sotare

Hipertanasia | Dany Dandy

De ninguna manera pensó el doctor Neil Sotare que todo pudiera terminar de aquella forma. Él que había dado a tantos una muerte envidiable, estaba por recibir a cambio no menos que todo lo contrario. Le habían condenado a la silla eléctrica esa misma tarde después de que hiciera valer su derecho a una última comida. Había pedido un vacío cocinado a término medio y una cerveza Dos Equis Lagger, así sería como un sábado cualquiera. 

Después de comer y mientras fumaba lentamente un último cigarrillo, escribió unas líneas a sudifunto mentor, el doctor Kevorkian.

La nota se lee así:

Querido Jack, creo que tengo que admitir quetenías razón, eventualmente las cosas acabaron por salirse de control y ahora me espera la silla eléctrica. No por ello me arrepiento. Por el momento me encuentro tranquilo y me muestro asiduo ante la situación. La muerte fue nuestra vida y me siento a gusto alrededor de ella, aunque aún no logro acostumbrarme a estos grilletes y probablemente nunca lo haga. De igual manera eso ya no importa, ya nada lo hace, no para mí. Me gustaría tener algo más poético que decir en estos momentos Jack, siempre pensé que haría de mi muerte una poesía. Ahora todo me parece una necedad. Adiós, Jack, ha sido un placer.

Dr. Neil Sotare.


Apagó el cigarrillo después de su firma a modo de punto final y se recostó a esperar a que el reloj de pared diera la hora. Miraba las últimas hebras de humo disiparse en el ambiente mientras repasaba en su mente lo sucedido. Había conocido al Dr. Kevorkian veinte años atrás, cuando recién se recibía de la facultad de medicina. En esa época el Dr. Jack Kevorkian era internacionalmente reconocido como pionero en la rama de la eutanasia. Y en ese mismo año apareció en la portada de la revista TIMES bajo el encabezado de “Dr. Death”. Con la ayuda de Neil, Jack asistió un total de ciento treinta suicidios en enfermos terminales antes de ser enjuiciado. Una vez que Jack estuvo fuera del equipo, Neil decidió seguir con la práctica por su cuenta. Sin embargo las cosas tomaron un giro inesperado cuando comenzó a ofrecer sus servicios a través de la deep web bajo una dirección falsa.

Su primer cliente fue Sir. Lance Griffin, un viejo libertino de sesenta años terriblemente egoísta y con una herencia que no planeaba compartir. Estaba dispuesto a invertir toda su fortuna en su muerte con tal de que Neil se encargara de cada uno de los detalles que especificaba en una larga y extraña lista. Él no estaba enfermo ni nada por el estilo, sólo estaba aburrido, “aburrido de muerte” según sus palabras exactas. Ya no conseguía excitarse con nada y ahora le daría la oportunidad a lo que él gustaba llamar “el último placer”. En la lista se encontraba una descripción de la orgía que Neil debía organizar para asistir el suicidio de Sir. Lance.

Comenzaba por unos enanos vestidos de pequeños penes gigantes que ofrecían líneas de éxtasis y cocaína sobre bandejas de plata. Seguía con una docena de prostitutas (tres asiáticas, tres negras, dos pelirrojas, tres morenas y una albina), con la rigurosa especificación de que ninguna tuviese piernas. Quería que anduvieran por el suelo con cadenas al cuello, arrastrándose con las manos y con antifaces de zorro. Acudiría un grupo selecto de amigos de Sir. Lance; beberían champaña y un trío de cellos se encargaría de ambientar la fiesta. Y mientras él inhala compulsivamente gruesas líneas de éxtasis y cocaína, las prostitutas deberán arrastrarse a él, despojarle de sus ropas y morderlo de abajo-arriba, arrancándole los músculos hasta desprenderlos del hueso con los dientes, masticándolo lascivamente. Él seguirá drogándose hasta alcanzar la sobredosis y morir violentado por el placer. Su cuerpo entonces deberá ser desangrado, cortado y servido en una cena de tres tiempos para sus amigos. Prefería que fuesen ellos que se lo comieran, a los gusanos o parásitos. Que alguien querido disfrutara de su carne sin aliento antes de volver al ciclo. Por último, Neil subiría a la habitación de Sir. Lance, donde encontraría la nota suicida y una maleta con la cantidad acordada sobre el escritorio.

