te quiero coger

Mil veces sentí deseos de cogerle la mano, y mil veces me quedé quieta, sin hacer nada. Estaba un poco confundida, quería decirle que lo amaba, pero no sabia como empezar.
Me gustabas porque te gustaba viajar, el vino y yo, pero lo cierto es, ya no sé ni qué te gusta

(Ya no es para ti. Pero igual quiero que lo leas.)

Me gustabas.

Me gustabas con tu calidad de persona, de opinión, de mente, de ser humano, de léxico y de gramática.

Me gustabas cuando dijiste: «Aguarda un poco, por favor».

Me gustabas cuando dijiste: «Ya dilo. Yo también te extrañé».

Me gustabas cuando dijiste: «Me agradas», en vez de cualquier otro verbo tan usado y corriente que escuchamos día a día. Como, bueno, algo así de «te quiero coger durísimo», que curiosamente yo ya he dicho un par de veces.

Me gustabas cuando me llamaste chica lista, antes que nadie. Ahora, todos los hombres que se acercan a mí, sin excepción, y a su manera, lo hacen. Tú fuiste el primero.

Me gustabas cuando querías tener idea. Digo, es algo muy figurado, pero captarlo, ¿sabes? Captar lo que yo sentía por ti en toda esa oda al romance que tuvimos durante algún tiempo.

Me gustabas cuando me desconectabas de la realidad, de lo que veía, de lo tangible. Pero era, de hecho, más fantasía mía: te imaginaba, te idealizaba e, indudablemente, me enamoraba.

Me gustabas porque tú eras aparte. Porque estaba viviendo con mi loca familia que tenían más que harta, y contigo, pretendía independizarme, para poder hacer algo tan inocente como despertar contigo y que me picaras un poco de fruta de desayunar. Siempre pensé que tú y yo funcionaríamos de maravilla porque acordamos que tú lavarías los platos.

Me gustabas indefinidamente. «Como hoy puede que sí, tal vez mañana ya no», dije. Pero, en realidad, me gustaste durante un largo, largo tiempo.

Me gustabas cuando me veías brillante, perspicaz, terca y obstinada porque era, es y sigue siendo justo la manera en que deseo verme a mí misma. Esa percepción que tuviste de mí, de que podía llegar a ser alguien en la vida, bueno, me hacía creerla al ver tus ojos.

Me gustabas porque me odiabas. Porque sólo tú, de todos los otros, entendías ese intercambio de «te odio» como lo que era: un eufemismo claro de un «me estás gustando demasiado».

Me gustabas porque eras un idiota (de vez en cuando). Siempre coqueteando con las demás, hundiéndote en pornografía, y nunca compartiéndolo conmigo. Era como si me inmaculaces, siendo que lo que yo más quería, era liberar a mi puta interior contigo: porque sabía que eras un hombre bueno, y ésa sigue siendo mi definición de amor.

Me gustabas porque no eras un imbécil. En realidad, eras muchas cosas más que te enviaba en mensajes de texto, muchas groserías en mayúsculas. Lo lamento: me volvías loca.

Me gustabas con tu manera tan natural de dar los buenos días; me recordaste lo fácil y sencillo que es y también lo bien que se siente si viene de la persona indicada. Cada día, hasta que yo nos puse un fin, tú me seguías dando los buenos días. Y eso, aun en el mero recuerdo, fue bellísimo.

Me gustabas siendo engreído. Pero eras inmaduro al respecto. Ni siquiera eras como, ya sabes, pretencioso real: mamón. No, tú eras… inmaduro. Y, como dicen, «bajita la mano», te sentías muy merecedor de todo lo mejor de mí que yo, muy tonta, te lo entregué. Muy tarde me arrepentí, cuando te luciste con un «¿yo?» prepotente al pensar que tú habías sido mi primer novio en serio, siendo que lo que empezó muy formal, afortunadamente, no terminó involucrando a nuestras familias, siempre no.

Me gustabas porque no te gustaba pedir disculpas. Esto era sexy. No sé por qué. Y las pediste. Quizá demasiado. Por todo, por tonterías. Nunca por la única cosa en que debiste pedirlas.

Me gustabas porque, aun con unas copas demás, te atreviste a decirle a un par de presuntuosas veinteañeras alemanas que conocías a una chica de 18 años con más puntos de IQ que la suma de los suyos: yo. Eso ha sido lo más lindo que alguien ha hecho por mí. A la fecha. Y creo que siempre será eso: lo más.

Me gustabas porque tu sabor de helado favorito también era menta con chispas de chocolate. Y, en realidad, fíjate que me está gustando el de algodón de azúcar un poco más. Pero, digo, el helado es helado y, como tal, es bueno; tiene mucho tiempo que no lo como.

Me gustabas porque me gusta (la mayoría de) la música que te gusta. Exceptuando a esa canción de Edith Márquez que me compartiste para «romper el hielo». Sigo escuchando “Amor Fati,” ¿sabes? Y me impresiona que te haya gustado la canción que le dediqué a un hombre con quien salí apenas un par de días después de haber terminado contigo; a la demás gente le impresionaría más el hecho de que te la compartí.

Me gustabas por saber que estabas ahí, pese a todo. Hasta que no lo estuviste. Hasta que, poco a poco, decidiste hacer un desmadre con tu vida, y conmigo en el proceso.

