tarjeta de visita

Aún no has nacido

El Gobernador de Kyoto

Keichu, el gran maestro zen de la era de Meiji eral el abad de Tofuku, un enorme templo de Kyoto. Un día vino a visitarle por primera vez el gobernador de kyoto.
Su asistente le llevó la tarjeta de visita del gobernador, en la que se leía: “Kitagaki, gobernador de Kyoto”.
-No tengo nada que tratar con ese tipo dijo Keichu a su asistente-. Dile que se largue de aquí.
El asistente devolvió la tarjeta con sus disculpas:
-Ha sido culpa mía –dijo el gobernador.
Tomó un lápiz y tachó las palabras “gobernador de Kyoto”.
-Pregúntale otra vez a tu maestro.
-¡Ah! ¿Es Kitagaki? –exclamó el maestro cuando leyó la tarjeta-. Hombre, dile que pase.

La existencia es una celebración continua, excepto para el ser humano. La existencia es un carnaval, una orgía de alegría, excepto para el ser humano. El ser humano se ha salido de esta tremenda celebración sin fin. El ser humano ha dejado de formar parte de ella, y permanece solo, alineado. Es como si el ser humano hubiera perdido las raíces que debería tener en la existencia. El ser humano es un árbol que está muriéndose, secándose, que ha dejado de estar vivo. Los pájaros ya no vienen a posarse en sus ramas, las nubes no le cantan, los vientos no danzan a su alrededor.

¿Qué le ha sucedido al ser humano? ¿Y cómo? ¿Por qué se halla en un infierno así? ¿Por qué está el ser humano metido en tal situación? Debe haber algo fundamental que no funciona.

El análisis zen, el diagnóstico zen, se debe a que el ser humano piensa que es. Los árboles no piensan, carecen de yo. Las piedras no piensan, carecen de un yo. El cielo carece de un yo, la tierra carece de un yo. Sin un yo no hay posibilidad de caer en la miseria. El yo es la puerta que da a la miseria. El Buda lo llamó atta, el ego, el yo.

Somos desgraciados porque estamos demasiado en el yo. ¿Qué quiere decir que estamos demasiado en el yo? ¿Y qué sucede exactamente cuando estamos demasiado en el yo? O bien se está en la existencia o en el yo, pero ambas cosas no son posibles. Estar en el yo significa estar aparte, ser separado. Estar en el yo significa convertirse en una isla. Estar en el yo significa trazar una línea de separación a tu alrededor. Estar en el yo significa realizar una distinción entre “esto soy yo” y “esto no soy yo”. La definición, la separación entre “yo” y “no yo”, es lo que es el yo; el yo aísla.

Y te congela, dejas de fluir. Si fluyes, el yo no puede existir; por eso la gente parece cubitos de hielo. Si carecen de toda calidez no pueden albergar nada de amor. El amor es calidez, y ellos tienen miedo del amor. Si les llega algo de calidez, empiezan a deshacerse y desaparecen las fronteras. En el amor desaparecen las fronteras; en la alegría también desaparecen, porque la alegría no es fría. Nada es frío, excepto la muerte. El yo es muy frío. El yo es la muerte. Quienes viven en el yo están ya muertos, o tal vez ni siquiera llegaron a nacer. Se perdieron su nacimiento. Nacer, vivir, significa fluir, ser cálido, deshacerse, disolverse, no saber dónde se acaba y dónde comienza la existencia, desconocer los límites, permanecer en esa consciencia difusa. Eres consciente, desde luego, pero no hay consciencia de la propia identidad. La consciencia en sí misma es inconsciente de la propia identidad.

