siete vidas

Ula Murió

al intentar atrapar un ciervo que cruzaba la autopista

al defender a un vagabundo que estaba siendo atacado por unos vándalos

entre las fauces de un yacaré descarriado del Tigre

alcanzada por un rayo en medio de una tormenta tropical

caminando al borde de un precipicio

murió cuando bajó al laberinto del minotauro pampeano y el cabrón, sin piedad, la partió bajo sus pezuñas

murió con un antílope entre sus dientes y la sangre tibia manchando su pelaje

también murió por distraída, siguiendo una mariposa nocturna en medio de la calle, arrollada por un auto

Si nos da miedo el amor,
es porque hubo una vez
nos hicieron daño,
o incluso dos.
Y cuando a la tercera,
cuando en teoría va la vencida,
lo que ocurrió es que
realmente nos dimos
por vencidos.

Así que no juzgues a alguien
por lo que quiere o deja de querer,
porque a lo mejor tiene
el corazón echo añicos
y unas cicatrices en su piel
que no se irán,
por mucho tiempo que pase.

El amor es ese tren
que no es que no espere,
sino que atropella.
Pero es dirigido por alguien
por quien te habrías tirado a las vías
una y otra vez.
Por eso no vuelve a pasar,
porque cada amor mata.
Y la ilusión del siguiente
es lo que resucita,
y por eso hay quien dice
que si no has muerto
por lo menos siete veces en vida
es que no has vivido nada.

Hay que tener un par de cojones
y mucho pero mucho coraje
para enamorarte,
porque aquel que te sonríe
es el mismo que una mañana
te dejara las sabanas frías
y un hueco imposible de llenar en tu cama.

Hay que ser valiente
para querer enamorarte de alguien,
aún sabiendo que sera
el poema más bonito,
pero también el más jodido de escribir cuando todo se apague.

Tienes que ser un jodido héroe
para ser capaz de salvar
la sonrisa de alguien
cuando este naufragando en lagrimas
y todo su mundo
se haya reducido a un mar
de donde no hay posibilidad de rescate, pero llegues tú y le digas:
Mira, no se si ira todo bien,
pero si te ahogas,
te prometo que lo haremos juntos.

Imbécil es lo que eres
si cedes tu canción favorita
pensando en esa persona,
porque luego cuando la escuches,
toda partitura, palabra, sílaba y sonido
sera un recuerdo llamando a tu puerta.

Así que te pido que
tengas mucho cuidado.
Te dirán que el amor
solo tiene un final posible
y es el olvido.
Pues olvídales tú a ellos.
Veras a tu alrededor historias rotas
y escritos como esto.
Que te sirvan de motivo
para demostrarnos que todo es posible.

Huye de quien te diga como vivir,
porque ni el ni nadie
tenemos ni puta idea de como hacerlo.

Y arriésgate, porque echar de menos
es como si el corazón dijera:
‘Oye, me rindo, a mi no me jodes más’.

Y yo no es por joder,
pero si ensuciamos tanto la palabra amor,
si creemos que sabemos querer,
es por gente como tú.

—  Loreto Sesma
El loco

Me preguntas como me convertí en loco. Ocurrió de este modo: un día, mucho tiempo antes de que muchos dioses nacieran, desperté de un sueño profundo y observé que habían robado mis máscaras. Las siete máscaras que moldeé y lucí a lo largo de siete vidas.
Corrí con la cara descubierta por las calles abarrotadas, gritando: ¡Ladrones, ladrones, malditos ladrones!. Hombres y mujeres se reían de mi. Algunos corrían a sus casas, asustados por mi causa. Cuando llegue al mercado, un joven se puso a gritar desde el tejado: “¡Es un loco! ”. Mire hacia arriba para contemplarle, el sol beso mi propia cara desnuda por primera vez.
Por vez primera el sol beso mi propia cara desnuda y mi alma fue inflamada por el amor del sol, y ya nunca más quise mis máscaras. Y, como si estuviera en trance, grite: “¡Benditos, benditos sean los ladrones que robaron mis máscaras!”. Así me convertí en loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad, la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero no dejes que me enorgullezca demasiado de mi seguridad, ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.

Es mejor dejar solo a quien necesita estar un tiempo consigo mismo. Inmerso en su propio universo, descubriendo cada una de las razones que lo llevaron a orillas del abismo y a encontrar, por fin, el motivo que le obligó a irse, porque por dentro sentía que no merecía tanto incendio, que merecía más amaneceres en paz, que atardeceres en guerra. Y esperó a que la tormenta de su vida lo calara a través de alguien, supongo que esa es la forma que tienen algunos amores de decirte: lo que tú ya sabes es que te voy a hacer daño, pero, joder, quiéreme, porque gastaré seis de mis siete vidas en amarte y utilizaré la última en una idea tan suicida como lo es recordar a alguien con quien has gastado tus seis vidas anteriores.

Me gustaría creer que algunas cosas son para siempre.
Me gustaría saber que tú serás para siempre,
que serás mi amuleto de la buena suerte
y también el 13 de mi martes,
que la muerte jamás vendrá de visita
y que bailarás conmigo, aunque no haya tormenta.

Estos son los restos fósiles de quien, un día, le descubrí cada uno de sus miedos, empezando por los más grandes y terminando por los inmensos, porque no hay miedos pequeños. Y de ahí surge la teoría de que los seres humanos somos miedos, soledad, ira, desesperación y ansiedad. Somos eso que nos ata y nos desata en un parpadeo, eso que amamos y que odiamos en un abrir y cerrar de corazón, eso que brilla y que llueve a veces por las noches en nuestra habitación. Somos el echar de menos de alguien que jamás volverá. De alguien que se lo ha llevado el viento. Y presiento que nos dolerá cuando ese alguien no nos reconozca en un cruce de miradas e intente apartar la vista de los ojos que lo vieron en sus peores momentos.

Todo lo que viene pisándote los pies, un día se va pisándote la vida. Dejándola sin ánimos de volver a bailar. Y qué bonito es que vengas ahora tú y me digas: mira, tal vez no seré para siempre, pero voy a intentarlo.

Y entonces, todo va mal.

Vienes,
me marcas
y te vas.
Vienes,
me sonríes
y te vas.

Me has dejado bailando solo nuestra canción.

A veces se me olvida que el olvido es una habitación translúcida. No borras del todo a alguien, hay partículas que dan fe de que existió en un determinado momento: hay huellas, marcas, películas, canciones, lugares, citas de libros, olores, fechas, épocas, aromas y personas que te recuerdan a ese alguien. Casi siempre es un escalofrío quien acompaña al recuerdo. Y acto seguido, ya sea una lágrima como el más triste de los inviernos o una sonrisa como el más espléndido de los veranos.

—  Benjamín Griss