ver a la mujer a los ojos, esos ojos fríos y calculadores, malignos. Ella estaba a muchos metros de él, pero desde allí James la vio esbozar una sonrisa maliciosa con sus labios finos. Unas manos gordas y de largas uñas sostenían aún la sábana blanca tendiéndola sobre los alambres del tendedero. 

-¡Señor James! -Exclamó una voz detrás de él.

James se volteó asustado, en la habitación habían entrado Laura y la recepcionista que lo miraban alarmadas.

-Quiere hacer el favor de sentarse. -Repuso la mujer.

La recepcionista salió de la habitación al tiempo que James regresó a su asiento sin decir nada, Laura se sentó y lo miró con un poco de duda.

-¿Se siente bien? -Preguntó la entrevistadora.

James suspiró y luego asintió, tenía la mirada fija en la mesa de madera, luego levantó la vista. Laura se había sentado y con el respaldo de la silla bloqueaba la imagen de la mujer del edificio del frente. Esto permitió que por unos minutos James pudiera calmarse.

La entrevista, resultó como todas las demás que ya había tenido tanto en aquel largo día como en los días anteriores, James respondió a todas las preguntas pero siempre recordaba a la mujer que tendía la sábana en la ventana del frente. Al finalizar la entrevista unos minutos después la señora Laura se levantó y le dio la mano a James que al levantarse pudo ver una vez más por la ventana.

Para su asombro y espanto había una larga sábana tendida en la 

ventana y la sangre goteaba abundantemente por las puntas que quedaban al aire. James dio un grito de terror lanzándose de espaldas a la pared, la mujer que estaba tendiendo la sábana lo miraba desde allí, con sus ojos calculadores, con su sonrisa maliciosa y sus brazos cruzados.

-¡¿Qué es lo que ocurre?! -Preguntó en voz alta la entrevistadora.

James señaló a la ventana y a la sábana que estaba tendida en el edificio de en frente, pero Laura no pareció ver nada.

James se levantó del suelo donde yacía y se acercó decididamente hacia la mujer, le aferró el rostro con ambas manos y se la llevó con fuerza hacia la ventana.

-¡No la ve a ella y a su sábana llena de sangre! -Exclamó pegando el rostro de Laura del cristal. -¡No ve que es una asesina! ¡Está loca, es una criminal! -Gritó después.

James no obtuvo sino un grito desgarrador de Laura, al que más tarde se sumó el de la recepcionista. James unos segundos después sintió que era jalado por alguien a quien golpeó con gran fuerza sin saber de quien se trataba.

-¡Vean! ¡Es una asesina! -Gritó una vez más.

Luego recibió un fuerte golpe que lo hizo soltar a Laura, volvió la vista a la ventana del edificio del frente pero no había nada allí. La ventana estaba abierta y había un armazón metálico que servía de tendedero, pero estaba vacío. Hubo silencio por un minuto y luego la situación se calmó, James se irguió.

-Pero… yo la vi. Estaba allí. -Dijo en susurros.

Laura hizo señas a la recepcionista que más tarde salió de la sala. James se volvió a su entrevistadora.

-Ella estaba allí, había sangre. -Volvió a decir.

-No… no hay nada. -Dudo Laura manteniéndose a distancia de su atacante.

-Ella los mató… -Murmuró finalmente James.

No hubo recuerdos después de esta situación dentro de la mente de James, luego se encontró en un cuarto, con sus brazos amarrados a su cuerpo, sin poder moverse, llevaba una camisa de fuerza blanca, estaba sentado frente a alguien, su esposa que hacía un increíble esfuerzo por no llorar.

La mujer no dijo nada, se levantó y se fue hasta donde estaba un doctor junto a la atacada; Laura.

-¿Nunca se dio cuenta de este estado? -Preguntó el doctor a la esposa de James.

-No. -Respondió ella. -Pasaba mucho tiempo fuera de casa.

-Tengo algunas cartas… -Dijo el médico. -Que encontraron entre sus papeles. Cartas de despido.

Laura las tomó, aún con duda, su cuello estaba enrojecido y su cara maltratada por el repentino ataque de James.

-Locura temporal, inestabilidad mental, problemas mentales. -Leyó pasando las cartas una tras otra. -¿Como es que nunca atacó a nadie?

El médico negó con la cabeza.

James fue recluido en una institución que no le iba tan mal, a su parecer, podía vestir de blanco siempre y las habitaciones eran siempre acolchadas. Además sabía que allí no lo iba a buscar la mujer de aquel apartamento que tendía la sábana. Se sentó recostado de una de las paredes y algo le llamó la atención, tenía sucio, una mancha marrón en el pantalón.

Espero,
el furtivo encuentro,
de tus brazos y mis labios,
para perderme en lo prohibido de tus besos.

Espero,
tendida en la cama,
con el vestido de otros cuerpos.

En el atroz sentimiento
en el vacío de tus manos
en el lamento en vano.

Y estamos ahí,
inventando el momento.

Llenándonos de algo,
entre el sudor y el silencio.