Osho

La mujer Libra

En el más viril y recio de los varones Libra encontrarás algún rasgo del sexo opuesto, y la misma jugarreta le hace Venus a sus compañeras femeninas. Libra puede ser tan delicada como un vaporoso conejito blanco, y su voz un dulce susurro persuasivo. Puede vestirse con sedas y encajes, y llevar el pelo fragante de colonia. Hasta puede parecerte una muñequita que podrías levantar con una mano (aunque un ascendente Tauro o Sagitario la haría bastante más pesada). Pero con toda su feminidad, la dulzura de sus modales y el encanto de su gracia, esta muchacha se encuentra sorprendentemente cómoda usando pantalones, y le caen perfectamente. Sus procesos mentales siguen una lógica masculina y, en cualquier discusión que se te ocurra emprender, pueden estar a la altura de los tuyos, y hasta superarlos ocasionalmente… aunque el aspecto femenino de Libra es, generalmente, demasiado astuto para permitir que te des cuenta de eso hasta no haber pasado sana y salva la meta de la luna de miel. Durante la estación de conquista Libra se cuidará muy bien de ganarte una partida de ajedrez, pero no se pasará la vida manteniendo su agudeza mental oculta tras los graciosos hoyuelos. En algún momento te verás enfrentado con el despliegue de su potencia cerebral.
La mayoría de las mujeres Libra sacarán a relucir su ingenio tan pronto como se presente un tema que ofrezca la menor posibilidad de discusión. Puede ser cualquier cosa: por qué no debes usar cuello con botón, o que es lo que pasa para que no te asciendan en el trabajo. (Respecto a esto último, ella pensará que es en parte por culpa tuya, y en parte de tu jefe. Con Libra, cualquier cosa termina siendo seis de un lado y media docena del otro, de modo que todo resulte igualado.) Si te niegas a morder el anzuelo, ella discutirá consigo misma. Una chica Libra es capaz de empezar sola un altercado, de seguirlo sola y terminarlo sola, majestuosamente. Es posible que tu única contribución sea un “pero, ¿por qué?” o “a mí no me lo parece”, pero en ocasiones es todo lo que ella necesita para lanzarse a un brillante monólogo que puede durar una hora, o más. Mientras dure, sin embargo, es probable que tú te sientas inundado por su encanto. Cada tres frases, más o menos, se encenderá esa deliciosa sonrisa, insoportablemente, hasta que termines cambiando de opinión con tan poco esfuerzo como ella cambia de sexo al asumir las prerrogativas del hombre para después convertirse de nuevo en una conejita mimosa. Te convencerá con lógica, pura y clara, sin que tú pierdas mucho, a no ser tu orgullo, que tampoco echarás demasiado de menos, bajo el hechizo de esa fascinante sonrisa. Y por lo general tiene razón, porque sus decisiones son tan cuidadosamente sopesadas como las del Tribunal Supremo. Las mujeres Libra no necesitan que se las empuje mucho para poner en marcha una comparación verbal entre dos puntos de vista cualesquiera. Una temporada de actividad política le dará montones de oportunidades para aguzar su retórica y pulir su talento discursivo. Es muy capaz de trabajar en política, una vez que haya decidido qué partido y qué candidato la convencen.
Aparte de esa tendencia típica de su signo a pesarlo todo dos veces para estar segura de no equivocarse, puede ser una mujer estupenda para un hombre que se sienta atraído por el amor, el compañerismo, o ambas cosas. Su tendencia a discutir se basa en un sincero deseo de llegar a una decisión imparcial. Podría ser peor. Por lo menos, no va estableciendo sobre la marcha sus propias reglas, ni se resiste obstinadamente a todo razonamiento, como las mujeres nacidas bajo otros signos solares. Además, la mayoría de sus opiniones van formuladas con un tacto diplomático que en alguna medida suaviza el golpe.
Es posible que te aburran un poco sus digresiones sobre temas tan mundanos como las tarjetas de visita, pero cuando se trate de algo que realmente importa, apreciarás sinceramente sus esfuerzos por ser justa y su capacidad de dar un juicio correcto después de haber sopesado todos los factores. Otras mujeres pueden dar cualquier opinión que no refleja más que su naturaleza individual, y tampoco les importa mucho lo que pienses tú o la exactitud de la respuesta. Para una mujer Libra, eso de que lo que ella piensa es lo que está bien, no es válido. Tu opinión es tan digna de respeto como la de ella y la de Platón, mientras no se tome una decisión, tras haber llegado a la conclusión de las imperfecciones de los argumentos de ella, de los tuyos y de los de todos los filósofos.
La mayoría de las chicas Venus trabajan antes y después de casarse. Buscan el dinero por las cosas bellas que con él se pueden comprar. Las aves de Libra necesitan montones de hermosas plumas para su suntuoso nido. Les gusta la ropa buena, los perfumes caros, la música clásica y… ¿no había dicho alguien que Libra era masculina? Pero cuando la veas con esos peinados tan bonitos, apenas si advertirás que es tan cabeza dura. Las mujeres Libra necesitan grandes sumas de dinero, sobre todo para poder alejarse de la sordidez y la fealdad de ambientes discordantes, que de hecho pueden llegar a hacerles caer enfermas, emocional y físicamente. Pero hay otra razón para que trabajen, otra razón para que Libra quiera dinero: su hombre. Si hay una cosa que Libra atesora por encima de todas en este mundo temporal, es el hombre a quien decidió amar, honrar.
