Reflejo Hecho Pedazos
Soy tus ojeras a las cinco de la mañana de un sábado pidiendote dormir.

Soy el futuro disfrazado de presente.

Soy el pasado sin cumplir.

Soy tu cerebro en modo inconsciente.

Soy tu sonrisa después de haberte tomado esa pastilla.

Soy tu chaqueta favorita de mezclilla.

Soy tu mano después de estar con la niña del vestido.

Soy todos los días que has perdido.

Soy todo el dinero que usas para comprar alcohol.

Soy quien espera que mañana amanezcas mejor.

Soy tu calcetín perdido entre las sábanas de otra cama. 

Soy el sexo disfrazado de amor.

Soy el jardín de donde cortaste una flor. 

Soy la botella de vino vacía en tu azotea.

Soy el kleenex con lágrimas y mocos al lado de una almohada.

Soy la niña de la secundaria que te batea.

Soy tu tabaco a medio fumar flotando en el drenaje.

Soy tú, pidiendo trabajo vistiendo traje. 

Soy la canción que algún día dedicaste.

Soy el poema mediocre que escribiste.

Soy el deporte que nunca practicaste.

Soy el mar, pidiendo ser percibido.

Soy el cielo que nunca alcanzaste.

Soy todo lo tuyo que no guardaste y ahora se ha ido.

Soy la llamada del adios.

Soy el fantasma que te acaricia. 

Soy quien te crío, tu nodriza. 

Soy una enfermedad pidiendote que creas en Dios.

Soy lo que amas.

Soy el conjunto de las peores armas.

Soy todo eso que no quieres.

Soy el veneno que a diario ingieres.

Soy la verdad en forma de balazos.

Soy yo, tu reflejo hecho pedazos.

        Diego González/ http://diegodospunto3.tumblr.com/

La línea roja

Ella buscó todos los medios posibles para volver a encontrarlo e intentar una reconciliación. Ambos habían pasado la línea roja. Habían sido hirientes, se habían lastimado mutuamente con palabras duras que golpearon la profundidad de sus sentimientos. Con algo de razón por ambas partes, no habían podido callarse a tiempo y reflexionar con calma antes de batirse en un duelo de insultos y agresiones.
Ella reflexionó con pena sobre lo sucedido, arrepentida de su impulso destructor, mientras caminaba en la soledad de la tarde y sentía su ausencia.
¿Realmente tuvo que decirle que no lo quería? ¿Era cierto que para ella todo había terminado? ¿Qué ya no sentía ninguna emoción a su lado?
El tampoco se había ahorrado de decirle que lo tenía harto, que no le importaba no verla más y le había comunicado impiadosamente todas las cosas que le molestaban de ella. Y que por lo visto eran muchas.
Cada uno, inmersos en su propia furia, se habían separado con odio, sin darse cuenta que sus diferencias podían ser comprendidas y habladas.
Pero a medida que pasaban los días la ira se fue transformando en tristeza y la necesidad de verse de nuevo fue creciendo, aunque fuera para discutir de nuevo, porque se necesitaban.
Ella lo llamó una noche en que la soledad la mordía y él aceptó rápidamente volver a encontrarse. El también parecía desolado.
En cuanto se encontraron no dudaron en abrazarse y perdonarse. Pero ella supo en su mundo interior, que un eslabón de la cadena que los unía se había roto por primera vez, y que ese era el primero de la serie de eslabones que irían desprendiéndose a través del tiempo, inclemente para el amor. Comprendió, dolorosamente, que cuando una pareja sin reflexionar traspasa la línea roja y se lastima mutuamente en sus sentimientos más profundos, esa cadena invisible del amor que los une, queda para siempre frágil y desgastada.

El príncipe del Adiós

¨Hoy como todos los días, deseo tanto volver a abrazarte, tocar las hebras de tu castaño cabello, besar tu frente, tus parpados, tu barbilla perfecta, y esas mejillas de angulosas proporciones. Verme reflejada en las micas de tus gafas¨. 

Reposo la mirada en lo que queda de tu fotografía cubierta por una túnica de polvo. Es difícil pensar que alguien habitó en ese marco por el estado actual. 

De todos los libros que me diste ya solo queda el librero desnudo, con un si fin de recuerdos atrincherados negados a salir corriendo de mi memoria. 

cuando salgo al patio a contar los autos de la calle siempre falta el terrible azul, ese pequeño auto que me daba tanta dicha escuchar al subir por la rampa. 

No tengo cartas de las que me escribías, ni los mensajes de voz, o todas esas imágenes que capturabas constantemente cuando yo improvisaba mis danzas. 

Me decías¨Sonrisa de duende¨, ¨ser del bosque¨; yo te amé incluso después de que te cubrieras con una capa de indolencia y fechoría. si, aunque te sea difícil de entenderlo, te adoraba tras el derrumbe de mis ilusiones, al pasar la cascada de la sangre que corría porque apuñalaste mi corazón de mentiras y traiciones. 

A pesar de todo yo te amaba, lo único que quería era que fuese verdad la vida que pintaste para mi, aquella casa, con aquel jardín, y la banca para que yo pudiera leer mis libros favoritos, la sala oriental con la diosa Kwan Yin que me regalaste. Los hijos que pensábamos tener, Tristán el primero, por tu libro favorito de Alvaro Quijano. El raro libro que nunca quisiste que leyera. 