—  Olga Cecilia Martínez Rojas
Anuari

I

Apareciste Anuarí, cuando yo con mis ojos ciegos y las manos tendidas te buscaba. Apareciste, y hubo en mi alma un estallido de vida. Se abrieron todas mis flores interiores, y cantó el ave de los días festivos. Me amaste, Anuarí, y alcanzé la Gloria suspendida en tus brazos. Desapareciste, y quedé sola, los ojos naúfragos en noche de lágrimas. Bondadosa ha vuelto tu sombra, entre ella y el sepulcro espera una hora mi alma.

XV

Estoy enferma. Mi mano, ardiente, resbala en triste desmayo sobre los libros donde me refugio, para aturdirme y olvidar. No trato de abrirlos, es inútil: los adivino. ¡Qué pueden decirme que sustraiga mi pensamiento de tu recuerdo? Sólo lograrian dejar una negra mancha de tinta en mis pupilas luminosas de tu imagen. Mi dolor se hace agónico; mi tristeza se despedaza como las túnicas de los mártires desgarradas por las fieras del circo. Me pesan las sienes como si las oprimieran los dedos de un coloso, y como losas funerarias caen mis párpados. ¡Anuari, Anuari! Las penas hacen pesada mi sangre, como si circulara por mis venas lava fria. Estoy enferma. A mi alrededor canta la vida, impiadosa, cruel, en su inconsciencia de diosa eternamente joven y alegre. Ese desordenado bullicio me hace pensar en la profanación de cadáveres por un saltimbanqui ebrio. La vibración del dolor ha destruido la orquestación divina, que, en lirica unión con todas mis cuerdas intimas, amenizaba las fiestas de mi alma. Estoy tan triste, como una paloma a quien sorprende la tormenta, sola y fuera del nido

.- Teresa willms montt


(ayayai )

Mil veces he querido regresar y perderme en un recuerdo del que apenas puedo rescatar una imagen robada al calor de las llamas. Bea, desnuda y reluciente de lluvia, tendida junto al fuego, abierta en una mirada que me ha perseguido desde entonces. Me incliné sobre ella y recorrí la piel de su vientre con la yema de los dedos. Bea dejó caer los párpados, los ojos y me sonrió, segura y fuerte.
—Hazme lo que quieras—susrró.
Tenía diecisiete años y la vida en los labios.
—  La sombra de viento - Carlos Ruiz Zafón

Los shorts bien shorts
permiten ver sus detenidos muslos
casi poderosos,
pero su enferma blusa pulmonar
convaleciente
tanto como su cuello-fino-Modigliani,
tanto como su piel-margarita-trigo-claro,
Margarita de nuevo ( así preciso ),
en la chaise-longue ocasional tendida
ocasional junto al teléfono,
me devuelven un busto transparente
( Nada, no más un poco de cansancio ).

Es sábado en la calle, pero en vano.
Ay, cómo amarla de manera
que no se me quebrara
de tan espuma tan soneto y madrigal,
me voy no quiero verla,
de tan Musset y siglo XIX
cómo no ser romántico.

—  Cómo no ser romántico y siglo XIX / Nicolás Guillén.
Sin embargo te advierto que estamos cosidos
a la misma estrella
Estamos cosidos por la misma música tendida
de uno a otro
Por la sombra gigante agigantada como árbol
Estamos cosidos por la misma estrella
Estás atada al ruiseñor de las lunas
que tiene un ritual sagrado en la garganta.
—  Altazor, Canto II/Vicente Huidobro
30-8-15

Para Riccardo Castellani

triste comunión la tuya y la nuestra

te deja nos deja con la cara tendida al sol

como púgil

como muertos

que se demandan por no poderse cerca


querido

la sombra que cargas bajo la tuya

te la he regalado como mi nada que ahora es de ti para siempre

espero que alcance 

para comprar un abrazo

Les cuento algo de mi vida:

mis compañeros del colegio no me hablan, creen que soy muy rara y me molestan, al inicio eran cosas inocentes, ahora son cosas serias. 

Hoy me golpearon tan fuerte que mi nariz y boca comenzaron a sangrar, a nadie le importo y me dejaron alli tendida para que yo me las arreglara sola, mi uniforme quedo todo lleno de sangre y yo no sabia que inventarle a mi madre. Todos participaron, lo peor de todo es que quien me golpeo fue un hombre, despues de este tipo de cosas es cuando me pregunto: ¿que tan asquerosas pueden llegar a ser las personas? 

Bueno… seria eso, lo comparto con un  grupo de extraños a los que ni les importa.

235 de 365 #sketch #osnaya #monstruografia “Ella sabia que involucrarse con él era peligroso, sobretodo porque sabía que un Sátiro homicida estaba enamorado de ella, pero nunca lo dijo, así que un día, aquel malvado abusó de ella, hasta estrangularla. No paso mucho tiempo, cuando aquel Sátiro la descubrió tendida en el suelo. En la mente de aquel sátiro solo había un deseo pétreo de venganza!”

Allí donde está tendida, con los ojos cerrados, la mujer no habla
ni sonríe, esta noche, desde la boca torcida
al hombro lívido. Revela en su cuerpo,
finalmente, el abrazo de un hombre: el único
que podría dejarle huella y que le ha borrado la sonrisa.
—  Cesare Pavese