No puede jugar sola y, tanto en los negocios como en el amor, las sociedades constituyen su más auténtica necesidad. No le gusta trabajar sola, y es literalmente incapaz de vivir sola. Cuando visitan a un astrólogo, a las mujeres Libra no les interesan, realmente, más que dos preguntas: Si no es una, es siempre la otra. Ya sea “¿Cuándo conoceré a alguien a quien realmente ame?”, o bien “¿Cuándo encontraré a alguien con quien establecer un negocio?”. Para ella el matrimonio es una empresa conjunta, y las reglas son casi tan estrictas como las de una organización corporativa. Tú eres el presidente de la asociación y recibes los honores de tal. Ella es la presidenta del Consejo de Administración, la que a su manera, femenina y protectora, impedirá que tú cometas errores. Su naturaleza está hecha para el trabajo en equipo, y querrá participar en la mayor cantidad de intereses y actividades tuyos que le sea posible. De buen grado abrirá su casa a los invitados de su pareja, y es lo bastante femenina como para seguirle cuando él decida cambiar su profesión, mudarse de ciudad o cultivar nuevos amigos. Todo eso es especialidad de ella, que está ahí para allanar el camino y asegurarse de que él no lo eche todo a rodar con alguna acción impulsiva o un juicio mal meditado.
Realmente, tendrás que darle crédito. La mujer típica de Libra no tiene deseo alguno de ser una piedra al cuello de su pareja; más bien desea apartarle las piedras del camino. No es, ni con mucho, tan dominante en la superficie como lo es por dentro, porque lo último que puede querer Libra es formular una serie de afirmaciones de las cuales tú pudieras hacerla responsable más adelante. En la mayoría de los casos, pisará con suavidad (a menos que tenga ascendente Aries… y si te metes con una mujer que tenga una doble influencia cardinal como esa en su carta, vas a tener muchos problemas).
Por término medio, las mujeres de Libra son muy intelectuales y están dotadas de sorprendente poder para el análisis, que te puede ser realmente útil para ayudarte a resolver problemas de negocios. Libra rara vez deja que sus emociones le impidan llegar a una decisión desapasionada o a un punto de vista equilibrado, y por lo general podrá asesorarte mejor que tu banquero. Naturalmente, su capacidad en esos aspectos puede llevarla a suplir a muchos, y no solo eso, sino que si es una muchacha típica de Venus ofrecerá las perlas de su sabiduría en la bandeja de plata de su encanto y de su amabilidad para la sugerencia. Su mano de hierro calza leve guante de terciopelo, y es tan suave el codazo con que puede apartarte del mal camino para reencauzarte por el bueno que podrías jurar que el cambio fue idea tuya. Normalmente, un hombre Aries, Escorpio, Leo o Tauro levantará un pedestal a su mujer Libra, para adorarla. Y no hace más que justicia, porque ella también le adora. Las visitas que lleguen al nido de amor de una joven Libra felizmente casada tendrán la sensación de encontrarse frente a Adán y Eva, antes de que se les apareciera la serpiente, y lo estropeara todo. (Dos personas Libra, si se casan, se convertirán invariablemente en arrullantes palomas o en adversarios que se muestran los dientes. Se irán a un extremo o al otro ya sea en forma permanente o alternada.)
Son muchas las gratificaciones que se derivan de la convivencia con una mujer Libra. Jamás revisará tu correo, porque simplemente no se le ocurriría semejante vileza. Jamás revelará tus secretos comerciales a los amigos ni te pondrá en situación incómoda en presencia de tu jefe. Es posible que su encanto lo someta a él también, con esa misma sonrisa que le sirvió para derretir tu corazón la primera vez que la viste. Hay algunas mujeres Libra, con posiciones desfavorables de Marte, que en ocasiones pueden permitirse excesos emocionales, o bien comer y beber más de lo que les conviene, pero son muy, muy escasas. Aunque alguna que otra vez una de ellas pueda dar un traspié con su balanza, tarde o temprano volverá graciosamente a su estado normal de celeste armonía. Habrá momentos en que te preguntarás si es un ángel o un demonio, pero lo más frecuente es que sean los ángeles quienes juegan de su lado. Probablemente, no te quejarás por falta de demostraciones físicas de su amor, porque es tan sentimental como el encaje antiguo, y tan afectuosa como tiene derecho a serlo cualquier mujer. Aunque sus mimos y arrullos sean sinceros, esas miradas dulces, la ternura de la caricia, el abrazo cálido y la profusión de besos también son una cortina de humo bastante efectiva para su oculta tendencia masculina. No hay ley que diga que la sinceridad no pueda tener aplicación práctica.