Me gustabas porque perdías el ego, con tal de no perderme a mí. Hasta el momento preciso en que quien perdía no sólo el ego sino también la cordura, la decencia, la razón y la dignidad, era yo. Yo perdía. Yo te perdía a ti y a mí misma también. Todo el tiempo.

Me gustabas porque me sacabas una sonrisa cada que recibía un inesperado mensaje de texto tuyo. De madrugada, por la tarde o cuando fuese. Supongo que, a la fecha, lo haces aunque nuestra conversación se resuma a yo comentándote todas las malas decisiones que, muy orgullosa, he tomado o pidiéndote que me pases una aplicación móvil para hackear redes inalámbricas.

Me gustabas cuando conducías un BMW de los noventas. Mierda, ¿por qué tuviste que deshacerte de él? Si nos hubiésemos casado, te lo hubiera quitado. Créeme.

Me gustabas cuando me hablabas de tu padre. Sé que era difícil para ti, y a mí me encantaba que lo compartieses conmigo.

Me gustabas tal como me gustaba cualquier otro objeto, lugar, destino, sujeto, suceso o evento en la vida; la única distinción era que se trataba de ti. Y, ¿a quién engaño? En realidad, me gustabas como lo que fuiste: mi novio; mi amor, mi único amor.

Me gustabas porque eras un romántico (no tan) detestable. Me encantaba nuestro romance, nuestras cursilerías y tus «Bonita», así, con mayúscula. Tardé en aceptar que otro hombre me llamara así (porque yo era tu Bonita, sólo tuya aunque en uno de tus dramas me dijeras que tú, en cambio, eras sólo tuyo, de ti, como maldita esposa desesperada), pero ahora se siente bien.

Me gustabas porque me entendías (aun si de repente me da por hablar en inglés). Creo que eso sigue en pie. Ningún hombre me ha entendido como tú. Hasta ahora.

Me gustabas cuando me contabas cosas. Me gustaba escucharte: a ti y no a cualquiera porque generalmente me aburro. Me gustaba. Me gustaría seguir haciéndolo, pero veo que tu lógica es amor o indiferencia.

Me gustabas cuando trasnochabas. Conmigo. Todos los hombres se duermen tan temprano y a ti y a mí nos amaneció en varias ocasiones mientras hablábamos, charlábamos, parloteábamos de cualquier cosa.

Me gustabas, y no quería pensar en ninguna consecuencia de lo que eso conllevara porque sabía que todo acabaría terrible. Estaba consciente y te lo dije de la manera exacta en que pasó, maldita sea. ¿Recuerdas? Te lo dije desde el principio y tal parece que lo hiciste a propósito. Lo tuyo, más que una traición, lo sentí como un golpe bajo. Y, a dos años de este maldito y ridículo texto, me sigue doliendo; te sigo guardando tanto rencor. No por ti. Por los «Bonita» y «mi Muy Bonita» que soltabas con las patéticas e infantiles fotos que te enviaba, por las cursilerías, por lo bonito, por todo aquello que para mí fue inmenso y para ti no significó nada: pasé años al lado de un hombre que despertó un día y decidió ser un idiota, decidió dejar atrás todo aquello que lo hacía especial para convertirse en un adolescente irracional que desde hace dos malditos años ha querido dejar su trabajo y no ha podido. Vaya, habrá valido la pena liberarte de la jaula, pajarito, viéndome a mí como aquello que no te permitía hacer tantas cosas. Como volver el tiempo atrás, quizá, y acceder a acostarte con alguna de las alemanas, sin preservativo, y haber contraído sífilis, gonorrea o lo que fuese.

Si yo pudiese regresar el tiempo —en tu DeLorean, ¿recuerdas?—, ¿sabes a qué momento regresaría? (No, no al 3 de mayo de 2014, no al concierto de mi banda favorita al que nunca fuimos.) Regresaría a aquel domingo que pasamos en El Péndulo Zona Rosa, cuando me llevaste un ramo de rosas rojas (que son mis flores favoritas) con una decoración de muy mal gusto. Regresaría tan solo a ese momento para volver a acariciarte los brazos con mis manitas de niña pequeña, para decirte: «¿Te molesta?» Y ver cómo, resguardándote un poco tu grueso labio inferior, me dices que no con una sonrisa.

Regresaría a ese momento tan solo para mirarte observarme y decir que soy hermosa, con mi blusa verde traslúcida que creí que te gustaba mucho.

Y, probablemente, en estos momentos, ahora mismo, sería inútil. No tendría el mismo efecto. No sentiría nada dentro como lo que sentí ese día. Serían palabras vacías. Pero, ¿sabes? Quizá así lo fueron desde un principio.


Este texto es una continuación de éste otro.

La mierda está fluyendo
La mierda está fluyendo

Les decimos putas por salir con poca ropa

pero igual te la ponen dura 

Y te quejas de que nadie te ama pero

Tú solo quieres sus nalgas 

Y ya por eso crees que la amas 

Ellas se quejan 

De que todos sean iguales 

Pero es que les gusta 

Salir con cabrones que parezcan vampiros,lobos o película de moda

Y que las defiendan si hacen pendejadas

Que las entiendas cuando dicen te quiero

Pero prefiero coger con otro

DanielBRS