soflama

Aviéntame

Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido.

Charles Baudelaire

Aviéntame contra la pared, no tengas piedad,
Lacera mis palabras y llévate mi virginidad.

Las alas se te caen… alguien debe quitarlas,
En mis besos el dolor encarnas,
Inútil sería el sádicamente no arrancarlas.

No llores, no grites, no gimas… que el odio arde,
El deseo se extingue, nuestras vidas se parten.

Zafiro brillante azul, no vuelvas a tocarme,
Uniré mi cuerpo a uno de otros tantos amantes…

Zafiro demoníaco, no llores más a las parvadas de Dioses,
Wagner las espera y Nietzsche matarlas desea.

¿Estás viendo mis restos? ¿o ves las tinieblas?
Invocaste estas heridas sangrantes en mis pechos,
Tratando de curarlas, no haces más que agrandar la hemorragia.

A las doce de la noche sales, entre tantas redes
Lastimas a todos los que te quieren,
Las horas lentamente pasan y vuelves.

Espero callarte ese pedazo de cuerpo y
Susurrarle al sobrante de moral,
Laguna mental de tu parte animal.

Urge un regreso a mi almohada,
Gélida presencia de una mirada extraña.

Entre tus manos lava los escalofríos del mañana
Cárcel viviente de recuerdos y soflamas.

Opio, purgantes y diablos sangrantes
Pertenecen a la mano que tiesa has dejado…

Y así como el mundo lánguidamente mueres,
Caes… y sigues cayendo entre tantos cadáveres,
Ataduras a tu mente, ataduras a un solo presente…

Tantas veces las mañanas se nos clavaron en el vientre
Dándonos de comer de una eterna y sublime fuente,
Es hora de marcharnos, es momento de ser decentes.

Rasgan mi espalda las evocaciones fatales…
Mis mentiras más frágiles.

Otro más que perece en mis labios de miel amarga,
Receta de cielos fugaces y oración de futuro inminente,
Gracia de los mares y mansión eclesiástica, no me dejes caer,
Envuélveme en tu sangrienta manta, en el frío que al sol calla.

Nada más arráncale los tatuajes con mi nombre,
Deja desnuda su piel de mis caricias,
Arráncale las soberbias que le di para que no lo matara el tiempo.

Nada más déjalo sonreír y luego
Arráncale esos ojos malditos que en mí, el sufrimiento hicieron
Callando de tajo las ilusiones y los pretéritos
Haz que el olvido se lleve el lamento.

Olga Cecilia Martinez Rojas