Es posible que tu hogar parezca uno de esos anuncios de las revistas, con un alfombrado de pared a pared. Los colores estarán armonizados y los muebles serán de buen gusto. Los cuadros colgarán derechos, y generalmente las comidas se servirán a la hora en punto. Con la mayoría de las chicas de Venus puedes contar también con: servilletas de hilo, platería sellada, velas encendidas, vino, buena música y un menú equilibrado. Si tienes en cuenta la claridad de su mente y lo chispeante de su ingenio, realmente no puedes pedir mucho más. Para Libra, ser mujer es una especie de trabajo de dedicación exclusiva y dura toda la vida, y en algún momento alcanzará la perfección. Será raro que ese aspecto masculino de su voluntad te resulte molesto, a menos que seas uno de esos machos imposibles que quieren andar por ahí gritando como el rey Enrique VIII, y que esperes que las mujeres de tu vida se conduzcan como consortes obedientes y temerosas de perder la cabeza si se les ocurre decir algo más que “sí” o “no”. Tu cónyuge Libra, decididamente, dirá algo más que “sí” o “no”, porque le gusta hablar. Pero también sabrá halagarte escuchándote, cuando tengas necesidad de un público bien dispuesto. Es a la vez dulce y fuerte, y no son muchas las mujeres que pueden hacer con éxito un número de tan delicado equilibrio.
La suavidad de sus modales y su serena capacidad para refrescarte la frente con calentura pueden hacerte pensar que Libra es débil y desvalida, o que se mostrará temblorosa y femenina en momentos de crisis. En ese caso te equivocas de medio a medio. En la composición de su delicada feminidad entran nueve partes de acero. El hecho de que el detalle se te haya escapado cuando ella, valiente y astuta, se esforzaba por hacerte morder el anzuelo durante aquellas primeras partidas de ajedrez en que siempre se dejaba ganar, no es motivo para que sigas toda la vida ciego. La próxima vez que se produzca una situación de emergencia en la familia, abre bien los ojos y ya verás quien es la que mantiene la estabilidad del barco. No es necesario que la verdad te despoje de tu hombría. Nadie más que tú sabrá cuanto necesitas la ayuda de su mano en el timón, cuando las cosas se ponen difíciles. Ella jamás se jactará de lo que hace ni te privará de nada, a no ser de buena parte de la responsabilidad. Da gracias de que sea tan de fiar. Además, ¿no está realmente guapa con sus pantalones, cuando se ocupa del jardín o va al supermercado? Las mujeres con pantalones están muy bien, siempre y cuando tengan la sensatez suficiente para ponerse organza y volados en las fiestas, y sedas crujientes en la intimidad. Y ella la tiene. Una de sus cualidades más valiosas es su capacidad de esconder su mentalidad rápida y aguda tras una increíble feminidad.
Una madre Libra amará y cuidará tiernamente a sus hijos, pero… ¿la verdad?, ellos irán después que tú. Son los socios minoritarios, pero tú eres el presidente de la compañía, y eso es un hecho básico que Libra jamás olvidará. Les dará un gran trozo de su corazón, pero jamás dejará que se adueñen del rincón que te entregó a ti antes de que ellos llegaran. Si con sus juegos perturban tu descanso, puede mostrarse muy estricta, y si te desobedecieran se enojaría más que si la desobedecen a ella. De pequeños, tus hijos serán dulces y limpios, y pulcros y corteses de adultos… si es que tú no los echas a perder, a lo que ella no se opondrá porque el dueño y señor eres tú. No es más que otra de esas decisiones que posiblemente dejará en tus manos para no correr ella el riesgo de equivocarse. Las madres Libra, generalmente dulces, pueden ser firmes cuando es necesario. Nunca descuidarán a sus hijos ni los ignorarán, pero la verdad es que si Libra decidió ser madre, fue ante todo para darte a ti más felicidad. Una de las primeras cosas que les enseñará a decir a los niños cuando aprendan sus oraciones será: “Dios bendiga a papá”. Jamás permitirá que te falten al respeto, pero si tú te pones un poco demasiado exigente ella les enjugará las lágrimas, y hasta les dará furtivamente un caramelo cuando se te haya ido demasiado la mano.
Claro que si los dulces la tientan demasiado puede descuidarse. También es posible que se demore mucho en una fiesta, o con una botella de vino. Y habrá veces en que sea un poco mandona, y otras en que los oídos se te cansen de oírla. Pero todas esas cosas sucederán únicamente cuando su balanza emocional esté momentáneamente desequilibrada, y ya volverá a ocupar el justo medio cuando el mal momento haya pasado. Salvo que alguien le apoye un pie en alguno de los platillos, la balanza de Libra siempre termina por equilibrarse. Si uno de los platillos baja un poquito, añade algo de afecto en el otro, y ya subirá. Si el otro se inclina bajo el peso de una excesiva tristeza, quítale un poco con tu comprensión y reencontrarás su hermosa armonía.
¿Qué otra mujer podría tener el porte de una princesa cuando la llevas al baile y después, en un abrir y cerrar de ojos, atarse las botas, ponerse el mono de leñador y ayudarte a cortar la leña para el fuego? Le sobra gracia para lo primero y fuerza para lo segundo. Si a nadie se le ha ocurrido componer una canción con el nombre de tu amada Libra, escribe tú una melodía con tiempo de vals, bien ritmada, y dedícasela.