Al final de la noche, Neil volvió a casa manejando por la ciudad como autómata. En su cabeza sólo existía el hecho de que esa era la mejor muerte que le había dado a alguien. Y por el semblante extasiado de Sir. Lance antes de morir, estaba convencido de que era más gratificante morir borracho de placer, a simplemente morir sin dolor, que era en realidad lo que proponía la eutanasia convencional. Él acababa de presenciar su evolución. Estaba ante una nueva forma de morir, tajantemente la mejor. Morir de orgasmos. Morir de placer. La muerte nunca volvería a significar lo mismo. Una despedida gloriosa, como los dioses decadentes que fuimos. Neil estaba hasta cierto punto conmovido.

 

A las pocas semanas, mientras tomaba el café, recibió un mail encriptado de una vieja escritora, amiga íntima de Sir. Lance, en donde solicitaba entrevistarse en persona con Neil. Ella y Sir. Lance habían escrito juntos las instrucciones de sus respectivos suicidios. Cada uno diseñó su respectivo ideal del “último placer” y brindaron por disfrutar las mejores muertes de la humanidad.

A la tarde siguiente, ella se presentó a la puerta del consultorio de Neil con un elegante abrigo blanco y un delgado cigarrillo. Su nombre era Isabel, llevaba el cabello recogido y no escondía sus canas. Aparentaba cincuenta y cinco bien vividos y estaba sola. En su rostro lleno de humo se escondían los vestigios de una belleza lejana. El insensible paso del tiempo opacaba el brillo de sus ojos cansados. Era hermosa. Y exigía una muerte no menos digna. Las especificaciones de su “último placer” eran de una rareza no tan distinta a la de Sir. Lance. Ella conservaba diez litros de semen en los congeladores de su sótano y serían destinados para fabricar diez cirios aromáticos con parafina virgen y manteca. De manera que al quemarse pudiera percibirse la esencia del semen, y obviamente cada uno se apreciaría como un olor ligeramente distinto. Uno por cada amor decía ella. Otro litro más, sería utilizado para preparar una deliciosa pasta con crema de semen que se serviría como cena antes del gran final, a un selecto grupo de amigos. Acompañada de un astí espumoso con éxtasis. Al finalizar la cena, una orquesta ubicada en el cuarto adyacente tocaría Le poeme del extasé de Alexander Scriabin, y entonces daría inicio el rito. El vino correría por su cuerpo desnudo mientras tres hombres fuertes y guapos se encargarían de lamerlo, llenándola de mordidas en el cuello, espalda, muslos, tetas y en la vagina. Los tres la penetrarían al mismo tiempo en que chorrearían la cera ardiendo de los cirios sobre su piel, quemándola de forma aguda, como agujas escurriendo por los poros. Tendría los ojos vendados para visualizarlos a todos, para imaginar a cada uno de sus diez amantes eyaculando sobre ella, mientras ella se volvía loca sintiendo el semen hirviendo, goteando sobre su vientre, escurriendo por sus entrepiernas y apagándose en su vagina hinchada de placer. Y al retorcerse de espasmos, le harían tragar a gritos la cera encendida de los cirios. Apagando cada uno en el interior de su garganta. Quemando su esófago hasta colapsar, asfixiándola hasta el último orgasmo; justo como a ella le gustaba.

Después de muerta, Neil no pudo evitar masturbarse hasta las lágrimas. Aquello había sido sibarítico. Se sentía un tanto enamorado y a la vez avergonzado por su atrevimiento. Pero en realidad no importaba. Isabel estaba glamurosamente muerta. Otro cliente satisfecho. Su cuerpo sería lanzado al mar que la vio nacer, en las costas del sur. 


Unas pocas semanas después, la secretaria de Neil llamó a su consultorio para avisarle que Richard Masada estaba ahí para verle. Richard era el autor del último ensayo sobre la muerte publicado en la revista de filosofía: Las locuras de Sofía. Habían sido mejores amigos durante la carrera y por alguna estupidez de mujeres habían dejado de hablarse. Sin embargo Neil se mostró emotivo al ver a Richard al otro lado de la puerta después de tanto tiempo. Entendían la trivialidad del asunto. Hablaron durante un rato y Richard confesó que había sido amante de Isabel, y aún seguía enamorado de su esencia. Ella le había dejado una carta, despidiéndose y explicando las razones de su suicidio. El caso es que él también quería lo mismo. Él también tenía su plan. Así que entraron al consultorio a discutir la propuesta. 

