sencillo

anonymous asked:

Yo tengo sexo sin que mi mujer lo sepa vivo una doble vida en la que quiero mucho a mi mujer tengo muy buen sexo con ella pero como necesito mas por eso lo hago. La pregunta es ¿lo mío esta mal y lo tuyo nó? No veo la diferecia tu cojes con quien te place y yo tambien amo a mi mujer pero quiero mas sexo es simple

Lo que está mal es que la engañes. Es bien sencillo, darling. Hay un gran número de esposas infectadas por VIH por las aventurillas de sus maridos. Tú dices que amas a tu esposa, aún así no tienes la confianza y el suficiente amor para decirle: yo quiero tener más mujeres. Lo tuyo está mal, fin

Clara Peeters - “Bodegón con quesos, almendras y pretzels” (h. 1615, óleo sobre tabla, 34 x 49 cm, Mauritshuis, La Haya)

Se sabe muy poco de la vida de Clara Peeters, una pintora de bodegones flamenca del siglo XVII a la que el Museo del Prado ha dedicado una exposición temporal que no debería perderse nadie. No son más que quince obras, reunidas en una única sala, todas ellas de tamaño parecido y muy similares entre sí, pero que tienen la maravillosa capacidad de sacar al detective que todos llevamos dentro. Son cuadros que sin querer te obligan a avanzar y retroceder, a comparar unos con otros, observando como repetía los mismos objetos en diferentes composiciones, deleitándonos con detalles exquisitos y babeando ante algunos de los manjares que pintaba (recomiendo ir con el estómago lleno). Aunque a primera vista algunos de estos bodegones pueden parecernos sencillos, en realidad no lo son. Casi todos los objetos y alimentos representados eran productos caros, la mayoría de importación, como el plato de porcelana china o la copa de cristal veneciano que vemos aquí. No están tan abarrotados, ni son tan lujosos, como los pronkstillevens que se pondrían de moda pocos años después, pero el concepto es el mismo: poseer un bodegón de este tipo daba prestigio, demostraba a las visitas que el dueño del cuadro era un ricachón y que sus abarrotados bolsillos le permitían comer las cosas que aparecían ahí pintadas, en vasos y platos de qualité. Peeters cumple a rajatabla las normas de los buenos bodegonistas: una disposición equilibrada de los objetos, la habilidad a la hora de representar las diferentes texturas, cuanto más variadas mejor, y un buen dominio de la perspectiva para crear ilusiones ópticas, haciendo que algunas de las piezas sobresalgan del borde de la mesa, invadiendo el espacio del espectador (lo más socorrido siempre fue usar un cuchillo). Para reafirmarse en un mundillo artístico dominado por los hombres, Clara Peeters firma sus obras de diferentes maneras. Una de ellas es incluyendo el cuchillo de plata que vemos aquí, posiblemente un regalo de bodas, que tiene su nombre grabado en un lateral. Otra forma de hacerlo es pintando diminutos autorretratos en los reflejos de los objetos representados. En este caso concreto, podemos ver su rostro en la tapa metálica de la jarra de barro (tendréis que ampliar la imagen para apreciarlo porque es muy pequeño). Cuando veo este tipo de obras, confieso que me vienen a la cabeza preguntas absurdas: ¿cuánto frío haría en el estudio para que las lascas de mantequilla aguantasen sin derretirse, con los surcos hechos por el cuchillo? ¿Esas almendras y pasas son las originales o las iba reponiendo a medida que le entraba el gusanillo y echaba mano a alguna? Desde luego yo sería incapaz de tener ese queso delante durante horas y horas sin pegarle una manita de vez en cuando.

( hogsmeade )

Jamás pensó que lo diría, pero en estos días, prefería que sus “tareas” fuesen en un lugar menos colorido. Aceptaría de buen grado el Callejón Knockturn o cualquier bar lúgubre de Londres. Pero no. Tenía que ir a Hogsmeade. Rabastan recordaba a la perfección el pueblo mágico en diciembre. No sólo era blanco, también había contrastes de rojo, verde y plateado. La navidad venidera nunca llegó a molestarle, pero esta vez la veía cómo lo peor que podría pasarle. Giró los ojos en cuanto se apareció ahí. Casi deseó haberse drogado (con lo que fuese) antes de enfrentarse a esto. Comenzó su andar sin poner mucha atención, hasta que se vio detenido por un puñado de personas muy animadas. Todas vestían de rojo, con un colorido gorro del mismo tono. Trató de evitarlas, pero no era tan sencillo como parecía. Al final terminó encontrándose con uno de los alegres chicos, quien le dejó un estúpido gorro en su cabeza. Lestrange no demoró ni dos segundos en quitárselo. —Toma —se lo extendió a la primer persona que pasó a su lado, con la intención de deshacerse de él.