“I took a deep breath, pushed back my hair, and marched into the shadows of Carfax Close.
It was a longish, winding close, and the printshop was at the foot. There were thriving businesses and tenements on either side, but I had no attention to spare for anything beyond the neat white sign that hung by the door.
A. MALCOLM PRINTER AND BOOKSELLER
it said, and beneath this, Books, calling cards, pamphlets, broadsheets, letters, etc.
I stretched out my hand and touched the black letters of the name. A. Malcolm. Alexander Malcolm.
James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser. Perhaps.
Another minute, and I would lose my nerve. I shoved open the door and walked in…”


“Aspiré hondo, me eché el pelo hacia atrás y me hundí en las sombras de Carfax Close.
Era una callejón largo y serpenteante; la imprenta se encontraba al principio. A los lados había edificios de alquiler y tiendas prósperas, pero sólo presté atención al pulcro letrero blanco que pendía junto a la puerta.
A. MALCOLM
IMPRESOR Y LIBRERO
Libros, tarjetas de visita, panfletos, cartas
Alargué la mano para tocar las negras letras del nombre. A. Malcolm. Alexander Malcolm. James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser. Tal vez.
Si tardaba un poco más perdería el valor. Empujé la puerta y entré…”

One-Shot 8: (Staxxby) Nunca más.

Este shot lo escribí para un concurso que hubo en mi colegio hace relativamente poco, aunque cambié los nombres de los personajes.

Todavía no se saben los resultados de un concurso, pero si me dieron algún premio os lo diré.

¡Disfrutad!

Palabras: 1.508

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*Narra Frank

Nueva York, la Gran Manzana, la ciudad de las oportunidades donde se cumplen los sueños. Yo la odiaba.

La gente se paseaba por todas partes y apenas había sitio en las calles a esa hora del día. ¡Solamente quería tomar un café! ¿Tan difícil era? No puedo creer que no haya un solo lugar en toda la avenida donde poder poner el pie. Esta ciudad me estresa.

Había venido hace dos días por un viaje de estudios y mi compañero de piso me había recomendado un café estupendo para relajarse un poco, pero la verdad es que me parece prácticamente imposible que en esta ciudad haya algún sitio en el que poder relajarse.

¿Dónde leches estará?

-Disculpe –le dije en inglés a una persona que pasaba por mi lado-, ¿sabe dónde se encuentra este café? –le pregunté enseñándole una tarjeta de visita del local.

Él señaló en una dirección y habló en un idioma desconocido para mí.