Richard quería que su suicidio comenzara como una fiesta casual. Algunos amigos, cerveza, música, drogas y putas. La fiesta sería en un bar que tenía en el viñedo de su casa de campo. Cañones de luces estroboscópicas de color roja, naranja y violeta girando desde el techo. Mientras una pequeña orgía hace sombra sobre una tela de la proyección. Richard disfrutaría la escena desde la barra de la parte de atrás. Una barra de dos pisos en cual en la parte de arriba se sentaban mujeres con pies hermosos que caían a cuarenta centímetros de la barra de abajo, a la altura de los rostros de quienes estuvieran sentados ahí. Se trataba de chuparles los pies mientras ellas derraman blancas telas de leche desde sus rodillas a tu boca. También tequila y cerveza. Ya después de haber chupado suficientes pies y estando completamente desinhibido, Richard se desnudaría y sería atado de los pies a una viga del techo. Mientras la sangre se sube a su cabeza y las venas saltan de su frente y de su cuello, cuatro prostitutas se acercarían con jeringas de heroína para picarle las yugulares, las venas de la cara y de los brazos, y con suerte logre eyacular en la boca de alguna puta antes de morir. Una vez muerto debería practicarse una sangría y su cuerpo sería desechado en una montaña para que se lo coman los animales. La sangre empaquetada sería entregada a un pintor con el que tenía amistad y la usaría para pintar una serie de retratos de Richard que serían enviados a cada uno de sus seres queridos. Neil archivó la nota suicida junto con un reporte detallado en el expediente que había abierto para Richard. Anduvo manejando por la ciudad y fumando marihuana, dejando que sus ideas flotaran entremezclándose con el humo. Todo parecía perfecto y a la vez abrumador.

 

Los problemas no vendrían sino hasta que Neil recibió un mail encriptado con procedencia de la cárcel. Al parecer algún interno con contactos se había enterado de lo que hacía. El mail que recibió no era de cualquier prisionero, sino de un jefe de la mafia mexicana que se encontraba en una prisión de máxima seguridad en los Estados Unidos. El hombre le prometió que con lo que le pagaría no tendría que volver a trabajar en su vida. El noventa por ciento de los que estaban condenados de por vida, les interesaba sus servicios, junto con diez presos más que les esperaba la pena de muerte y también veinte más de los que les quedaban más de cuarenta años de sentencia. Lo único que Neil tenía que hacer, sino quería terminar en una narcofosa, era abastecer la prisión con suficientes dosis letales de heroína para asistir el suicidio de trescientos internos. El jefe de la mafia se fingiría enfermo y utilizando sus influencias, solicitaría que fuera específicamente su médico personal quien lo atendiera. Neil debería pasar entonces por cuatro filtros de seguridad con tres kilos de heroína metidos en el culo sin levantar sospecha. Sólo esperaba que ninguno de los perros ladrara. Amarró los tres paquetes con una línea delgada que alcanzaba a asomar muy discretamente de su ano. Al llegar al consultorio, ya sin vigilancia, Neil jaló el cordón y su culo escupió los paquetes.

Le explicó al capo que para lograr la dosis letal había que inyectarse 250mg vía intravenosa uno al otro para evitar quedarse dormidos en el proceso. El capo le aseguró que en un lapso de tres horas el dinero sería transferido a su cuenta y Neil salió del recinto. Lo único que podía pensar ahora era: “¿Qué iba a suceder, cuando al día siguiente amanecieran trescientos presos muertos de sobredosis?” Revisarían las cámaras de seguridad y él saldría a relucir, caminando entre los pasillos, harían preguntas y el asunto no terminaría bien. Tenía que retirar el dinero y huir del país.

No obstante, algo en su plan no era redondo. El hecho de que cada dosis tuviera que ser inyectada por alguien más, dejaba al final a un prisionero que tenía que inyectarse sólo. A éste lo encontraron tirado en su celda, aún con la aguja en la vena y a medio inyectar. Al despertar se encontraba en la sala de interrogatorio, donde fue brutalmente golpeado hasta decir lo que sabía. Después de eso no tardaron mucho en deducir quién había introducido la droga. Estaba claro. Una vez que lo supieron no fue difícil rastrear su ubicación a través de su smartphone. Neil se encontraba en la Terminal C del aeropuerto internacional, con el boleto en la mano, esperando la indicación de abordar, cuando fue arrestado. En el juicio se le imputaron cargos por trecientos cincuenta homicidios calificados. Y fue condenado a muerte en la silla eléctrica al cabo de unos días.

Durante la noche previa a la ejecución se mostraba aún confuso. Todo había sucedido tan rápido. Miraba la pared desde su catre. La miraba como si la intentase traspasar. Imaginaba la electricidad corriendo por su cuerpo. Sus músculos apretándose en una convulsión tónico-clónica generalizada. Sus ojos torcidos. Sus dientes rotos. La sangre en su nariz. El olor a carne quemada. Pasó la noche en vela, pensando en su muerte. Viéndola acercarse.