Mi príncipe, ahora descansas en los brazos de tu joven dama, me resta la edad pero ese no es el problema, el problema es que te fuiste dejando surcos, dejando rastros de toda las falsas promesas; algún día entenderás que es difícil olvidar todo esto para quien le enseñaste a volar cuando antes tenia miedo hasta de su sombra. 

Eras maestro de profesión, pero fuiste mi maestro de vida, la gran lección que aprendí es que la gente no se muere de desamor, aunque el corazón se este cayendo a pedazos, ni tu cuerpo, ni tu alma desaparecen,  sólo desaparece la esperanza. 

Autor:los-laberintos-de-mi-memoria.tumblr.com ( N.G)

Inferno I

Llevo lo que parecen ser tres días vagando en este lugar, no sé dónde estoy ni recuerdo cómo llegué aquí. Digo que parecen ser tres días porque no hay ninguna diferencia entre día o noche, tampoco parece haber frío o calor, el clima ha permanecido homogéneo todo el tiempo. Es una tierra cubierta por una oscuridad perpetua, las primeras horas no podía distinguir absolutamente nada, andaba a tientas esperando no tropezar o caer en alguna trampa. Después de un rato mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la escasa (casi inexistente) luz y pude distinguir formas y un poco de profundidad. El lugar es prácticamente una selva (aclarando que así es como imagino que lucen las selvas); hierba alta, árboles que, de haber luz, no la dejarían pasar. En mis andares me topé con un lago (topar, caer en él, diferentes formas de decir lo mismo).

En este sitio predomina la flora, apenas he tenido oportunidad de ver otros seres vivos. A decir verdad, preferiría no ver ningún otro. Cuando mis ojos se lograron adaptar lo suficiente me di cuenta de que en algunas partes la hierba apenas crece, de esta forma se dibujan caminos. Sin idea de en qué me metía decidí seguir el primero que encontré. Caminé por un buen rato hasta escuchar algunos gruñidos delante, avancé lentamente impulsado únicamente por el morbo. Frente a mí había tres cuerpos, uno de ellos estaba en el piso, aún con la poca luz sé perfectamente que los otros dos lo habían destripado y lo devoraban con ansia, el pobre se retorcía cuando daban accidentalmente con algún nervio que aún estuviera fresco. En cuanto a los otros dos entes, a primera vista parecían antropomorfos, al menos hasta que su cabeza comenzó a desplazarse sobre su torso, buscando una posición más cómoda para saciar su hambre. Usaban sus extremidades de manera indistinta, era imposible determinar cuál era la parte de arriba y cuál la de abajo en esos cuerpos. La escena me asqueó de tal forma que las moras que había engullido mientras caminaba terminaron en el piso. Esas cosas se detuvieron súbitamente, su cabeza errante se acomodó en un extremo del cuerpo, dando vueltas, buscando el origen del ruido que había hecho al vomitar. Su rostro (si puede llamarse a eso “rostro”) no era en absoluto humano, solo un circulo negro en el centro de una bola. Al determinar mi posición, el circulo negro se abrió mostrando varias hileras de dientes afilados, un fuerte alarido hizo eco en los árboles advirtiéndome sobre mi inminente final. Ambas criaturas de abalanzaron hacia mí sin titubear, me había dado por muerto desde el alarido, pero no me encontraba solo. Un árbol cayó sobre una de las criaturas evitando que continuara. La segunda no reparó en su compañero, yo era su objetivo, sin embargo, él era el objetivo de alguien más. Una especie de trol salió de entre los árboles y lo atrapó con una mano, separó la cabeza del cuerpo y la aplastó con un ruido similar al que hace la cáscara de nuez al romper. Antes de reventar la cabeza, el cuerpo parecía luchar, trataba de recuperar lo que le había sido arrebatado, pero tras romperse éste se detuvo, como si hubiera presionado un interruptor. El trol comenzó a devorar el cuerpo inerte con calma, yo seguía paralizado, sin emitir sonido alguno le veía deglutir a la cosa que pretendía comerme. Al terminar volteó hacia donde me encontraba, no parecía amigable, pero tampoco me inspiraba el temor que los otros dos me habían causado. Sin pensármelo comencé a correr entre las hierbas, más por precaución que por miedo, no sabía si había saciado su hambre ya y tampoco pensé en quedarme a averiguarlo.

Fue en esa carrera cuando caí en el lago. En el cielo brillaba la Luna (lo único que da un poco de luz en este lugar). El otro lado de ese lago parecía demasiado lejano, preferí buscar la orilla y descansar un rato antes de continuar. Al salir del agua di con una mochila abandonada, hurgué para ver qué tenía y encontré estas hojas blancas y una pluma, como no estoy seguro si duraré mucho en este extraño lugar, por lo menos quiero dejar constancia de mi paso por estas inhóspitas tierras.

Ahora mismo estoy recargado en una roca a la sombra de un árbol (¿quién necesita sombra cuando no hay sol? )… Espera, creo la roca acaba de moverse. No, no, no, debe haber sido una alucinación… Eso se escuchó como un ronquido, esta roca acaba de roncar. Creo que es hora de volver a correr…

Xavier Castellanos (En un desierto)

Me quiero disculpar por las cosas que hice para mantenerte cerca. Por hacer que te sintieras culpable, por obligarte a cumplir tus promesas, por llorarte tanto y tantas veces, por las llamadas tarde, por no comer, por impedir que te fueras porque yo te necesitaba, por hacerte responsable de mí. También, pido perdón por todo lo que me hice a mí misma con tal de que te quedaras.
—  Ya te puedes ir, Denise Márquez