-Gracias –le dije en español, viendo que ninguno de los dos nos entendíamos.

Él sonrió y continuó caminando.

Encontré la cafetería al final de la calle en la dirección que me había señalado aquel hombre, y entré.

Para mi asombro, la cafetería era especialmente tranquila; sin mucho ruido, con la típica musiquilla de radio sonando de fondo. No se parecía en nada a la ruidosa ciudad que se extendía fuera, y apenas se escuchaba el murmullo de la poca gente que había. Me sorprendió que un número tan reducido de personas buscara un poco de paz en este lugar de locos.

Escogí un lugar al final del local y me senté. No pasó mucho tiempo hasta que me atendió un chico que debía tener más o menos mi edad.

-¿Qué desea? –preguntó sacando una libreta digital y un lápiz táctil.

-Un café con leche, por favor –le pedí.

-¿Algo más? –dijo mientras apuntaba.

-No, gracias.

Él levantó la vista de la pantalla y me miró.

-No eres de por aquí, ¿verdad? –me preguntó en español, aunque con bastante acento neoyorquino.

Me sorprendió que me reconociese. Nadie hasta ahora lo había hecho, ni los profesores que me habían impartido clase en Nueva York sospecharon siquiera que era de otro país.

-¿Cómo lo has sabido?

Él rio un poco y levantó la vista de la pantalla.

-Cuando fui a España, esa marca de ropa estaba por todas partes –respondió.

Me miré y me di cuenta de que llevaba una camisa de Mango. Sonreí.

-Bueno, vuelvo en un rato –dijo volviendo a hablar en inglés al tiempo que daba media vuelta y se iba.

Aproveché que estaba de espaldas para mirarle bien antes de que desapareciera de mi vista: era un chico un poco bajito, más bajo que yo, de pelo negro y, por lo que había visto antes de que se fuera, unos profundos ojos café. Nunca antes me había gustado un hombre, y no creo que ese fuera a ser el primero, pero era bastante obvio que ese chico no podía pasar desapercibido. A demás tenía una sonrisa contagiosa, y muy dulce. Nunca está de más entre las cualidades de alguien ser divertido.

-Aquí tienes –dijo una voz a mi lado que interrumpió mis pensamientos.

No me había dado cuenta de que había vuelto.

-Gracias –dije sonriendo.

-Disculpa, ¿puedo saber tu nombre? –preguntó, y yo lo miré extrañado- Es que mi turno acaba en cinco minutos y el autobús que me lleva a casa no pasa hasta dentro de media hora. Me gustaría quedarme hablando contigo un rato –añadió sonriendo.

Yo sonreí y le respondí.

-Frank, me llamo Frank.

-Mi nombre es Alejandro, pero prefiero que me llames Alex –dijo él, y su sonrisa se ensanchó.

Acudí durante una semana a la misma cafetería a la misma hora, y todos los días me atendía él. Me sentía realmente a gusto hablando con ese chico, a pesar de que nuestro país natal no fuese el mismo. Cuando yo no me acordaba de una palabra en inglés, se la decía en español y él solía entenderla.

Cuando llegó el viernes, le pregunté si quería quedar el sábado también en otro sitio y él aceptó encantado. La tarde del sábado se dedicó a enseñarme un poco la metrópoli de la ciudad y, a pesar de que solía angustiarme la cantidad de gente, estar a su lado me hacía estar más tranquilo.

También me llevó a Central Park, donde nos sentamos en un banco y continuamos con nuestra conversación.

-Entonces, ¿a ti también te gustan los videojuegos? –le pregunté entusiasmado.

-Me encantan, me gustan casi tanto como estar aquí hablando contigo.

Noté que el calor se apoderaba de mis mejillas y aparté la vista, fingiendo estar interesado en los patos que nadaban cerca de la orilla del lago. Entonces sentí el roce de su piel con mi mano y miré cómo ponía su palma sobre el dorso de mi mano, ambas encima de mi pierna. Levanté la vista hacia su cara completamente sonrojado. Él sonreía divertido mientras me miraba.

Entonces empezó a acercarse a mí despacio, nuestras caras estaban cada vez más juntas y ya podía sentir su aliento sobre mis labios. No apartaba su mirada de la mía, y yo andaba perdido en algún lugar de sus ojos. Hasta que finalmente nuestros labios se fundieron en uno solo.

