secretamente

O amor deseja, o medo evita. Por causa disso não podemos ser amados e reverenciados pela mesma pessoa, não no mesmo período de tempo, pelo menos. Pois quem reverencia reconhece o poder, isto é, o teme: seu estado é de medo-respeito. Mas o amor não reconhece nenhum poder, nada que separe, distinga, sobreponha ou submeta. E, como ele não reverencia, pessoas ávidas de reverência resistem aberta ou secretamente a serem amadas.
—  Friedrich Nietzsche.
Entre as recordações de cada pessoa, há coisas que ela não conta para qualquer um, somente para os amigos. Há também aquelas que ela não conta nem para os amigos, somente para si mesma, e isso secretamente. Mas, finalmente, há também aquelas que o indivíduo tem medo de revelar até para si mesmo, e um homem respeitável tem tais coisas acumuladas em grande quantidade. E pode ser até mesmo assim: quanto mais respeitável ele é, mais coisas desse tipo ele tem acumuladas. É possível alguém ser inteiramente sincero consigo mesmo e não temer toda a verdade?
—  Fiódor Dostoiévski.
Sabe, isso é coisa de criança, mas sempre imaginei que meu obituário sairia impresso em todos os jornais, que eu teria uma história digna de ser contada. Sempre suspeitei secretamente que eu fosse especial.
—  Augustus Waters.
Todos los hombres notan cuando una mujer ardiente entra a una sala. Pero todas las mujeres (y sólo algunos hombres) notan cuando una mujer bella entra a una sala. Las mujeres secretamente admiran a las mujeres bellas. No existen más grandes admiradores de las mujeres bellas que otras mujeres. Las mujeres se visten, maquillan, usan ropa de diseñador para otras mujeres… rara vez para los hombres. A los hombres no les importa en absoluto quién diseñó los zapatos, el vestido, el bolso. No lo notan siquiera. ¿Luce bien? Sí. ¿El vestido y los zapatos son removibles? Perfecto. 
Se liga a las mujeres ardientes. Raramente a las mujeres bellas. ¿Por qué es esto? Es porque los hombres entienden a las mujeres ardientes; son una entidad conocida. Los hombres saben qué hacer con ellas, o más precisamente, lo que les gustaría hacer con ellas. Las mujeres ardientes tienen un lado frontal y un lado trasero. No hay ningún misterio allí. Las mujeres bellas, por el otro lado, poseen una complejidad, una profundidad, una gracia matizada, que confunde a la mayoría de los hombres. Los hombres no tienen idea de qué hacer con ellas. Así que las mujeres bellas son cortésmente pasadas de largo.
—  Zan Perrion
No te amo como rosa de sal, topacio,
o flechas de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre las sombras y el alma.
Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.
Te amo sin saber cómo, ni cuánto, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,
sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca, que tu mano sobre mi pecho es mi mano,
tan cerca, que se cierran tus ojos con mi sueño.
—  Pablo Neruda, Cien sonetos de amor, Soneto XVII
—¿Lo amas?—me preguntó después de que confesé, sentándose sobre la acera mojada bajo la lluvia.

En cuanto lo escuché, supe que jamás podría olvidar el dolor de su voz, un tono que solo significaba que en realidad no importaba la respuesta porque el daño estaba hecho. Me senté a su lado. Nos lastimé, ahora compartiremos una misma herida que acompañará a las viejas cicatrices por siempre. No sabía cómo arreglarlo. Veía la tristeza en sus ojos y quería arrancarla y romperla en pedazos. Me quedé callada mirando hacia la nada.

Ya casi oscurecía. Parecía que la gente que pasaba cerca de nosotros había sobrevivido a una tormenta. Nosotros estábamos tan pegaditos y sin embargo había una pareja en la calle gritándose fuerte pero muy separados. Quizá secretamente se seguían cuidando y no querían dañarse los oídos: el hombre le decía a la mujer que no le importaba ya, pero yo creo que esperaba que ella no le creyera porque siempre deseamos que quien nos ama pueda ver más allá de lo que decimos.

Pero también solemos desear que la persona que amamos confíe en nosotros. Entonces algunos mentimos con la esperanza de que el otro se deje engañar para no hacerle tanto daño.
Lo tomé de la mano y sentí el abismo que yo había creado entre los dos, y vi el puente que él había construido inmediatamente después para unirnos de nuevo.

—No—le dije. Esperando que por primera vez no me creyera.
—  Le conté a un pajarito, Denise Márquez