Cerré los ojos por inercia y él me acarició la mejilla. Un agradable escalofrío recorrió mi columna vertebral de arriba abajo, confirmándome lo que yo en el fondo sabía desde el primer día que le vi: que estaba enamorado.

El beso no se alargó demasiado, y cuando nos separamos él me regaló una adorable sonrisa.

-Te quiero –susurró, y me dio un abrazo que no dudé ni un instante en corresponder.

-Yo también te quiero –le dije abrazándolo más fuerte contra mí.

Aquella tarde volví a casa sonriendo. Mi compañero de piso incluso se preocupó por mí y me hizo tomar una pastilla a pesar de que le dije que estaba bien.

Los días pasaron y nuestra rutina de quedar  después de que Alex saliera del trabajo continuó, pero ahora nuestras citas estaban llenas de besos y caricias. Era muy feliz con él, y Alex también, se le notaba. Cuando era la hora de volver a casa siempre trataba de alargar la despedida lo máximo posible para poder pasar más tiempo juntos.

Pasamos tres meses en pareja. Tres fantásticos meses en los que nos lo dimos todo: nuestro tiempo, nuestra felicidad, nuestro amor, e incluso nuestra primera vez.

Por desgracia al tercer mes de nuestra relación recibí la terrible noticia de que la empresa de mi padre había quebrado, ya no tenía dinero para mantenerme aquí. Y ningún trabajo al que yo pudiese aspirar en ese momento cubría todos los gastos que tenía. Debía marcharme al día siguiente. Ese día lloré. No había llorado desde que tenía dieciséis años, cuando me enteré de la muerte de mi madre.

No sabía decírselo a Alex, no sabía cómo iba a tomárselo. Así que tomé una decisión: no se lo iba a decir.

Esa tarde llegué al restaurante a la hora justa a la que él salía, y nos fuimos juntos al parque en el que nos dimos nuestro primer beso. El tiempo que estuve con él me dediqué a mimarlo mucho, con besos y caricias. Él me preguntó si me pasaba algo, pero yo solamente sonreí y le di un apretón en la mano mientras paseábamos juntos.

-Te quiero –le dije por vigésima vez en toda la tarde.

Alex me hizo parar y se puso en frente de mí.

-Por favor, Frank, dime qué te pasa –pidió.

Suspiré y acabé contándoselo todo. Inmediatamente después, él soltó mi mano y dio un paso atrás, alejándose de mí.

-¿Cuándo te enteraste? –preguntó con desconfianza.

-Esta mañana. Lo siento –me disculpé y traté de volver a coger su mano, pero él la apartó lejos de mi alcance.

-No me puedo creer que no me lo dijeras antes –dijo, y sus palabras estaban cargadas de dolor.

-Lo siento, de verdad, mi vida –dije dando un paso hacia delante, pero él dio otro más hacia atrás.

-No… -su voz se quebró, y tragó saliva antes de volver a hablar- No vuelvas a hablarme –terminó, dejándome allí solo, con el corazón partido.

Durante dos años que estuve en España no hubo un solo día en el que no pensara en Alejandro, y durante ese tiempo estuve ahorrando para poder volver allí otra vez.

El día que volví, ni siquiera me paré en el piso alquilado para dejar las maletas, simplemente fui a su casa y toqué el timbre.

Su puerta se abrió y me lancé a él para besarlo. Al principio trató de apartarme, pero en cuanto me reconoció, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Pasó los brazos alrededor de mi cuello para profundizar el beso.

-Te he echado de menos… -dijo en un murmullo, aún con las lágrimas bajando por su cara- No vuelvas a irte.

-Nunca más.

No dudé un segundo en volver a besarlo.

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Una tarjeta de visita puede lanzar algo mas que tu empresa o tu marca, observen esta verdadera catapulta! Una idea brillante!

…sacó de su cartera una tarjeta de visita, de cartulina tan fina que parecía capaz de cortar la piel de quien la cogiera, y la puso sobre la mesa. Aquella cartulina era semejante al plástico y, además, blanquísima, de una blancura realmente insólita. Llevaba impreso un nombre en diminutos caracteres, muy negros, y, por lo demás, no constaba título alguno, ni dirección, ni teléfono: sólo un nombre en cuatro ideogramas.
—  MURAKAMI, Haruki. La caza del carnero salvaje. Barcelona, Anagrama, 1992, p.61.